Romanos
Romanos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 2

Veredicto sobre la justicia propia

No importa lo bajo que haya caído un hombre; siempre hallará a uno más miserable que él, con quien podrá compararse ventajosamente. El adicto al juego menospreciará al bebedor y este mirará a un malhechor con condescendencia. En realidad, todos los vicios están latentes en nuestro propio corazón. Cuando juzgamos a otros (v. 1), damos prueba de que sabemos reconocer muy bien el mal; comprobamos así que tenemos una conciencia. Y esto nos condena a nosotros mismos cuando, a su vez, practicamos semejantes cosas. Todos los hombres tienen una conciencia.

Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal
(Génesis 3:22).

En su bondad, Dios se sirve de ella para guiarnos al arrepentimiento (v. 4), pero no nos autoriza en absoluto a emplearla para juzgar a nuestro prójimo. Solo uno tiene el derecho de juzgar: Jesucristo (v. 16; Juan 5:22; Hechos 10:42). Un día manifestará a la luz todos “los secretos de los hombres”, todos sus hechos e intenciones inconfesables, ocultados con tanto cuidado (véase Mateo 10:26). Confiésele sin tardanza sus secretos, por más vergonzosos que sean. La conciencia no es una voz hostil, sino una amiga que le dice: «Habla de esto al Señor Jesús; Él se encargará de ello».

Veredicto sobre los judíos

Estos primeros capítulos nos hacen pensar en la sesión de un tribunal. Uno tras otro, los distintos acusados comparecen ante el Juez supremo.

Luego de la condenación del no griego –o sea el pagano (cap. 1)– y de la del hombre moral y civilizado (comienzo del cap. 2), el judío está llamado a oír los cargos que se le formulan. Se presenta con la cabeza erguida. Su nombre de judío, la ley en que se apoya, el verdadero Dios a quien dicen conocer y servir (v. 17…), todo parece indicar que su superioridad se establecerá sobre los otros procesados y logrará absolverlo… Pero ¿qué le responde el supremo Magistrado? «Yo no te juzgaré por tus títulos (v. 17), ni por tus conocimientos (v. 18), ni por tus palabras (v. 21), sino por tus actos. “Tú, pues, que enseñas a otro… tú que predicas… tú que dices…” Lo que me interesa es lo que tú haces… y también lo que no haces (Mateo 23:3). Lejos de excusarte, tus privilegios agravan tu culpabilidad».

El pecado de los paganos es llamado impiedad o iniquidad (cap. 1:18): una marcha sin ley y sin freno según los caprichos de la voluntad propia (1 Juan 3:4). El pecado de los judíos se llama transgresión o infracción (v. 23), es decir, la desobediencia a los mandamientos divinos conocidos. Y hoy, ¡cuánto más responsables son los cristianos! ¡Ellos poseen toda la Palabra de Dios!