¿Quién es mi prójimo?

Capítulo 2

Después de despedirse de Ana y de Antonia, que eran amigas suyas, Elena e Isabel volvieron a su casa por el acostumbrado camino. Al doblar la esquina de la calle Esparteros, se encontraron con una niña bastante asustada, quien las miraba con sus ojos tristes. A juzgar por su vestido descolorido y remendado, debía ser muy pobre; además, llevaba unas alpargatas por donde asomaba el dedo gordo de cada pie. Con todo, tenía un aspecto limpio, y llevaba el pelo recogido en cola de caballo. Por más que lo quería disimular, unas lágrimas corrían a lo largo de sus mejillas.

Miraba ansiosamente a su alrededor, como si no supiera dónde se encontraba. Al dar ella unos pasos, las dos hermanas se dieron cuenta de que la pobre estaba minusválida.

–Chica, ¿qué te pasa? –le preguntó Isabel. Tardó unos segundos en contestar, como si tuviese vergüenza en descubrir su desgracia.

–Es que… me he perdido y no puedo encontrar la casa.

Y entre sollozos añadió:

–Además, estoy muy cansada y la pierna me duele mucho.

Entonces, las dos hermanas se dieron cuenta de que la pobre niña tenía realmente la pierna derecha algo más corta y más delgada que la otra.

–¿Y dónde vives? –le preguntó Elena.

–En el callejón del Molino, al final de la calle Valdés.

–¿La calle Valdés? –repitió Elena– ¡pues sí que está lejos! Tienes que bajar toda esta calle hasta esa gran farola que ves al fondo y luego torcer a mano izquierda. Después, preguntarás a alguien por la calle Valdés. Si te fijas bien, la encontrarás fácilmente. Y la próxima vez, mira por dónde andas; así no volverás a perderte, llorando y portándote como una chiquilla.

Dos o tres lágrimas, que intentaba retener en vano, corrieron por las mejillas de la niña. ¿Acaso era el largo camino que aún tenía que recorrer, o los modales bruscos de Elena lo que la puso tan triste? La niña no contestó; tenía un aire tan desamparado, tan sumamente desgraciado, que Isabel tuvo compasión de ella.

–Escucha, yo te acompañaré, ¿quieres? Pero no llores más; te enseñaré el sitio donde debes doblar a la izquierda para encontrar el buen camino, y así pronto estarás en casa.

–¡Qué tontería! –exclamó Elena–, ¿por qué tantas contemplaciones con esa mocosa? Además, ¡llegarás tarde a casa y mamá te reñirá!

Pero Isabel quiso ayudar a la pequeña y contestó:

–No tardaré mucho; me daré prisa y mamá no se enfadará. Explícale mi retraso, y si eres tan amable, vente con nosotras hasta la esquina.

–¿Qué te crees tú? –contestó Elena volviendo la cabeza–. A mí no me gusta dar rodeos inútiles; deja que esa muchacha encuentre su camino sin ti.

Pero Isabel persistió en su propósito y las dos hermanas se separaron; la mayor dirigiéndose a casa y la otra acompañando a la niña lisiada. Esta se mostraba muy agradecida por el interés que Isabel tomara por ella. Le contó que hacía pocos meses había venido del campo con sus padres; por este motivo, los ruidos de la capital la asustaban y tenía miedo de salir sola, por si acaso se perdiera. Esta tarde, tomó una calle en sentido contrario y no volvió a encontrar su camino.

–Y como soy coja –añadió–, no me gusta detenerme, porque los chicos vienen detrás de mí cantando: «Yo soy la coja del Conde Laurel…» y otras cosas por el estilo, ¿qué te parece?

Sin querer, volvió a sollozar y dijo, como para excusarse:

Esos chicos son muy malos, ¿sabes?

–Sí –observó Isabel–. Pero dime, ¿siempre has estado… lisiada?

–No, no siempre. Cuando era pequeña, tuve un ataque de polio. Mis padres pensaron que nunca podría andar, que me quedaría paralítica del todo. Pero me cuidaron mucho y mejoré bastante. Ahora, a pesar de que camino, en seguida me canso, y a menudo me duele la columna vertebral. Pero, ya ves, aunque me cuesta trabajo, ando como puedo.

–Debe ser terrible –suspiró Isabel.

–No, eso no es tan grave –respondió la chica, consolada por el tono afectuoso de su acompañante–. Y no me importaría si pudiera trabajar como los demás; pero mi madre me dice que ni siquiera podré ser una criada.

–Pero, ¡tú podrías ser modista! –le sugirió Isabel–; mi madre es modista y yo también quiero serlo cuando sea mayor. ¿Sabe tu madre hacer vestidos?

–Me parece que no –dijo la niña, después de pensarlo un rato–; trabaja muchísimo; se va muy temprano a lavar y limpiar, y cuando regresa por la noche siempre está muy cansada. Si ella no trabajara, no tendríamos nada que comer.

–¿No tienes padre?

–¡Sí lo tengo!, pero está muy enfermo y no puede trabajar. Tuvo un accidente al poco tiempo de llegar acá. Antes estábamos mucho mejor.

Parecía como si la pobre niña, sin amigas con quien desahogarse, necesitaba una confidente:

–Antes teníamos una casa con jardín y un huerto; ahora no tenemos más que dos habitaciones pequeñas y oscuras.

–¿Y tienes hermanos? –inquirió Isabel.

–Tengo dos hermanas, más pequeñas que yo, y debo cuidarlas cuando mamá no está en casa.

–¿Y no las cuidas ahora?

–No, hoy como es domingo, mamá me dio permiso para dar un paseo porque tenía mucho dolor de cabeza.

–Dime, ¿no vas a la escuela dominical?

–¿A la qué…?

–A la escuela dominical.

–Oye, y eso ¿qué es? ¿No basta ir a la escuela toda la semana? Ciertos días no puedo ir, ¿sabes? Además, muchas chicas se mofan de mí. Sobre todo la Mari, una grandullona que llaman «la gata», ¿no la conoces?

–No. –Isabel lo sentía, no la conocía; esa «gata» viviría en otro barrio. En cambio, habló a la pequeña lisiada de la escuela dominical, de la señorita Vázquez, de lo que allí aprendían en la Palabra de Dios, de los hermosos himnos que cantaban y de las estupendas amigas que tenían. Interesada, la niña miró a Isabel de soslayo y suspiró:

–¡Ay! Pero eso será para la gente «ricachona», ¿no?

–En absoluto. Allí todo el mundo es bienvenido, ya verás. Oye, ¿y dónde va tu madre los domingos? –siguió preguntando Isabel, quien se imaginaba probablemente tener derecho a saberlo.

–No va a ninguna parte; se queda en casa. Algunas veces cose la ropa, limpia las habitaciones, y cuando tenemos suficiente dinero, nos guisa un poco de carne para comer… ¡Hum! es muy rica la carne, claro que no la hay todos los domingos.

–¿No leen ustedes la Biblia, sobre todo el domingo, que es el día del Señor? –preguntó Isabel muy extrañada.

–¡Ay! eso será para los ricos, para los que nada tienen que hacer los domingos; pero nosotros… somos pobres –respondió la niña.

–¡Eso no es verdad! Nosotros no somos ricos y leemos la Palabra del Señor cada día. ¿Y por qué ustedes no pueden hacer lo mismo? ¿Es que los pobres no tienen alma?

–Creo que sí –contestó la niña, y con su tono demostraba que nunca había pensado seriamente en esto.

–¡Desde luego que sí! –continuó Isabel–, los pobres también tienen alma; almas inmortales y de gran precio. Nuestra maestra nos dice que el alma es la cosa más valiosa que poseemos, y que debemos cuidar de ella más que de nuestros cuerpos.

–¡Bah! nadie hace eso– observó la pequeña–. «Primero comer y después vestir», dice mi padre, «luego, ¡ya veremos!».

–¡Mentira! –aseguró Isabel de modo enérgico–. Hay muchas personas que se ocupan de su alma y el que no lo hace, comete un gran error. ¿Cómo podréis ir al cielo sin leer la Biblia, y sin conocer a Cristo quien es el único camino?

–Bueno, tenemos un «santo» muy bonito colgado de la pared, y…

–Chica, nuestra maestra dice que Cristo murió para salvar a los pecadores. Así está escrito en la Biblia. Dime, ¿amas tú al Señor Jesús?

–Bueno… sí; lo que pasa es que no lo conozco mucho.

–Entonces ¿por qué no vienes a la escuela dominical? Allí podrás escuchar las historias más hermosas acerca de Jesús. ¿Sabes la de la oveja perdida?

–No…

–¿Y la del Buen Samaritano?

–Tampoco.

–¿No leíste cómo Jesús devolvió la vista a los ciegos, curó el oído de los sordos y sanó a muchos paralíticos? ¿Conoces la historia de ese pobre hombre que estaba junto al estanque de Betesda?

La chica confesó que no conocía ninguna de esas maravillosas historias. Pero al oír que Cristo sanó a cojos y paralíticos, exclamó:

–¡Cuánto me gustaría que me curase!

–Si hubieras vivido en aquel tiempo, de seguro que lo habría hecho. Y lo puede hacer ahora, si Él lo juzga bueno. Sin embargo, nuestra maestra dice que Jesús hizo aún más por nosotros: sufrió muchísimo y murió en una cruz. Si confiamos plenamente en él, él cuidará de nosotros en todo tiempo, y será nuestro mejor Amigo.

Tres palabras, especialmente, tocaron el ánimo de la pobre lisiada: «sufrió muchísimo» y «Amigo». ¡Si tuviera ella un amigo o una amiga así!

–Dime, ¿no te gustaría ir a la escuela dominical?

–Claro que sí; me gustaría muchísimo, pero…

–Pero, ¿qué?

En ese instante tuvieron que parar y esperar la luz verde del semáforo para cruzar la calle.

–Verás, no tengo más que este vestido, y como soy coja, los demás chicos se burlarán de mí. ¡Estoy segura!

–¡Qué va! –dijo Isabel–, te aseguro que nadie se reirá de ti; los conozco a todos y son chicos muy buenos. Y si tu vestido está limpio, ¡no importa si es algo viejo! Si quieres, vendré el próximo domingo a buscarte.

–¿De veras? ¿Y no es muy lejos?

–¡De ningún modo! Tomaremos un camino más corto.

–Bueno, muchas gracias. Pediré permiso a mi madre y si ella me deja, iré con mucho gusto.


Las dos niñas se habían lanzado en una conversación tan animada que el camino se les hizo corto; ya estaban en la parte alta de la

–¡Mira, casi hemos llegado! –exclamó la niña–. Te agradezco mucho haberme acompañado hasta aquí. Me llamo Laura, Laura Villanueva. ¿Y tú?

–¿Yo? Isabel Robles.

–Mira, allí abajo veo a mi mamá; seguramente está buscándome; debe de estar inquieta. ¿Quieres venir a saludarla, Isabel?

–¡Tengo que irme corriendo a casa! Será para otro día. ¡Adiós, Laura! ¡Hasta el domingo que viene!

E Isabel desapareció entre los transeúntes.

Era una chica buena y modesta, no buscaba que le agradecieran los favores; por eso se separó bruscamente de Laura. Si esta hubiese estado ese día en la escuela dominical con la señorita Vázquez y le hubiera preguntado: «Laura, ¿quién es tu prójimo?» ¿qué piensas que habría contestado?