Capítulo 28
El orgullo, la falta del diablo
El brillante príncipe de Tiro, quien se enalteció como un dios, es objeto de una profecía personal. Su castigo nos recuerda el que hirió a Herodes por haber aceptado los halagos de los de Tiro y Sidón, cuando dijeron: “Voz de Dios, y no de hombre” (Hechos 12:20-23). Pero, bajo esa figura del rey de Tiro, Dios quiere hablarnos de un ser misterioso y terrible: Satanás mismo. Príncipe de este mundo –del cual Tiro es imagen–, él utiliza sus riquezas para satisfacer las codicias de los hombres, a fin de mantenerlos sujetos a esclavitud. Y por los versículos 12-15 nos enteramos de que Satanás no fue siempre el Maligno, el enemigo de Dios y de los creyentes. Resplandeciente querubín, “lleno de sabiduría, y acabado en hermosura”, también fue perfecto en sus caminos hasta el día en que se halló iniquidad en él (v. 15). Su corazón se enalteció hasta querer dejar su posición de criatura y ser como Dios (v. 2; Isaías 14:13).
La soberbia es llamada “la condenación del diablo” (1 Timoteo 3:6) y por esa misma tentación –“seréis como Dios”– él arrastró al hombre consigo en su caída.
Pero Satanás fue vencido por Cristo en la cruz y la Biblia nos revela la terrible suerte que le está reservada (Apocalipsis 20:10).
¡Apoyarse en una caña!
Después de Tiro, su vecina y aliada Sidón es objeto de una corta profecía. Formaba parte de los que menospreciaban a la casa de Israel (v. 24, 26) y aprendería a conocerle por los juicios de Jehová.
Cuatro capítulos (29 a 32) son consagrados casi enteramente a Egipto. Esta nación, rival de Asiria y luego de Babilonia, desempeñó un considerable papel en la historia de Israel. Ella también aspiraba a tener el dominio universal. Pero Dios lo dio a Nabucodonosor, y a su turno, Egipto iba a ser una de las provincias del gran imperio babilónico. Uno puede preguntarse por qué Jehová escogió una de esas naciones paganas en vez de otra para que dominase al mundo. Entre otras, una de las razones por las cuales Egipto debía ser humillado era la falsa confianza que Israel había puesto en él (cap. 29:6, 16). Era necesario que Judá y sus reyes no parecieran haber tenido razón al confiar en Egipto.
Este era un báculo de caña frágil y quebrada que hería la mano de los que se apoyaban en él (v. 6-7; Isaías 36:6). El Señor, en su fidelidad, seguramente muchas veces se complació en quebrar nuestros apoyos humanos para mostrarnos la vanidad de ellos y enseñarnos a descansar solo en él.
