Capítulo 1
Poder y contenido del Evangelio
Las epístolas son cartas dirigidas por los apóstoles a iglesias locales o a creyentes en particular. En ellas hallamos expuestas las verdades cristianas. Aunque fue escrita después de otras, la epístola a los Romanos ha sido colocada en primer lugar con mucha razón, pues su tema es el Evangelio. Antes de recibir una enseñanza cristiana, hay que empezar por llegar a ser cristiano. Amigo lector, si no lo ha hecho aún, hoy se le presenta esta oportunidad.
Cierto predicador del Evangelio, que tenía a su cargo una serie de reuniones en una ciudad, se limitó a leer, cada noche, los seis primeros capítulos de esta epístola, sin agregarle una sola palabra. Y cada noche hubo varias conversiones. Tal es el poder de la Palabra de Dios y la autoridad del Evangelio,
Poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (v. 16).
Esta carta fue escrita mucho antes del dramático viaje relatado al final del libro de los Hechos. Por lo tanto, Pablo todavía no había visto a los romanos. Pero –he aquí la condición de un ministerio útil– estaba lleno de amor hacia ellos y ante todo hacia Aquel a quien iba a anunciarles: Jesucristo. Su nombre llena los primeros versículos. Sí, Cristo es la sustancia del Evangelio, el fundamento de toda relación entre Dios y el hombre. Además, la buena nueva del Evangelio no se limita al perdón de los pecados, sino que contiene toda la verdad de Cristo.
Veredicto sobre los paganos
Antes de explicar cómo Dios justifica al pecador es necesario convencer a cada uno de que es pecador. Dios va, por así decirlo, a poner toda la humanidad en el banquillo. Quizás se pensará que los paganos son excusables porque no poseen la Palabra escrita. Pero tienen a la vista otro libro siempre abierto: el de la Creación (Salmo 19:1). Sin embargo, no reconocieron ni honraron a su Autor y omitieron darle gracias (lo que es un deber universal). Todo ser humano recibió una inteligencia que le permite discernir hechos evidentes y sacar la conclusión de que hay un Dios. Pero los hombres emplearon esta facultad para imaginar ídolos y desde entonces, esclavos de los poderes del mal, se entregaron a las peores codicias.
Por cierto, no es hermoso el retrato que Dios hace aquí del hombre natural. Y… ¡ese retrato es el suyo y el mío! Pero –dirá usted, indignado– no he cometido los horribles pecados mencionados en estos versículos. ¡Veamos! Vuelva a leer los versículos 29 a 31 y examínese. Además, Dios no solo declara culpables a los que se entregan a tales vicios, sino también a los que se complacen con los que los practican. Leer una novela que cuenta cosas inmorales, complacerse en descripciones turbias y malsanas es colocarse bajo el mismo “justo juicio de Dios” (v. 32; cap. 2:5; Salmo 50:18).
