Romanos
Romanos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 8

Ninguna condenación

Una paz maravillosa sigue a los tormentos del capítulo 7. Como culpable, he aprendido que no hay más condena para mí, pues estoy en Cristo Jesús, lugar de perfecta seguridad. Como hombre miserable (cap. 7:24), sin fuerzas para hacer el bien, he descubierto un poder llamado “la ley del Espíritu de vida”, el que al fin me libera de “la ley del pecado”, es decir, de su dominio. Tales son las dos grandes verdades que comprendo por la fe.

El más hábil escultor, aunque disponga de la mejor herramienta, no podrá cincelar nada en madera apolillada. Dios es ese hábil obrero, y la ley es esa buena herramienta (cap. 7:12). Pero, por buena que sea la ley (cap. 7:12), ha sido hecha “débil” e ineficaz por una “carne” rebelde, corrompida y roída por el gusano del pecado (v. 3, 7). Nosotros estábamos en “la carne” (v. 9), obligados a actuar según su voluntad. En lo sucesivo estamos en Cristo Jesús, andando “conforme al Espíritu” (v. 4). Es cierto que, aunque ya no estamos más “en la carne”, la carne está todavía en nosotros. Pero al creer, el mismo Espíritu de Dios vino a habitar en nosotros como el verdadero amo. La carne, “el viejo hombre”, antiguo propietario, no es más que un inquilino indeseable, encerrado en un cuarto. Ya no tiene ningún derecho… pero es necesario que yo vele para no abrirle la puerta.

Efectos de la morada del Espíritu Santo

Así que ya no somos deudores de la carne, acreedor insaciable y cruel (v. 12), pues nos convertimos en hijos de Dios, y nuestro Padre no admite que seamos esclavos. Él mismo pagó todo lo que debíamos, a fin de que fuéramos libres y solo dependiésemos de él.

Antiguamente, el esclavo romano podía ser liberado y aun excepcionalmente adoptado por su amo con todos los derechos hereditarios; débil imagen de lo que Dios ha hecho con pobres seres caídos, manchados y sublevados contra Él. No solamente les ha otorgado perdón, justicia y plena liberación, sino que los ha hecho miembros de su propia familia. Y ellos están sellados con su Espíritu, merced al cual también los hijos conocen su relación con el Padre. “Papá” (Abba, en hebreo) es a menudo la primera palabra inteligible que articula un niño (v. 15-16; véase también 1 Juan 2:13 fin).

Además de esta convicción que él nos da, el Espíritu nos enseña a hacer morir las obras de la carne, es decir, a no dejar que se manifiesten (v. 13). Y al dejarnos conducir por Él, la gente verá en nosotros que somos hijos de Dios (v. 14; véase Mateo 5:44-45) mientras esperamos ser manifestados como tales a toda la creación (v. 19).

De la perdición a la gloria

En esta tierra, manchada por el pecado, reinan la injusticia, el sufrimiento y el temor. El hombre ha sojuzgado toda la creación, inclusive el cosmos, poniéndola al servicio de su vanidad, de su corrupción… (v. 20-21). Los suspiros de todos los oprimidos suben hacia el gran Juez (Lamentaciones 3:34-36). Nosotros mismos también suspiramos en “el cuerpo de la humillación nuestra” (Filipenses 3:21). Sentimos la fatiga del pecado que nos rodea y al que, además, nos es necesario juzgar continuamente en nosotros mismos. Nuestra flaqueza es grande: no sabemos cómo orar ni qué pedir. Por eso una función del Espíritu es interceder a nuestro favor en un lenguaje que Dios comprende (v. 27). No sabemos lo que es bueno para nosotros, pero el versículo 28 nos revela que todo lo que nos sucede ha sido preparado por Dios, y finalmente se inscribe en “su propósito” o plan, cuyo centro es Cristo. Porque para dar a su Hijo compañeros en la gloria, Dios conoció de antemano, predestinó, llamó, justificó y glorificó a estos seres, anteriormente miserables y perdidos, a quienes actualmente prepara para su destino celestial (v. 29). Sublime cadena de los consejos divinos, la cual liga la eternidad pasada a la eternidad futura y da su sentido al momento presente.

Nada nos podrá separar del amor de Dios

Tal despliegue de los propósitos eternos de Dios deja al redimido sin palabras. ¡Toda pregunta que pudiera formularse ha encontrado su perfecta respuesta! Dios está con él; luego, ¿qué enemigo se arriesgaría siquiera a tocarlo? Dios lo justifica; entonces, ¿quién osaría acusarlo en lo sucesivo? El único que podría condenarlo –Cristo– ha llegado a ser su soberano intercesor. Y ¿qué podría rehusar un Dios que en la persona de su Hijo nos ha hecho el más grande de todos los dones? Dará también “con él todas las cosas” (v. 32). Sí, aun las pruebas dolorosas que él considere necesarias (v. 28). Parece que éstas tendieran más bien a separarnos del amor de Cristo al producir en nosotros el desagrado o el desaliento. ¡Al contrario! “Todas estas cosas” nos permiten probar la excelencia de este amor como no hubiésemos podido conocerlo de otra manera. Cualquiera sea la forma de la prueba: tribulación, angustia, persecución, en cada una la gracia variada del Señor se manifiesta de una manera particular: apoyo, consuelo, ternura, perfecta simpatía… A cada sufrimiento le responde una forma personal de su amor. Y cuando la tierra y los sufrimientos acaben para siempre, permaneceremos por la eternidad como objetos del amor de Dios.