Isaías 60:6–62:3
La abundancia de cosas que, en forma de bendiciones terrenales, será derramada sobre Israel, se brindan con mucho detalle a partir del versículo 6 de Isaías 60. En ese versículo se menciona a Sabá, la tierra desde donde vino la reina que visitó a Salomón con mucho oro y especias. Cuando ella llegó (como se relata en 1 de Reyes 10), expresó alabanzas hacia Salomón. En el día contemplado en nuestro capítulo, ellos “publicarán alabanzas de Jehová” (v. 6).
Esto sucederá en la forma que se insinúa en el versículo 7. No solo será establecido otra vez el altar de Dios, sino que la casa del Señor estará en medio de ellos. Uno o dos siglos después de Isaías, el profeta Hageo predijo que “la gloria de esta última casa” (Hageo 2:9), o, “la gloria postrera de esta casa”, sería “mayor que la primera” en los días de Salomón, y así será. Aquí se la llama “la casa de mi gloria”, e incluso –como tal– el Señor mismo la glorificará. En la casa glorificada de su gloria se verán y oirán sus alabanzas.
Y pasamos de la casa al pueblo en los versículos 8 y 9. Hoy, los judíos están retornando a su hogar ancestral por cientos y miles, sin fe en Cristo. Cuando Dios congregue a su pueblo será una obra rápida y eficaz. Ellos “volarán”, una obra rápida; y esto será “a sus ventanas” como un ave que regresa a su hogar; y lo harán como “palomas”, un ave conocida por su espíritu manso y tranquilo. El judío inconverso de hoy todavía puede ser tal como Pablo describió a su propia nación en 1 Tesalonicenses 2:15, pero los israelitas nacidos de nuevo, que volarán a su hogar milenial, en el día venidero, serán un pueblo arrepentido y manso. También los barcos de las naciones gentiles los transportarán, a ellos y a sus riquezas, reconociendo el nombre de Dios como “el Santo de Israel”. En la medida que él ha sido glorificado, ahora puede glorificar a Israel.
Como resultado, las naciones, en vez de ser antagónicas, serán las ayudantes de su fama y prosperidad, como vemos en los versículos 10 y 12. Como están las cosas hoy, nada parecería más improbable que lo que aquí se predice. Pero debemos recordar que no solo habrá una obra de Dios en Israel, sino también entre las naciones. En Apocalipsis 7, no solo tenemos una visión de los “sellados” entre las tribus de Israel, sino de una gran compañía de los elegidos, tomados de todas las naciones (en Apocalipsis 21 leemos de “las naciones que hubieren sido salvas” [K. J. V.]). Los que se rebelen entre las naciones perecerán.
Como resultado, Jerusalén será reconocida como “la ciudad de Jehová, la Sión del Santo de Israel” (v. 14). Se habrá convertido en lo que Dios quiso que fuera: “eterna excelencia” y “gozo”. Pero, una vez más, la base sobre la que esto se llevará a cabo es muy clara. Todos verán que no es algo producido por Israel, sino por aquel que es su Salvador y Redentor. Jacob, el maquinador, y su posteridad no tienen nada en lo que jactarse. El Fuerte de Jacob, él solo ha hecho esto sobre la base de la redención.
Leemos del Redentor viniendo a Sión en el versículo 20 del capítulo anterior, y notamos cómo el apóstol se refirió a esto en Romanos 11. Ahora vemos que el redentor es Dios. Y, en el Nuevo Testamento, es igualmente claro que el redentor es Jesús. El que es el brazo de Dios es Dios.
En nuestro capítulo esto se afirma en el versículo 16. Y este es el hecho que explica lo que, de otro modo, sería un misterio; es decir: la riqueza y la gloria que serán derramadas en y sobre Israel desde las naciones gentiles, como vemos detallado en los versículos que preceden y que siguen. Leemos que: “La nación o el reino que no te sirviere, perecerá” (61:12). ¿Por qué debe caer un juicio tan severo? Porque el plan divino para la era del milenio venidero es que Israel sea la nación central que está rodeando su glorioso templo, como una nación de sacerdotes; y que las demás naciones se congreguen alrededor de ellos, y expresen a través de ellos su sumisión y devoción al Rey de reyes. Si una nación en ese día desafiase el plan divino, perecerá. Será la era del gobierno divino. Nosotros vivimos, al presente, en el tiempo de la gracia.
En la última parte de Apocalipsis 21, hemos descrito la nueva y celestial Jerusalén, que es “la esposa del Cordero”: una descripción simbólica de la Iglesia en su posición celestial durante la edad milenial. Y si comparamos a esta con los detalles de nuestro capítulo referentes a la Jerusalén terrenal, repararemos en ciertas semejanzas y, sin embargo, llamativos contrastes. La presencia del Señor es la gloria de las dos ciudades; las puertas de las dos están constantemente abiertas para recibir la riqueza y el honor de las naciones; y las dos tienen abundancia de “oro”, aunque encuentran su eterna “luz” en el Señor.
Pero los contrastes son más numerosos. Las puertas de la terrenal no se cerrarán ni de día ni de noche; las puertas de la celestial no se cerrarán de día, pues el día es eterno: allí no hay noche. La gloria de la terrenal será el templo, descrito en el versículo 13 como “el lugar de mis pies”. Dios tendrá sus pies en la tierra, pero en la celestial no hay templo, porque “el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son el templo de ella.” Ese es el lugar de su presencia, más que el lugar de sus pies. La terrenal conocerá una gloria más brillante que el sol; pero la celestial no tendrá necesidad de sol, porque el Cordero será su luz. El oro será traído abundantemente a la terrenal; pero en la celestial este pavimenta la calle, y ellos caminan sobre él. Consideramos que nosotros podemos decir que la diferencia consiste en la presentación, en el Apocalipsis, del CORDERO.
Pero podemos regocijarnos en la descripción que nos da Isaías de la bienaventuranza y la gloria del milenio; cuando la justicia y la paz caractericen la escena, y la violencia haya desaparecido; cuando los verdaderos muros de Jerusalén sean la salvación, y de sus puertas salga la alabanza. Esto solo sucederá cuando, como dice el versículo 21: “tu pueblo, todos ellos serán justos”. Lo cual solo sucederá cuando tenga lugar el nuevo nacimiento del que habla Ezequiel 36. Entonces, Dios “rociará agua limpia” sobre ellos (v. 25), y les dará un “corazón nuevo”, y pondrá dentro de ellos un “espíritu nuevo”. Así, los nacidos “de agua y del Espíritu” –como dijo el Señor Jesús a Nicodemo– verán y entrarán en el reino de Dios.
Cuando los hijos de Israel sean nacidos de nuevo y sean justos delante de su Dios, por la gracia de su Redentor, serán multiplicados, como nos dice el último versículo de nuestro capítulo. Finalmente, Dios podrá hacer de ellos “un pueblo fuerte”. Llegado el momento, Dios lo hará deprisa. No será un proceso largo y prolongado, una especie de evolución, como aman los hombres, sino una acción pronta, de manera que evidentemente sea una obra de Dios.
Esta atractiva descripción de la bienaventuranza milenial continúa en el capítulo 61, pero, antes de continuar, los tres primeros versículos que forman un parágrafo por sí mismos nos instruyen todavía más sobre cómo sucederá todo esto. Nosotros, aquí, tenemos el pasaje que nuestro Señor encontró en la sinagoga de Nazaret, según consta en Lucas 4, y que leyó; deteniéndose en medio del versículo 2, porque allí la predicción de su primera venida finaliza. El hecho es que, tanto para Israel como para nosotros, todo depende de sus dos venidas.
Las palabras que leyó nuestro Señor indican todas la gracia, sin ninguna alusión a la ley de Moisés. Hay una alusión velada a las tres Personas de la Deidad. En nuestras biblias, DIOS se escribe así, en mayúsculas (véase K. J. V.), porque en realidad es el gran nombre: Dios. De este modo, las palabras del principio mencionan al Espíritu de Dios, al Señor Jehová mismo, y el “mí” escrito es el Ungido o el Cristo; quien es enviado para ser el que proclame y sea el ministro de la gracia. Está perfectamente claro desde Éxodo 19 que las palabras de la ley no eran “buenas nuevas”. Hubo “un sonido de trompeta sobremanera fuerte. Y temblaba todo el pueblo que estaba en el campamento” (Éxodo 19:16, V. M.). La tragedia fue que cuando una voz de suma gracia se oyó en la sinagoga de Nazaret, el pueblo ni tembló ni se regocijó, sino que se levantó con ira para matar a Aquel que proclamaba “el año de la buena voluntad del Señor” (Lucas 4:18).
De ahí la necesidad de esas palabras que nuestro Señor no leyó. La segunda venida de Cristo en poder y gloria, y en juicio, está aquí anticipada por el profeta como una necesidad. El glorioso estado de cosas predicho nunca será establecido hasta que Cristo regrese. Él puso los fundamentos para aquello en la redención realizada en su primera venida. Él hará que esto suceda, con poder y venganza, en su segunda venida.
Venganza es verdaderamente una palabra terrible cuando esta sale de la boca de Dios, y si vamos al versículo 4 de Isaías 63 la encontraremos mencionada otra vez. Esta significa la retribución exigida por las injusticias cometidas; y todas las injusticias que los hombres han cometido son principalmente contra Dios. Se acerca el día en el que Dios mismo traerá la retribución sobre las cabezas de los hombres pecadores; “él ha determinado un día en que juzgará al mundo con justicia por un varón a quien él ha designado”, como Pablo dijo a los atenienses, y consta en Hechos 17. Cuando esto suceda, el mundo será juzgado en justicia por aquel Hombre a quien él ha designado. Entonces, cuando esto suceda, “consolará a todos los que lloran” (v. 2), porque su llanto no será por sus propios problemas personales, sino más bien por la maldad y el caos que llenarán la tierra; habiendo llegado, así, la pecaminosidad de los hombres a su punto culminante. Cuando los hombres hayan llenado hasta el borde la copa de su iniquidad, Dios dará su golpe con la venida de Cristo. Y para los que lloran, aunque pocos en número, ¡qué consuelo será aquel!
El versículo 3 nos muestra el consuelo que les traerá. Su estado anterior se describe con las palabras “ceniza”, “lamento”, “espíritu de pesadumbre”. Todo cambiará para ellos. Tendrán “hermosura”, “aceite de gozo” y “manto de alabanza”. Serán plantados como “árboles de justicia”, habiendo sido talados los árboles de iniquidad y maldad; y en todo esto, en ellos, será glorificado el Señor.
A partir del versículo 4 se reanuda la descripción de las bendiciones de Israel. No solo la tierra será renovada, las ciudades desoladas serán reconstruidas, y los extranjeros que antes los despreciaban serán sus servidores, sino que, la corona de todo será su bendición espiritual. Ellos serán los “sacerdotes de Jehová” y los “ministros de… Dios” en la era venidera. Y así como, bajo la ley, los sacerdotes eran sostenidos por las ofrendas del pueblo común, así será para ellos, y esto en medida abundante, porque comerán "las riquezas de los gentiles”. En aquel día, incluso los gentiles tendrán abundancia, y desde sus riquezas fluirá abundancia para la nación sacerdotal.
En efecto, esta es una profecía notable en cuanto a lo que, al final, Dios va a lograr en sus tratos con su pueblo terrenal. El versículo 7 habla de vergüenza y confusión, y estas cosas han sido su porción bajo la mano fuerte de su Dios (en el gobierno santo a causa de sus múltiples pecados), mas ahora todo será invertido. Otros pasajes nos han mostrado cómo toda su condición espiritual habrá sido invertida, bajo “el eterno pacto”, del cual habla el versículo 8. Fundado en el pacto eterno será el gozo eterno, anunciado en el versículo 7. Todos reconocerán que ahora, como pueblo nacido de nuevo, son “el linaje que el Señor ha bendecido” (v. 9, K. J. V.).
En los dos versículos que cierran este capítulo (v. 10-11), habla el propio profeta, expresando la respuesta alegre que brotará del Israel redimido y restaurado en el día milenial. Al final, el Señor, su Dios, será conocido y glorificado con júbilo. En el Sinaí, y bajo la ley, sus antepasados han temido y temblado ante él, puesto que todo dependía de lo que ellos mismos pudieran hacer. Ahora están alegremente conscientes de lo que Dios ha hecho por ellos y con ellos. Note cómo en este punto el relato profético desciende al plano personal e individual. No es “nos vistió”, sino “me vistió”. No “nos rodeó”, sino “me rodeó” (v.10). El lenguaje es figurado, pero el significado es claro. El individuo israelita de aquel día feliz será vestido con salvación, como el fruto de estar, en presencia de su Dios, con un manto de justicia.
Aunque existe tan grande diferencia entre el carácter de la bendición terrenal de Israel, y la de la celestial porción de la Iglesia, el fundamento sobre el cual descansan ambas es evidentemente el mismo. Para ellos, la salvación debe fundarse en la justicia; y esto mismo sucede para nosotros hoy (como queda tan claro en Romanos 1:16-17). El Evangelio es el poder de Dios para salvación, porque en este la justicia de Dios es revelada; no actuando contra nosotros sino a favor de nosotros, por la muerte sacrificial y la resurrección del Señor Jesús. Se revela “por fe, y para fe”. Se nos presenta, no sobre el principio de las obras (que tenemos que realizar), sino de la fe, en oposición a las obras. Y esto es revelado, no a nuestra vista, sino a la fe (donde existe la fe).
Hoy, el creyente está delante de Dios con una justicia divinamente obtenida, y su fe esto lo comprende; aunque no haya ningún signo externo a la vista, excepto el nuevo tipo de vida que vive como fruto de su conversión. Pero, en este sentido, también hay un contraste. Porque las cosas externas y visibles serán claramente manifestadas, del mismo modo que el manto de justicia y las vestiduras de salvación cubrirán a los hijos e hijas de Israel en aquel día. No solo habrá transformación en la tierra y en las ciudades (como se menciona en el versículo 4), sino que la justicia florecerá de una manera que será visible a los ojos de todas las naciones para alabanza del Señor, quien ha hecho que esto sucediera.
Entonces, ya sea esto para el santo de hoy –llamado por el Evangelio a una porción celestial–o ya sea para los israelitas renovados del futuro, la salvación está asegurada firmemente sobre la justicia. Y, puesto que la justicia será establecida, así mismo la alabanza brotará “en presencia de todas las naciones” (v. 11). Será tan obvio que esto es la obra de Dios que la gloria y la alabanza de esto serán suyas.
En el primer versículo de Isaías 62, tenemos al profeta hablando en el nombre del Señor, o –quizá nosotros podemos decir– este era el Espíritu de Cristo que estaba en él, hablando a través de él, considerando lo que leemos en 1 Pedro 1:11. Si el resultado de la obra de Dios en Israel –y en favor de Sión y Jerusalén– traerá tanto bien y tantas alabanzas a Dios, entonces no debe haber descanso hasta que todo se haya cumplido. Ante los ojos de todas las naciones, Israel estará con una salvación justa, la cual Dios mismo ha obrado; y, por lo tanto, ellos mostrarán su gloria, y no una suya propia (las figuras usadas en el versículo 3, son muy expresivas de esto). Antes, ¡qué diferente era la situación! El apóstol Pablo tuvo que escribir acerca de ellos: “El nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles, a causa de vosotros” (Romanos 2:24). Ahora serán una “corona de gloria” y una “diadema real” en la mano de Dios.
Nosotros, los que hoy somos llamados a una porción no solo espiritual sino también celestial, bien podemos regocijarnos al contemplar lo que Dios hará todavía por y con su pueblo terrenal. Y, al mismo tiempo, podemos regocijarnos más todavía al pensar en lo que se propone para nosotros. Si examinásemos los dos primeros capítulos de Efesios, qué expresiones extraordinarias encontramos. La bendición propuesta para nosotros será “para loor de la gloria de su gracia” (1:6), en la medida en la que esta es otorgada “según las riquezas de su gracia” (v. 7). Y, además, descubrimos que “en los siglos venideros” (2:7) Dios va a mostrar “las abundantes [o, abundando] riquezas de su gracia en su bondad hacia nosotros por medio de Cristo Jesús” (K. J. V.).
Cuando Israel sea bendecido, como anuncia Isaías, esto será una obra de gracia, y dará mucha gloria a Dios. Pero cuando la Iglesia resplandezca en la gloria celestial de Cristo, su Cabeza, será mostrado un esplendor de gracia todavía más brillante. Los acogidos en la Iglesia, han sido recogidos de entre las naciones a través de los siglos; y de entre ellos, no pocos fueron seres humanos del tipo más envilecido.
Los santos ángeles fueron testigos de toda la tragedia del pecado humano. Y cuando un santo está brillando en la gloria de Cristo (la cual los mismos ángeles reconocen), ¿qué dirán de aquel que, alguna vez, fue un desnudo, vicioso y salvaje caníbal? Seguramente, aquellos confesarán que aquí hay una demostración de gracia DESBORDANTE.
Y nosotros, los santos de hoy, tenemos el privilegio de tomar nuestra parte en la obra presente de Dios por medio del Evangelio. ¿Nos damos cuenta de esto? Si lo hacemos, no dejaremos de tomar nuestro lugar bajo la guía del Señor –ya sea para ir, o para dar; para hablar o para orar– mientras esperamos la gloriosa consumación.
