Capítulo 3
Formular objeciones
¿Quién tiene razón? ¿Dios –que condena– o el acusado que se defiende? “Antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso”, exclama el apóstol (v. 4). La Palabra de Dios no está anulada por el hecho de que ella no haya sido creída por los judíos, sus depositarios (v. 3; Hebreos 4:2). Con la más grande inconsecuencia, estos últimos se vanagloriaban de poseer la ley (cap. 2:17) pese a que ella atestiguaba en su contra. Es como si un criminal que, deseando proclamar su inocencia, entregara él mismo a la policía la prueba del delito, estableciendo así su culpabilidad. Por eso el Espíritu de Dios, como el procurador en un tribunal, hace leer delante del acusado judío toda una serie de versículos irrefutables sacados de sus propias Escrituras (v. 10-18). Pero el acusado podía sostener otro argumento: «Yo no niego mi injusticia, pero de hecho ella resalta la justicia de Dios; así que en el fondo aquélla le es útil». ¡Horrible mala fe! Si fuera así, Dios tendría que renunciar al enjuiciamiento del mundo (v. 6) y estarle agradecido porque la maldad de este resaltaría la fidelidad divina.
Pero entonces Dios dejaría de ser justo y se negaría a sí mismo (2 Timoteo 2:13). Antes del veredicto final, Dios aparta los últimos razonamientos tras los cuales su criatura siempre busca escudarse.
Sentencia final
Delante del tribunal de Dios, ahora toda boca permanece cerrada. Los acusados, sin excepción, han sido hallados culpables (v. 19). “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (v. 23). Y la sentencia terrible: “Ciertamente morirás”, anunciada por Dios desde antes de la caída del hombre (Génesis 2:17), va a ser confirmada: “La paga del pecado es muerte” (cap. 6:23). Para el incrédulo, sea pagano (gentil) o judío, ese juicio es definitivo; y el tribunal delante del cual comparecerá un día es una pavorosa realidad (Apocalipsis 20:11-15). Pero he aquí el abogado que interviene a favor de los que, tanto judíos como paganos (gentiles), lo han elegido por la fe. Él no trata de minimizar las faltas cometidas, como lo hacen los abogados ante los tribunales humanos. Al contrario, asume la defensa diciendo: «La sentencia es justa, pero ya ha sido ejecutada; la deuda está pagada; una muerte –la mía– ha pagado la espantosa pena por sus pecados».
Sí, la justicia de Dios está satisfecha, pues un crimen expiado no puede ser tenido en cuenta por segunda vez. Y si Dios es justo condenando el pecado, es igualmente justo eximiendo de culpa al pecador “que es de la fe de Jesús” (v. 26).
