Capítulo 1
Visión de la gloria de Dios
Abordamos ahora el libro de Ezequiel, a veces descuidado por ser difícil de entender. Pidámosle al Señor su socorro especialmente para hallar edificación en esta profecía.
Este profeta era sacerdote, como Jeremías su contemporáneo.
Pero mientras este último permanecía en Jerusalén, Ezequiel había formado parte de un primer convoy de cautivos llevados “a la tierra de los caldeos” durante el reinado de Joaquín (v. 2-3).
Allí, junto al río Quebar, le fue dirigida palabra de Dios y fue testigo de una extraordinaria visión. En medio del fuego y del bronce refulgente –imagen de la justicia divina que ejerce sus derechos– el profeta ve cuatro seres fantásticos; eran querubines, guardianes y defensores de la santidad de Dios (cap. 10). Sus atributos (caras, alas, pies y manos) son otros tantos símbolos mediante los cuales Dios quiere hacer comprender cuáles son sus caracteres en justicia y en juicio: la inteligencia, la fuerza, la paciencia y la rapidez, representadas respectivamente por la cara del hombre, del león, del buey y del águila. Estos símbolos, con muchos otros, se encuentran de nuevo en el Apocalipsis, el cual es también un libro de juicios (véase Apocalipsis 4:6-7).
El carro del gobierno de Dios
El conjunto de la visión del profeta se presentaba como un aterrador carro constituido por varios pisos. Sus ruedas, particularmente espantosas, iban y venían sobre la tierra de una manera que podía parecer arbitraria. Pero su movimiento dependía de los seres vivientes y estos iban “donde el espíritu les movía que anduviesen” (v. 20).
Esas ruedas son un símbolo del gobierno de Dios, o de su providencia. Los acontecimientos del mundo son dirigidos por su Espíritu –el que sopla de donde quiere (Juan 3:8)– y no por casualidad, como lo pretenden muchas personas que se rehúsan a mirar a lo alto. Ven “las ruedas”, pero no a Aquel que las anima. El profeta, conducido por el Espíritu, levanta los ojos y va a contemplar la parte más maravillosa de la visión (v. 26 y sig.) Encima de las ruedas, de los querubines y de la expansión, descubre la semejanza de un trono y también “una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él”.
Así nos enteramos con el profeta de que el mundo está gobernado según la voluntad y el propósito de un hombre en la gloria: Cristo mismo, irradiando divino esplendor.
Ante esa extraordinaria visión, Ezequiel se postra sobre su rostro (comp. Apocalipsis 1:12-17).
