Capítulo 9
Una señal que protege
Ezequiel pudo comprobar con sus propios ojos de qué vil manera había sido pisoteada la gloria de Jehová. ¡Por eso, ahora puede entender cuán justificado es el castigo! Y este castigo está ante la puerta (v. 2).
Pero a Dios no se le ocurre hacer perecer al justo con el impío
(Génesis 18:25).
En medio de los seis hombres armados con instrumentos de destrucción se halla un séptimo que tiene en su mano un instrumento de gracia: el tintero de escribano, el que, por orden de Jehová, va a servir para marcar la frente de todos aquellos a quienes el pecado les hace clamar y gemir (comp. Apocalipsis 9:4. La T –última letra del alfabeto hebreo– servía como señal y firma: Job 31:35, V. M.) El varón vestido de lino nos hace pensar en el Señor Jesús. En la gran cristiandad invadida por el mal y a punto de ser juzgada, él puso su sello, el Espíritu Santo, sobre todos los que le pertenecen: divina señal mediante la cual Dios reconoce a sus hijos. Cuando todos los fieles han recibido la señal protectora, se puede dar la orden de destrucción a los vengadores. Y el juicio debe caer primeramente sobre el elemento más responsable: el santuario contaminado que Ezequiel había visitado (v. 6; comp. 1 Pedro 4:17).
