Isaías
Isaías

F.B. Hole - 2025

Frank Binford Hole (1874-1964) nació en Barnes, cerca de Londres, Inglaterra. Se convirtió al Señor cuando tenía 16 años. Aunque fue muy activo en la obra de evangelización, la mayoría lo conocen mejor como maestro que instruía a los cristianos en la verdad bíblica. Durante su vida, escribió comentarios sobre varios libros de la Biblia. En esta colección deseamos poner al alcance del lector de habla hispana el valioso ministerio escrito del autor.

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Isaías 65:13 – 66:24

Aunque Dios tiene que pronunciar un juicio sobre los malhechores, que debe ejecutarse a su debido tiempo, se deleita en la misericordia y la bendición que otorga a sus verdaderos siervos. Esto él lo hace manifiesto en el pasaje que inicia en el versículo 13. Por supuesto, observamos que las bendiciones terrenales, y los juicios terrenales, están a la vista: comida, bebida, alegría y canto, por un lado; hambre, sed, vergüenza y dolor, por el otro. Maldición singular y muerte vendrán sobre ellos; su mismísimo nombre está siendo considerado una maldición; mientras que los siervos escogidos serán llamados con otro nombre.

Esto será cumplido en los días venideros, pero es notable cómo podemos ver su cumplimiento de esto incluso en nuestros días. Por otra parte, un remanente (de acuerdo con la elección de la gracia) sigue siendo llamado de este pueblo, e incorporado junto a los gentiles escogidos como la iglesia de Dios. Sobre aquellos se invoca otro Nombre, porque ellos son CRISTianos.

Ya en Isaías 42 tuvimos la declaración de Dios: “Nuevas cosas declaro” (v. 9). Y, ahora, descubrimos el amplio alcance de esa declaración. Habrá un completo arrasamiento del viejo orden, y la creación de nuevos cielos y de una nueva tierra. Los versículos que siguen muestran que se hace referencia al milenio, y no al estado eterno que se anuncia en Apocalipsis 21:1.

Al presente, los cielos son la sede del poder de Satanás, como indica Efesios 6:12. Aquellos estarán en una nueva condición cuando sean expulsados esos poderes malvados, y los santos celestiales estén instalados, como conocemos por el Nuevo Testamento que lo serán. Cuando el Mesías actúe como “el brazo de Dios”, y su dominio se extienda hasta los confines de la tierra, esta llegará a ser, ¡ciertamente!, una tierra nueva. En comparación con esta, el viejo orden será tan horrible que los hombres lo desterrarán de sus mentes.

Los versículos restantes del capítulo dan una descripción de las condiciones felices que caracterizarán la era milenial; comenzando con la alegría y la bendición de Jerusalén, que entonces será, como siempre se ha pretendido, el centro de la bendición terrenal. Sin embargo, esta no será una era de perfección absoluta, como muestra el versículo 20. Para los justos, la vida será notablemente prolongada, no obstante, será posible que los pecadores sean descubiertos y queden bajo maldición. Aun así, los elegidos tendrán sus días como los días de un árbol, y nosotros sabemos cuántos árboles no envejecen por siglos.

Por lo tanto, disfrutarán plenamente de las bendiciones terrenales: casas, viñedos, frutos y sobre todo estarán en contacto cercano con el Señor, su Dios. Tanto es así, que no solo los oirá mientras estén hablándole, sino que ¡les responderá a sus deseos incluso antes de que los expresen al invocarlo!  Esto indica que un lugar de notable cercanía a Él habrá para ellos.

Además, la misericordia se extenderá incluso a la creación animal, la cual, al principio, fue puesta bajo el hombre y así ha sufrido como resultado de su caída. Los más opuestos –como el lobo y el cordero– se alimentarán juntos, y los más voraces –como el león– estarán satisfechos con alimentos vegetales. Todo daño y destrucción cesará.

A esto solo habrá una excepción. La serpiente fue utilizada por Satanás para engañar a Eva, y la maldición sobre ella decía: “Sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida” (Génesis 3:14). Ahora, esta sentencia no será revocada. Parece que, en los rangos bajos de la creación, se conservará como signo y recordatorio de los trágicos efectos del pecado. La serpiente no podrá herir ni destruir, pero su estado degradado y miserable serán permanentes.

Isaías 66 comienza con una nota altísima. La tierra no es más que el estrado de los pies de Dios, porque los cielos son su trono. Al reconocer esto, somos conscientes de que cualquier casa terrenal construida para él no es algo más que insignificante. Lo que es importante es el estado y actitud espiritual correctos, que debería encontrarse en el hombre; el cual, por naturaleza, es pecador y alejado de Dios. Ser pobre y contrito de espíritu; recibir la palabra como si fuera verdaderamente la Palabra de Dios; y, por lo tanto, temblar ante ella y ser gobernado por ella; esto es lo que invita a la consideración divina (v. 2). A este hombre el Señor mirará en bendición. Podemos recordar que cuando el Señor Jesús abrió su boca en la montaña, la primera bienaventuranza que pronunció fue: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3).

Pero, una vez más, el profeta tiene que dirigirse al pueblo –en el estado en el que se estaba entonces– con palabras de denuncia. Podrían estar matando bueyes, sacrificando ovejas, ofreciendo ofrendas, quemando incienso y, sin embargo, todo era una absoluta ofensa ante Dios, porque sus corazones estaban extraviados. Ellos eran en nada pobres en espíritu sino, más bien, seguros de sí mismos, mientras escogían sus propios caminos, y se complacían en cosas abominables. Por esta razón, ellos quedaron bajo el juicio Dios. En vez de invocar a Dios y recibir su atención inmediata, fue él quien los llamó a ellos, y no le prestaron atención alguna.

Dejando a aquellos, en el versículo 5, el profeta se vuelve una vez más, para asegurar a los que realmente temblaban ante la palabra de Dios. Habían sido odiados y rechazados por los hombres de aquel tiempo, los cuales afirmaron haberlo hecho en nombre del Señor, y para su gloria. Nosotros, en seguida, reconocemos que esto no es poco común. Algo similar ha sucedido una y otra vez. Así fue cuando nuestro Señor estaba en la tierra, y en los días de los apóstoles. Esto ha sido así con demasiada frecuencia en la triste historia del cristianismo, como lo atestigua la quema de “herejes” (ya sea en España o en Gran Bretaña). En España, tal acto fue llamado “un acto de fe” y, por supuesto, si era por la fe –como ellos pensaban– también era para la gloria de Dios.

La respuesta del Señor a este tipo de cosas no es inmediata, pero sí inevitable. La palabra es: “Él aparecerá para vuestro gozo, y ellos serán avergonzados” (K. J. V.). Él APARECERÁ. La cosa está determinada y es veraz, aunque sea futura. La voz del Señor todavía será oída; y cuando él hable, la cosa será consumada. Traerá gozo a los piadosos, mientras que una justa recompensa en el juicio será la porción de los enemigos.

Pero, ahora, se nos presenta otro gran hecho profético. Esta poderosa intervención de Dios (liberando a su pueblo y juzgando a sus enemigos) irá acompañada de una maravillosa obra de gracia en las almas de aquellos a quienes él librará. La tierra será hecha para parir en un día, y una nación nacerá de inmediato. La figura utilizada en el versículo 7 indica que esta liberación será un “nacimiento”, la cual tiene lugar de una manera bastante inesperada. Así que aquí tenemos a Isaías aludiendo a esa gran obra del Espíritu de Dios, que se describe más completamente en Ezequiel 36:22-33, y a la que se refirió el Señor Jesús cuando él dijo a Nicodemo de nacer “de agua y del Espíritu”.

¿Nacerá una nación de una vez? Es la pregunta que se hace en expectativa. Y la respuesta es bien clara: ¡Sí, esto sucederá! Del antiguo Israel, que el mundo ha conocido, Moisés tuvo que quejarse al comienzo de su triste historia: “Son una perversa y torcida... una muy presuntuosa generación, hijos en los que no hay fe” (Deuteronomio 32:5, 20, véase K. J. V.). El Israel que entrará en la bienaventuranza del milenio será un nuevo Israel, nacido de nuevo y, por lo tanto, limpiado de su vieja vida y caminos. El apóstol Pedro, escribiendo a los cristianos judíos dispersos de los primeros días, pudo decirles: “Vosotros, al contrario, sois una raza escogida” (1 Pedro 2:9); y antes les había hablado de que habían nacido de nuevo. En cuanto al nuevo nacimiento, los judíos convertidos de hoy son muestras anticipadas de lo que se realizará en los hijos de Israel, quienes finalmente entran en el reino.

En vista de esto, todos aquellos que aman a Jerusalén (y actualmente lloran por ella), pueden alegrarse. Su prosperidad y gloria serán un gozo para contemplar. Los salvos de las naciones actuarán hacia ellos como una madre que amamanta, y la paz fluirá como un río; en lugar de haber resentimiento y disturbios por todos lados. La mano de Dios será en todo esto, pues esta es su palabra: “Así os consolaré” (v. 13).

Pero el profeta no nos deja ninguna duda sobre lo que la intervención de Dios significará para el mundo en general. Este será el día en que los habitantes de la tierra aprenderán la justicia; porque los juicios de Dios están en la tierra, como nos dijo Isaías en el capítulo 26. Dios vendrá con fuego, torbellino y espada (como vemos en los versículos 15 y 16); y cuando nosotros volvemos a un pasaje como Apocalipsis 19, descubrimos que la Persona que vendrá de este modo en juicio no es otra que Dios-Jesús.

El versículo 17 indicaría, según lo consideramos, que el juicio será especialmente severo contra la falsa religión; contra los que practican cosas abominables de naturaleza idólatra, mientras profesan santificarse y purificarse por ellas a sí mismos. El mal religioso siempre atrae un juicio de naturaleza muy severa. Esto lo vemos ejemplificado en los días de nuestro Señor. Sus denuncias más fuertes se dirigieron contra los fariseos y los escribas.

El reino milenial será precedido por la reunión ante Dios de las masas de humanidad, y ante ellas, la gloria divina será desplegada. La reunión de las naciones para que puedan ver la gloria se describe en los versículos 18 y 19, pero el resultado de esto no se describe aquí. Si nos tornamos a Mateo 25:31-46, allí descubrimos lo que tendrá lugar. Todos estos serán juzgados sobre el fundamento de su actitud hacia el Hijo del Hombre, que es el Rey; como se revela en el trato a los mensajeros que le han representado, y a quienes él considera sus “hermanos”.

En Isaías, sin embargo, el término utilizado es “vuestros hermanos”, puesto que, el profeta, está más ocupado con la reunificación de los hijos de Israel desde los lugares más distantes a los que habían sido dispersados. Su llegada, de esta manera, será como traer una ofrenda a Dios en un recipiente limpio: una ofrenda, por lo tanto, aceptable a él, y para su complacencia. Traídos así a la casa de Dios, ellos serán tomados por sacerdotes y levitas en la era milenial.

Ahora bien, esta era la intención original de Dios, tal como lo vemos si nos remitimos a Éxodo 19:6. Si Israel hubiera guardado la ley que le fue entregada a través de Moisés en el Sinaí, habrían sido “un reino de sacerdotes”. Ellos quebrantaron la ley, de modo que nunca fueron esto. Pero el propósito de Dios nunca es frustrado y, por eso, aquí se nos permite saber que lo que fracasó entonces se logra finalmente como fruto de la misericordia de Dios. Que esto será el fruto de la MISERICORDIA es hecho muy claro en la parte final de Romanos 11.

Si se hubiera realizado sobre una base legal, cualquier infracción futura de la ley pondría en peligro toda la posición; pero como se sostiene en la misericordia, es algo permanente, tan estable como los cielos nuevos y la tierra nueva de la era milenial. Desde el derrocamiento del linaje real de David, el mundo ha visto una sucesión de reinos que se levantaban como resultado de algún derrocamiento; y cada uno, a su vez, era derrocado, como se predijo en Ezequiel 21:27. Pero aquí hay, por fin, un reino que permanece.

Y resultará ser un reino en el que Dios obtendrá, al final, el lugar que le corresponde como objeto de adoración. Lo que él diseñó originalmente en relación a Israel, su pueblo, se cumplirá plenamente: su gloria estará en medio de ellos; rodearán su casa como un reino de sacerdotes; le rendirán el debido culto de un sábado y de luna nueva al siguiente. Él habrá cumplido su designio original.

La contemplación de estas cosas es, sin duda, un gran ánimo para nosotros. No estamos llamados a encontrar nuestra parte en “mi santo monte de Jerusalén” (v. 20), ya que nuestra vocación es celestial; pero podemos estar seguros de que Dios alcanzará su propósito original con la Iglesia, tan real y plenamente como lo hará con Israel. Ningún detalle de su beneplácito para con nosotros se frustrará. Y él lo hará de tal manera que exigirá nuestro alegre reconocimiento y adoración. Los santos, en sus asientos celestiales, rendirán una adoración que no necesitará ser gobernada por sábados o lunas nuevas.

El último versículo de nuestro profeta es de mucha solemnidad. Cuando Israel sea reunificado y bendecido, y la tierra descanse en la bienaventuranza, indicada al final del capítulo 65, habrá todavía un perpetuo recordatorio del terrible resultado de la rebelión y el pecado. Cuando el Señor Jesús habló del “fuego inextinguible; donde su gusano no muere” (Marcos 9:43-44), parecería que aludió a este versículo (v. 24), y le dio una aplicación que se extiende mucho más allá de la era milenial. En “el lago de fuego”, que es “la muerte segunda” (Apocalipsis 20:14), habrá un testimonio eterno de los terribles efectos del pecado.

¡Alegrémonos de la grandeza de la salvación que nos ha alcanzado por medio de nuestro Señor Jesucristo!