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La Palabra es nuestra arma

La espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Efesios 6:17).

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La parte de la Iglesia

Hemos visto, en uno de los capítulos anteriores, que entonces la Iglesia no estará ya en la tierra. Antes de que sobrevengan los juicios de Dios sobre el mundo seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire para estar siempre con él (1 Tesalonicenses 4). Pero eso no significa que no tengamos parte en la gloria del milenio.

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La parte del vencedor

El que tuviere ahora sed recibirá, entonces, de la fuente, el agua de vida. Y no solamente recibirá el agua de vida, sino que Dios mismo será su refrigerio.

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La posesión del país

De Hechos 13:18-22 obtenemos el siguiente cálculo:  

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La predestinación

Por desgracia, el hombre no se mantuvo en lo que está escrito en la Palabra de Dios, sino que permitió a sus razonamientos ir más allá, a fin de llegar a pretendidas conclusiones lógicas. El resultado fue que llegó a hacer afirmaciones que van en contra de la Palabra de Dios y que en realidad constituyen una deshonra para Su nombre.

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La respuesta de Dios

En Romanos 5:12-21 encontramos la respuesta divina a esta dificultad. El primer Adán transmitió su condición, que había contraído tras su caída, a todos los que pertenecen a su familia (esto es, a todos los hombres).

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La restauración

Pero el servicio del Señor tampoco terminó ahí. A raíz de su resurrección, el Señor envió un mensaje en el cual mencionó expresamente a Pedro (Marcos 16:7), y tras esto tuvo un encuentro especial con él (Lucas 24:34). ¿De qué hablaron?, las Escrituras no nos lo dicen. El Señor tiene palabras especiales para cada uno de los suyos, dirigidas exclusivamente a uno mismo.

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La restauración y la reconciliación

En Daniel 9:24 nos enteramos de que setenta semanas, que son 490 años (compárese con Levítico 25:8), estaban determinadas sobre Israel y Jerusalén “para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable, y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos” (V. M.)

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La resurrección de condenación

La verdad fundamental de la Escritura sobre el juicio la hallamos en Hebreos 9:27: “Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”. El versículo siguiente limita, sin embargo, la regla: “Cristo… aparecerá… para salvar a los que le esperan”. Estos últimos, pues, no serán juzgados.

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La resurrección de los justos

Así, pues, en este momento en la tierra viven solamente los renacidos, y en los sepulcros hay solo incrédulos.

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La resurrección, prueba de la justicia de Dios

Quiero entrar en este tema con un poco más de precisión. El Señor Jesús fue a la cruz y allí tomó sobre sí todos los pecados de aquellos que le han aceptado y de los que aún le aceptarán, llevándolos en su cuerpo (1 Pedro 2:24). También fue hecho pecado y juzgado como tal (2 Corintios 5:21; Romanos 8:3).

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La santificación por el Espíritu

Si leemos el Nuevo Testamento, vemos que de nuestra santificación se habla de dos maneras. Por una parte, se dice que somos santificados (1 Corintios 6:11; 2 Tesalonicenses 2:13; 1 Pedro 1:2, etc.). Por eso en varios pasajes se nos llama “santos” (ver, por ejemplo, el comienzo de las epístolas). Esta santificación se efectuó por medio del nuevo nacimiento.

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La santificación práctica

Todas las exhortaciones nos llaman a manifestar desde ahora lo que un día seremos; esta es la meta de todo ministerio (Efesios 4:11-16; Colosenses 1:28). ¿Y cómo hemos de ser? Debemos asemejarnos a Aquel hombre glorificado en el cielo. Por lo tanto, Él también es la medida para nuestra marcha práctica. Por eso se dice:

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La seguridad de ser oído

Romanos 8:31-32 dice: Si Dios es por nosotros ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?. Y en Juan 16:27 el Señor afirma: “El Padre mismo os ama”.

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La septuagésima semana ¿se ha cumplido ya?

Hemos visto que “hasta el Mesías Príncipe” habían transcurrido 69 semanas. Quedó, pues, una semana. Si esta hubiese seguido sin interrupción a la última de aquellas, ya habría pasado desde hace mucho tiempo. No obstante, esta semana no puede haber pasado aún, pues ni Judá ni Jerusalén han recibido aún las bendiciones del versículo 24.

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La simiente de Abraham

Lo primero que los judíos reivindicaban era que solo ellos eran la simiente de Abraham (Juan 8:33). «Bien –dice el apóstol– entonces tendrán que reconocer a Ismael, pues él también era hijo de Abraham». Y si en este caso se pudiese objetar que la madre de Ismael era tan solo una esclava, de quien descienden los árabes, todavía quedaba Esaú, el padre de los edomitas.

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La transfiguración de Jesús

Propiamente dicho, este acontecimiento no constituye una revelación profética. Es un cuadro en el cual la gloria del reino del Hijo del Hombre y todos los que tomarán parte en él, son representados de una manera clara.

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La última guerra de Europa Occidental

Una vez, el Imperio romano, en alianza con la jerarquía religiosa de esta tierra, mató al Señor. “Matémosle, y apoderémonos de su heredad” (Mateo 21:38).

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La vocación de Dios

Entonces Dios llama a Abram de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre, para ir a la tierra que él le mostraría. Esto constituye un nuevo principio.

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Laodicea

¡Qué cambio! “Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca… “

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Las dos bestias

En Apocalipsis 13 vemos dos bestias como instrumentos poderosos de Satanás. Satanás ha sido expulsado del cielo y ahora ejerce todo su poder aquí en la tierra. Pero no lo hace de una manera visible, sino que se vale de instrumentos.

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Las profecías

También los profetas confirman lo mismo en centenares de pasajes. Pero, por enredos de determinado sistema teológico, muchas veces estos textos son desgraciadamente privados de su fuerza. Unas veces son aplicados al regreso del cautiverio de Babilonia. Otras a la primera venida del Señor Jesús a la tierra.

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Las profecías forman un todo

Resulta, pues, de ello, que todas las profecías han sido dadas por medio del Espíritu Santo y constituyen la totalidad de los designios de Dios, los cuales él mismo ha tenido a bien comunicarnos.

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Las promesas de Dios

En Romanos 11:29 leemos: “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. Se cita muchas veces este pasaje aplicándolo también a nosotros. Y esto puede hacerse, pues es un principio divino. Sin embargo, los que niegan que Israel tenga aún un futuro, deberían notar que estas palabras se aplican en primer lugar a las promesas dadas a Israel.

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