Capítulo 9
¿Qué de Israel?
Los capítulos 1 a 8 nos recuerdan la historia del hijo pródigo: su pecado había abundado, pero la gracia sobreabundó. Luego de ser revestido con el manto de justicia, no permaneció como un asalariado en la casa de su padre, sino que en adelante gozó con él de una plena y libre relación (véase Lucas 15:11-32).
Del capítulo 9 al 11 se trata del hijo mayor, es decir, del pueblo judío, de sus privilegios naturales y también de su envidia. Como el padre de la parábola, el apóstol deseaba que Israel comprendiera qué es la gracia soberana. Ella no está ligada a ventajas hereditarias. No todos los descendientes de Abraham eran hijos de la promesa. Esaú, por ejemplo, ese profano que a pesar de ser hermano gemelo de Jacob, no pudo heredar su parte en la bendición, y respecto de quien Dios expresó este terrible sentimiento: “A Esaú aborrecí” (v. 13). Sin duda alguna, antes de esto Su amor había agotado todos sus recursos. Basta pensar en las lágrimas del Señor Jesús sobre Jerusalén culpable (Lucas 19:41), dolor del cual el apóstol hace un eco punzante en los versículos 2 y 3. Repitámoslo: los derechos de nacimiento no aseguran a nadie los beneficios de la salvación por gracia. Hijos de padres cristianos: esto se dirige a ustedes de la manera más solemne.
Dios puede hacer lo que le place
En su audaz incredulidad los hombres se permiten juzgar a Dios según su propia medida. «Ya que en definitiva, dicen algunos, él hará solo lo que haya querido; ¿de qué puede hacernos responsables? (v. 19). A pesar de lo que un individuo haga –agregan– si está predestinado, tarde o temprano será salvo. Pero si no es elegido, todos sus esfuerzos para cambiar su suerte final serán vanos». De ese falso punto de partida derivan otras preguntas como éstas: ¿No es Dios injusto por haber elegido a unos y no a otros? Conociendo de antemano el destino de los perdidos, ¿por qué haberlos creado? ¿Cómo un Dios bueno puede condenar a su criatura al infortunio?… Este capítulo nos enseña que Dios no preparó ningún vaso para deshonra (o de ira). Al contrario, los soportó –y los soporta aún– “con mucha paciencia” (v. 22). Son los propios pecadores quienes se preparan continuamente para la perdición eterna. A todos los razonadores podemos responder que una cosa es segura: Dios los ha llamado a ustedes que tienen su Palabra en las manos. Él ha querido también hacer de ustedes vasos de misericordia. Solamente su rechazo puede impedirle realizar su plan de amor (léase 1 Timoteo 2:3-4).
