Capítulo 47
El río de la gracia
En ese templo del porvenir, al profeta le queda por considerar un maravilloso detalle. Por debajo del umbral, como del mismo trono de Dios, surge un manantial fresco, poderoso e inagotable. Corre ensanchándose (aunque no es cuestión de afluentes) y Ezequiel, yendo por la orilla de las aguas con su celestial compañero, es invitado a atravesarlo de mil en mil codos. Pronto deja de hacer pie: “el río no se podía pasar sino a nado”.
Esta es una preciosa imagen de ese río de la gracia que por nosotros surge del santo Lugar.
Como el profeta, aprendemos a apreciar su profundidad a medida que avanzamos en nuestra carrera cristiana, hasta advertir que esa gracia es insondable (2 Pedro 3:18).
Ese extraordinario río correrá hacia el oriente, trayendo vida y fertilidad a la región actualmente más desolada del globo: la del mar Muerto (v. 8; comp. Joel 3:18; Zacarías 14:8). Este último será saneado y abundará en peces; el desierto se cambiará en manantiales surgentes (Isaías 41:18); nada recordará la maldición de Sodoma. Así la gracia divina y vivificante produce fruto para Dios por todos los lugares donde se extiende, como debe poder hacerlo en nuestro propio corazón (Juan 7:38).
Nueva división del país
Se delimitan las fronteras de Israel y, en ese marco, cada tribu recibe su heredad: una franja recta que se extiende desde el Mediterráneo hasta mucho más allá del Jordán (hasta el Eufrates, conforme a las divinas promesas por fin cumplidas: Éxodo 23:31; Josué 1:4). Al comparar esa repartición del país con el complicado trazado de las primitivas fronteras por parte de Josué y sus emisarios (véase Josué 18), admiramos cómo todo es sencillo cuando Dios lo establece. Como cada territorio será repartido de modo parejo, no habrá más celos ni discusiones (léase Josué 17:14). Y, como para adelantarse a estas últimas, Jehová mismo precisa que José tendrá dos partes (v. 13, cumplimiento de Génesis 48:5). En otro tiempo Rubén, Gad y la media tribu de Manasés habían elegido su territorio aparte de las otras tribus. Ahora habitan en medio de sus hermanos en los limites que Jehová fijó para ellos (cap. 48:4, 6, 27). Tampoco hay división entre Judá y las diez tribus. Algunas de estas habitan al norte y otras al sur, a cada lado de “la porción” (u “ofrenda alzada”, v. 8, V. M.), realizando en ese porvenir el versículo 1 del Salmo 133: “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!”
