Romanos
Romanos

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 4

Justificados solo por la fe

Si una escalera es demasiado corta para llegar hasta un objeto ubicado muy alto, un hombre subido sobre el peldaño más elevado de la escalera no tiene más facilidad para alcanzar dicho objeto que los que se encuentran por debajo de él. En el capítulo anterior leímos: “no hay diferencia” (cap. 3:22); el judío no alcanza la gloria de Dios más que el griego. Nadie tiene acceso por la escalera de su propia justicia, pues ella siempre será insuficiente. Una prueba de ello nos lo da el hecho de que aun Abraham (v. 3) y David (v. 6), quienes hubiesen tenido el derecho a estar en lo más alto de esta escalera de obras, no se sirvieron de ellas para ser justificados ante Dios. Y si ellos no lo hicieron, ¿quién podría pretender hacerlo? Para demostrar mejor que la salvación por gracia no tiene ninguna relación con las pretensiones carnales y “la jactancia” del pueblo judío (cap. 3:27), los versículos 9 y 10 recuerdan que el patriarca Abraham recibió la justicia por la fe antes de la señal de la circuncisión (véase Génesis 15:6; 17:24). En el momento en que Dios lo justificó, él se parecía a los paganos.

Para ser salvo hay que comenzar por reconocerse culpable, es decir, declarar estar de acuerdo con la sentencia divina señalada en el capítulo precedente. Dios justifica “al impío”, y solamente a él (v. 5; comp. Mateo 9:12).

No poner en duda lo que Dios dice

Si Dios es poderoso para cumplir lo que prometió (v. 21), el hombre, por su parte, es totalmente impotente para cumplir con sus propias obligaciones. Por ello las promesas hechas a Abraham (y al cristiano) no implican ninguna condición. Basta creer. En apariencia, todo contradecía lo que Dios había asegurado a Abraham. Pero este “tampoco dudó… plenamente convencido…” (v. 20-21). ¿De dónde sacaba esta fe inconmovible? Del hecho de que conocía al que le había formulado la promesa y sabía que podía depositar toda su confianza en Él. La firma (como garantía de una promesa) de alguien a quien respetamos tiene más valor para nosotros que la de un desconocido. La fe cree en las promesas porque cree en Dios que las ha hecho (v. 17 y 3; comp. 2 Timoteo 1:12). Ella se aferra a las grandes verdades afirmadas por Su Palabra: la muerte del Señor Jesús para expiar nuestras faltas y su resurrección para justificarnos ante Dios (v. 25).

Querido amigo: habiendo llegado a este punto de su lectura, ¿puede decir con todos los creyentes: Poseo esta fe que da la salvación? ¿Puede usted afirmar: Jesús se entregó por mis pecados? ¿Y también: Dios lo resucitó para mi justificación?