Capítulo 36
¡Qué contraste!
Entre los vecinos de Israel, Edom era particularmente culpable (v. 5). Todo el capítulo 35 es una profecía contra esos descendientes de Esaú. Con toda la fruición maligna de su corazón pensaban aprovechar la desolación de Israel para tomar posesión de su territorio (cap. 35:10). Pero Jehová estaba allí y velaba. ¿No había afirmado ya desde antes del nacimiento de Jacob y Esaú: “El un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor”? (Génesis 25:23). Nunca se retractará de su palabra.
Edom se había burlado de “las alturas (o collados) eternas”, nombradas así por Dios mismo en las dos bendiciones destinadas a José (v. 2; Génesis 49:26; Deuteronomio 33:15). Esos montes y esos collados habían “llevado el oprobio de las naciones” (v. 6), porque, según la costumbre pagana, el pueblo impío había edificado allí lugares altos desde los días de Salomón (1 Reyes 11:7). A Jehová le complacerá llenarlos de fruto (comp. Salmo 72:16). Como los incrédulos en otros tiempos, los enemigos decían de ese país que él devoraba a sus habitantes (v. 13; Números 13:33). Pero Dios no permitirá más a las naciones que insulten y cubran de oprobio a la heredad de su pueblo; este no caerá más “en boca de habladores» (v. 3).
Un corazón nuevo
Ahora Jehová habla de la obra que quiere cumplir mediante su Espíritu en el corazón de los hijos de Israel… y de todos los hombres. Comparemos el versículo 26 con las palabras que Jesús dijo a Nicodemo respecto del nuevo nacimiento. “El que no naciere de agua (v. 25) y del Espíritu (v. 27), no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). El agua que limpia, siempre es la Palabra que el Espíritu Santo aplica a la conciencia y al corazón a fin de que sea recibida y creída para salvación (comp. Juan 4:14).
La nueva vida dada gratuitamente a todos los que creen es la condición para entrar en el reino y en la familia de Dios. Pero no basta que un niño venga al mundo. Luego deberá aprender a andar; más tarde irá a la escuela. Así ocurre con el hijo de Dios (v. 27). Además, tarde o temprano debe pasar por la gran experiencia del versículo 31: “Os avergonzaréis de vosotros mismos…” (véase cap. 6:9; 20:43). El Espíritu de Dios conduce al alma regenerada a ese conocimiento de sí misma (comp. Job 42:6).
Nicodemo, maestro de Israel, habría tenido que conocer estas cosas (Juan 3:10). Estaban expresamente anunciadas en los profetas (véase también Ezequiel 11:19; Jeremías 24:7 y sig.) Y usted, querido amigo que quizás haya sido enseñado en ellas desde su niñez, ¿no debería conocerlas todavía mejor?
