Capítulo 5
Paz con Dios
Una vez redimido y justificado, el cristiano resplandece de alegría (v. 1). De ahí en adelante, la paz con Dios es su parte inestimable. Está reconciliado con el Juez soberano por el mismo acto que hubiera debido atraer sobre él la cólera divina para siempre: ¡la muerte de Su Hijo! (v. 10). En realidad, el amor de Dios no se parece a ningún otro amor. Se trata de su propio amor y todos sus motivos están en él mismo. Dios amó a pobres seres –que no eran dignos de amor– antes de que ellos dieran el menor paso hacia él, cuando todavía estaban sin fuerza y eran impíos (v. 6), pecadores (v. 8) y enemigos (v. 10; 1 Juan 4:10, 19). Este amor ahora ha sido vertido en nuestro corazón por el Espíritu Santo (v. 5).
Frente al mundo que se gloría de beneficios presentes y pasajeros, el creyente, lejos de sentirse avergonzado (v. 5), puede prevalerse de su inefable porvenir: la gloria de Dios (v. 2). Y más aun, cosa paradójica, puede encontrar gozo en sus tribulaciones presentes, porque ellas producen frutos preciosos (v. 3-4) que vuelven su esperanza más viva y ferviente. “Y no solo esto…” (v. 11): tenemos el derecho de gloriarnos en los dones, pero más aun en aquel que nos los dispensa: Dios mismo, quien llegó a ser nuestro Dios por el Señor Jesucristo.
Dos familias
Para una persona que se haya convertido estando en su lecho de muerte, la epístola hubiese podido terminar con el versículo 11. La cuestión de sus pecados ha sido resuelta; por ello es apta para la gloria de Dios. Pero al que sigue viviendo sobre la tierra, en adelante se le plantea un problema doloroso: lleva en él su vieja naturaleza, “el pecado”, la cual solo es capaz de producir, como antes, frutos corrompidos. ¿Corre el peligro de perder, pues, su salvación? Lo que sigue, del capítulo 5:12 al capítulo 8, nos enseña cómo Dios proveyó: Él condenó no solo mis actos, sino aun la voluntad perversa que los hizo nacer, es decir, el “viejo hombre” (cap. 6:6), estrictamente conforme a Adán, su antepasado. Imaginemos que un impresor poco cuidadoso, al componer el cliché de un libro, haya dejado pasar errores graves que falseen completamente el pensamiento del autor. Estas faltas se reproducirán en todo el tiraje tantas veces como ejemplares se impriman. La encuadernación más bella no cambiará nada. Para tener un texto fiel, el escritor tendrá que mandar imprimir una nueva edición a partir de otro cliché. El primer Adán es como ese mal cliché, de manera que existen tantos pecadores como hombres. Pero Dios no ha buscado mejorar la raza adámica. Él ha suscitado un nuevo hombre, Cristo, y nos ha dado su vida.
