Romanos
Romanos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 7

La ley es buena, pero pone en evidencia el pecado

La ley no solamente reprime los pecados que he cometido, sino que juzga mi naturaleza pecadora, por ejemplo, mi incapacidad para amar a Dios y a mi prójimo como ella lo prescribe. El pecado me coloca, pues, inexorablemente bajo la condenación de la ley de Dios… Pero de ella estoy liberado de la misma forma en que he sido liberado del pecado: por la muerte (es decir, mi muerte con Cristo, v. 4). Cuando un culpable muere, la justicia humana no puede hacer nada más contra él.

Entonces, ¿la ley es algo malo, ya que Dios ha debido protegerme contra su rigor? “En ninguna manera”, exclama nuevamente el apóstol (v. 7). Si en un museo tomo en mi mano un objeto expuesto, seguramente no tengo conciencia de cometer una infracción, pues no hay ninguna indicación que me lo prohíba. En cambio, soy plenamente culpable si existe un cartel que prohíba tocar ese objeto. Pero al mismo tiempo esta inscripción despertará en muchos visitantes el deseo de tocar los objetos expuestos. La naturaleza orgullosa del hombre lo lleva a infringir todo reglamento para afirmar su independencia. Así, por la ley, Dios me sorprende en flagrante delito de desobediencia y pone en evidencia la codicia que está en mí, para darme una mayor conciencia de mi pecado.

Experiencias amargas y luchas constantes

Estos versículos se han comparado con los vanos esfuerzos de un hombre atrapado en arenas movedizas. Cada movimiento que hace para liberarse lo hunde aún más. Al verse perdido, grita pidiendo socorro. Moralmente, este drama ilustra la historia de muchos hijos de Dios durante un período que sigue a su conversión. El apóstol se pone en el lugar de tal creyente y nos describe su desesperación (si no fuera salvo, por un lado no tendría estas luchas, y por otro no encontraría su felicidad en la ley de Dios; v. 22). «¡Ay!, exclama este hombre. En lugar de ir de progreso en progreso, me siento cada día más malo. He descubierto sucesivamente que estaba “bajo pecado” (cap. 3:9), que este reinaba sobre mí (cap. 5:21), que me dominaba (cap. 6:14), que me tenía cautivo (cap. 7:23) y que “mora en mí” (cap. 7:17, 20), tal como una enfermedad insidiosa que hubiera tomado posesión de mis centros vitales. Cuerpo de muerte, ¿quién me liberará de él? Yo me reconozco incapaz, sin fuerzas; entonces estoy dispuesto a recurrir a Otro. Y Jesús me toma de la mano».

¡Dolorosa pero necesaria experiencia! Desde el momento en que no espero más nada de mí, puedo esperarlo todo de Cristo.