Capítulo 6
El creyente muerto con Cristo
¡Es muy fácil!, dicen algunos. Si la gracia sobreabunda y nuestras injusticias sirven para hacerla brillar aun más, aprovechemos para dejarnos llevar por todos los caprichos de nuestra voluntad carnal (v. 1, 15). Pero ¿puede uno imaginarse al hijo pródigo (Lucas 15:11-32), luego de haber visto la acogida que el padre le dio, deseando volver al país lejano y diciéndose: «Ahora sé que siempre seré recibido en mi casa cada vez que tenga ganas de volver»? No, tal razonamiento no es el de un verdadero hijo de Dios. Primero, porque él sabe lo que la gracia costó a su Salvador y teme entristecerle y, luego, porque el pecado debe haber perdido todo su atractivo para él. En efecto, un cadáver ya no puede ser seducido por los placeres y las tentaciones. Mi muerte con Cristo (v. 6) quita al pecado toda fuerza y autoridad sobre mí.
¡Qué maravillosa redención!
Los versículos 13 a 18 del capítulo 3 muestran que todos los miembros del hombre (lengua, pies, ojos…) son “instrumentos de iniquidad” al servicio del pecado (v. 13). Sin embargo, en el momento de mi conversión, esos mismos miembros cambian de propietario y se convierten en “instrumentos de justicia” a disposición de Aquel que tiene todos los derechos sobre mí.
Obedecer de todo corazón
Por encima de todo, el hombre se preocupa por su libertad. Sin embargo, ésta es una completa ilusión. Alguien escribió: «La libre voluntad no es más que la esclavitud del diablo». Sin embargo, el hombre no lo advierte sino después de su conversión. Solo al tratar de retomar el vuelo, el pájaro cautivo siente que le han cortado las alas. “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado…”, enseña el Señor Jesús. Pero agrega:
Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres
(Juan 8:34, 36).
¡Libres… no de hacer nuestra propia voluntad, pues eso sería colocarnos bajo la misma esclavitud! Que nos baste el haber cumplido en “el tiempo pasado” (v. 21; 1 Pedro 4:3) la voluntad del hombre pecador y saber que la consecuencia de ese trabajo hecho para Satanás, el impostor, requirió un trágico salario: la muerte que Cristo padeció en nuestro lugar (v. 23). Si somos libres, es para servir a Dios y obedecerle de corazón (v. 17; 2 Corintios 10:5). Tal fue el ejemplo de un joven africano, esclavo de un amo cruel, a quien un viajero compasivo rescató y le dio la libertad. En vez de ir a vivir su vida, pidió que se le permitiera permanecer junto a su benefactor. Su deseo máximo era servirle en adelante.
