Ezequiel
Ezequiel

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 17

Rebelión de Sedequías y sus consecuencias

La parábola de las dos grandes águilas y de la vid, explicada en los versículos 11 a 21, describe figuradamente los acontecimientos que se desarrollaban entonces. El rey de Babilonia, primera gran águila, deporta a Joaquín, débil renuevo del cedro real, y toma bajo su tutela a la vid de Judá. Pone a su cabeza a Sedequías, a quien hace prestar juramento en nombre de Jehová. Pero el rey de Judá no vacila en traicionar ese juramento. Por eso, el rey de Babilonia, instrumento en manos de Jehová, castiga al príncipe felón y lo lleva en cautiverio.

La particular gravedad del crimen de Sedequías era que deshonraba el nombre de Jehová ante las naciones. Mostraba cuán poco estimaban ese nombre aquellos sobre quienes el mismo había sido puesto (Éxodo 23:21). Como redimidos por el Señor Jesús, somos responsables, ante el mundo, de honrar “el buen nombre que fue invocado sobre nosotros” (Santiago 2:7).

Los que nos rodean nos observan mucho más cerca de lo que pensamos;

sin piedad subrayarán nuestras inconsecuencias, porque se sirven de ellas para disculparse a sí mismos. Y ¿cómo podremos conducirlos a un Salvador acerca del cual habremos mostrado tan poco apego?

Una buena excusa

El enigma del capítulo 17 se acaba de manera divina. Jehová habla en él del renuevo que él mismo –y no ya esta vez la gran águila– tomará del mismo cedro real de David y lo establecerá en un monte alto y sublime como árbol poderoso y lleno de frutos.

Comprendemos que se trata del Señor Jesús y de su futuro reinado
(comp. Isaías 11:1; Salmo 2:6).

En el capítulo 18, Jehová discute con los hombres de Israel. Estos, en lugar de humillarse al ver cómo se cumplen los castigos, intentan justificarse con un insolente proverbio de su invención (v. 2): “Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera”; dicho de otro modo: nuestra generación paga por las precedentes; nuestros padres pecaron y nosotros sufrimos las consecuencias (véase Jeremías 31:29-30). ¡Esto equivale a acusar a Dios de injusticia! Pero este capítulo destruye su perverso razonamiento; cosechan lo que ellos mismos sembraron (Gálatas 6:7).

¿No reconocemos en esos hombres una triste disposición de nuestro corazón: la de echar sobre los demás la responsabilidad de nuestras faltas? Esto traiciona nuestra ceguera y nuestro orgullo y también nos hace malograr las saludables lecciones del Señor (véase Génesis 3:12; Romanos 2:1).