Capítulo 37
Restauración nacional del pueblo
Este extraordinario capítulo completa al precedente, mostrándonos esta vez cómo Jehová da una nueva vida a todo su pueblo restaurado. Como lo explican los versículos 11 a 14, esta asombrosa visión se aplica a la resurrección nacional de Israel (después del arrebatamiento de la Iglesia). El actual retorno de judíos a Palestina parece ser el preludio de ello. En respuesta a la palabra del profeta, los huesos se juntan, los nervios, la carne y la piel vienen a cubrirlos, pero su estado de muerte no ha cambiado. Es un despertar nacional nada comparable con el despertar espiritual que el pueblo conocerá luego, al alba del reinado de Cristo. En efecto, para dar la vida, el Espíritu de Dios debe obrar y entonces lo hará despertando la conciencia y los afectos de ese pueblo (Salmo 104:30).
La pregunta formulada al profeta subraya la completa impotencia humana (v. 3). En esos huesos no hay fuerza ni vida. Pero todo eso precisamente hace resaltar el poder de Dios, “el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17). ¡Cuánto más maravillosa aun es la obra que él cumplió en nosotros! Si bien estábamos muertos en nuestros pecados, él nos dio vida juntamente con Cristo (Efesios 2:5; Colosenses 2:13; Juan 5:21).
Reunificación de los dos reinos
Bajo el reinado de Roboam, las diez tribus –cuyo cabecilla era Efraín– se habían separado de Judá y de Benjamín como consecuencia de la infidelidad de Salomón. Desde entonces, esa brecha nunca fue reparada. Sin embargo, lo será cuando se establezca el reinado de Cristo, y Ezequiel lo anuncia así por medio de esos dos palos que forman solo uno en su mano (comp. Jeremías 3:18).
Jehová muestra que, sin aguardar ese momento, la unidad de su pueblo no deja de estar en su pensamiento.
Los profetas y luego los apóstoles nunca perdieron de vista el conjunto de las doce tribus (1 Reyes 18:31; Hechos 26:7; Santiago 1:1).
Ocurre lo mismo con la Iglesia del Señor Jesús. Por culpa de sus hombres su unidad no es ya visible, pero ella existe para él y nunca deberíamos olvidarlo. En presencia de toda la confusión y las divisiones de la cristiandad, es consolador pensar que hay solo una verdadera Iglesia compuesta por todos los creyentes. Hay “un cuerpo”, como también “un Señor”: Cristo, de quien David es aquí figura (Efesios 4:4-5; 1 Corintios 12:5, 12). “Un rey será a todos ellos por rey… nunca más serán divididos” (v. 22). “Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor” (comp. Juan 10:16).
