Isaías 64:4–65:12
Es sorprendente cómo el versículo 4 prosigue a lo que hemos bosquejado en los tres primeros versículos. Isaías deseaba una manifestación poderosa del poder de Dios, como el que se había manifestado al principio de la historia de Israel. Sin embargo, era consciente de que Dios tenía reservadas cosas más allá de todo conocimiento humano, y preparadas para aquellos que esperaban que él actuara.
A este versículo se refirió el apóstol Pablo en 1 Corintios 2:9, mostrando que aunque en asuntos ordinarios los hombres llegan al conocimiento por el oído (tradición), o por el ojo (observación), o por lo que podemos llamar intuición; estas cosas solo pueden llegarnos por revelación de Dios a través de su Espíritu. Isaías sabía que había cosas por revelar. Pablo nos dice que han sido reveladas para que las conozcamos.
Continuando con esto, el apóstol Pedro nos ha dicho en su primera epístola que, cuando el Espíritu de Cristo testificó a través de los profetas, ellos “inquirieron y examinaron diligentemente” acerca de lo que habían escrito; y descubrieron que estaban anunciando cosas que solo se darían a conocer a quienes, como nosotros, somos traídos a la luz de lo que Cristo ha llevado a cabo. Así que, otra vez, tenemos que recordarnos cuán grandes son los privilegios que tenemos. Dios ha “descendido”, pero en gracia y no en juicio, por el momento.
El profeta previó que, cuando se dieran a conocer las cosas preparadas, ellas solo serían recibidas si un cierto estado moral era hallado. Debe haber no solo la espera de Él, sino también un regocijarse en la justicia y estar obrando la misma, además de un acordarse de Dios en todos sus caminos. De este modo, el piadoso remanente de Israel es descripto aquí. Esto será, entonces, en un día futuro, y así esto es hoy; porque es solo por el Espíritu que nosotros percibimos y recibimos las cosas maravillosas ahora reveladas. Cuando, habiendo sido recibidas, el Espíritu de Dios está en control, nosotros entramos en el disfrute de las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman.
Ahora bien, en ese momento no existía el estado necesario entre el pueblo, de ahí que tengamos las palabras: “He aquí que tú estás enojado, por cuanto hemos pecado” (v. 5, V. M.) esta confesión se coloca entre paréntesis, en la Nueva Traducción de [John N.] Darby, de modo que las siguientes palabras brotan del comienzo del versículo. En la justicia y el memorial debe haber “perseverancia; y seremos salvados” (K. J. V.). Isaías, previamente, nos había presentado “un Dios justo y Salvador” (45:21); por esto, el pueblo al cual él salva debe ser puesto en conformidad con él mismo.
Los versículos 6 y 7, continúan la confesión de pecado que se exclamó en el versículo 5. Note las cuatro figuras que se usan para expresar su estado de aflicción. Primero, “cosa inmunda” (V. M.), como es inmundo un leproso a los ojos de la ley. Segundo, sus “justicias”, es decir, sus muchas acciones que ellos consideraban actos de justicia no eran sino “trapos asquerosos” a los ojos de Dios. Tercero, como una consecuencia de esto, todos ellos se desvanecían y morían, “como hojas” de otoño. En cuarto lugar, sus pecados “como el viento, nos han arrebatado” (v. 6).
¿Son diferentes las cosas hoy? ¿Ha cambiado algo la expansión de una civilización basada en ideales cristianos? Esto no sucedió, y las cosas siguen igual. La lepra del pecado es igual de agresiva; las justicias externas de la humanidad son igual de falsas; la muerte está igual de ocupada; el viento del juicio de Dios sobre el pecado prontamente arrasará con todo.
Es más, el profeta tuvo que quejarse de que nadie sea conmovido apropiadamente por este estado de cosas como para invocar el nombre de Dios; no se encontró a nadie que se aferre a Dios en súplica y oración. El hecho era que Dios les había ocultado su rostro en su santo gobierno. Era una situación triste cuando ni uno fue movido a tomar el lugar de un intercesor.
Y, sin duda, podemos decir lo mismo cuando hoy observamos el estado del cristianismo. Hay detalles positivos ¡gracias a Dios!; lugares en los que el Espíritu de Dios está manifiestamente obrando. Pero, a pesar de esto, el panorama general es sombrío. El mal abunda bajo el testimonio del nombre de Cristo. Incluso en donde el Espíritu de Dios está obrando, los siervos de Dios sinceros son demasiado pocos. ¿Quién se aferra a Dios en cuanto a ello? ¿Quién ora al Señor de la mies para que envíe obreros a su mies? (como el Señor mismo mandó en Mateo 9:38). Que Dios mismo nos impulse, en vez de escondernos su rostro, si no nos despertamos en este asunto.
Ahora, en nuestro capítulo, viene la conmovedora apelación a Dios. Las primeras palabras de la profecía de Isaías fueron: “Habla Jehová: He criado hijos y los he educado, mas ellos se han rebelado contra mí” (Isaías 1:2). Muy bien; Dios había tomado el lugar de un Padre para Israel, y con esto contaba la fe del profeta, y en esto él basó su apelación. Además, Dios no solo era un Padre para ellos, sino que él era como un Alfarero también. Israel no era más que barro en sus manos.
Que esto era así, y que Dios lo reconocía como tal, fue hecho manifiesto un poco más tarde, en los días de Jeremías. En Jeremías 18 leemos cómo se le ordenó al profeta que bajara a la casa del alfarero y recibiera allí una lección. Vio que la vasija de barro “se echó a perder en la mano del alfarero; y él volvió a hacer otra vasija distinta, como le pareció bien al alfarero hacerla” (18:4). El Señor procedió a decirle a Israel que ellos estaban en su mano como el barro en la mano del alfarero, así él podía hacer con ellos lo que le pareciera bien a sus ojos. Limitando nuestros pensamientos a Israel, sabemos que Dios hará otra vasija; esto es lo que el Señor Jesús estaba mostrándole a Nicodemo, como se narra en Juan 3. Lo que nace de la carne –incluso carne abrahámica– es carne. Solo aquello que nace del Espíritu es espíritu. Solo un Israel que haya nacido de nuevo entrará en el Reino.
En los días de Isaías, la “otra vasija”, dada a conocer a Jeremías, apenas se había señalado; por eso, aquí tenemos nuevas súplicas a Dios en favor de la vasija estropeada, como vemos en los cuatro versículos que cierran el capítulo. “Todos nosotros somos pueblo tuyo”, dice el profeta (Isaías 64:9); aunque, por aquel tiempo o muy poco después, el hijo de Oseas tuvo que ser llamado “Lo-ammí; porque vosotros no sois mi pueblo, ni yo seré vuestro Dios” (Oseas 1:9). Estos versículos finales de apelación parecen un último grito a Dios, antes de la sentencia de repudio entregada a Oseas.
La iniquidad señalada es confesada por el pueblo, pero se busca misericordia. Las desolaciones mencionadas en los versículos 10 y 11 se nos declaran proféticamente; porque aunque el rey de Asiria asoló las ciudades de Judá en los días de Ezequías, no se le permitió tomar Jerusalén ni quemar el templo. Jeremías fue quien en el momento vio estas cosas cumplirse. Sin embargo –incluso en los días de Ezequías–, era seguro que estas terribles desolaciones llegarían a suceder, como vimos al leer el final del capítulo 39 de este libro. Cuando se cumplieron, Israel fue puesto de lado por el momento, y comenzaron los tiempos de los gentiles.
Los dos versículos que inician Isaías 65, están en exacta armonía con esto. Estos son citados por el apóstol Pablo en Romanos 10:20-21 después de haber mostrado que incluso Moisés había reprendido al pueblo, y anunció que Dios se apartaría de ellos, y se tornaría hacia a otros. Luego él introdujo su cita de nuestro capítulo diciendo que “Isaías dice resueltamente...”.
Sí, Isaías habla con gran denuedo porque habla como la misma voz de Dios en lugar de hablar acerca de él. No dice: “Se le busca... Se le ha encontrado... Él dijo...”; sino, más bien: “Fui buscado... fui hallado... dije...” (cap. 65:1). Podemos preguntarnos, ¿cómo viene a sucederzk que personas que nunca preguntaron antes por Dios lo estén buscando? La respuesta parece obvia. Esto debe tener lugar como resultado de que Dios los esté buscando a ellos. Esto es exactamente lo que ha sucedido en esta época del Evangelio. Habiendo hecho a un lado a Israel, Dios sale en soberana misericordia hacia los gentiles, como Pablo continúa explicando en Romanos 11. ¿Ha penetrado la maravilla de esta misericordia en nuestros corazones en alguna medida sustancial?
Los tratos de Dios con Israel, al dejarlo a un lado por este largo periodo, se justifica por lo que leemos en el versículo 2. El pueblo había sido rebelde siguiendo “sus propios pensamientos”, en lugar de los pensamientos de Dios expresados en su santa ley; y estos pensamientos suyos condujeron sus pies hacia un camino que no fue bueno. Dios había condescendido en rogarles “todo el día”; y ese “día” fue largo, se extendió por siglos de tiempo. A estas demandas, ellos no habían respondido.
Los versículos siguientes los acusan de males específicos, pero, antes de considerarlos, hagamos una pausa un momento para considerar si nosotros hemos sido culpables de seguir nuestros propios pensamientos o los de Dios, en lo que ha sido revelado para nosotros. Su idea para nosotros como cristianos individuales, y también como miembros del cuerpo de Cristo, la Iglesia, está claramente expresada en las epístolas del Nuevo Testamento. Ahora bien, es tristemente fácil escaparse de ellos y andar en nuestros propios pensamientos (y más particularmente en lo que se refiere a los asuntos de la Iglesia). Es fácil decir: «Eso fue indudablemente correcto para los cristianos del primer siglo, pero es difícilmente practicable para nosotros hoy». Pero estos son los pensamientos y los caminos perfectos de Dios, mientras que nuestros propios pensamientos nos llevan a “un camino que no era bueno”.
Los malvados caminos de Israel estaban relacionados, en gran medida, con las prácticas idolátricas, como muestran los versículos 3 a 7. Las primeras palabras de Deuteronomio 12 son: “Estos son los estatutos y las leyes que guardaréis obra fin de cumplirlos en la tierra”; a lo cual siguen prohibiciones contra los lugares altos y árboles frondosos, jardines y altares que habían hecho las naciones paganas. Entonces, el camino de Dios para ellos fue que ellos llevaran todas sus ofrendas a su lugar, en Jerusalén; ofrendando como él lo mandó. Pero ellos prefirieron adorar según sus propios pensamientos, con el resultado que se describe en estos versículos. Sus sacrificios fueron un error; sus altares fueron un error; la comida que comían fue un error; y para coronar todo esto fingían una piedad santurrona, que los llevaba a decir a los otros: “Permanece en tu lugar, no te me acerques; porque yo soy más santo que tú”.
Esto indica claramente que el mal del fariseísmo llegó temprano en la historia de Israel. El espíritu de este es claramente visible cuando leemos la profecía de Malaquías. Alcanzó su máxima y peor expresión en tiempos de nuestro Señor, proporcionando el elemento principal que condujo a su crucifixión. Podemos recordar cómo él los acusó de estar “enseñando doctrinas que son preceptos de hombres” (Mateo 15:9). Entonces, esto concuerda bastante con lo que acabamos de ver declarado por Isaías. Ellos preferían andar según sus propios pensamientos, antes que según la palabra de Dios. El mismo principio malvado ha persistido a través de los años, y es muy evidente hoy dentro del círculo de la profesión cristiana. Aunque sus posiciones, tanto doctrinal como eclesiásticamente, puedan diferir ampliamente, se encuentran quienes demandan la separación (“Permanece en tu lugar, no te me acerques”), basándose en una reclamación de superior santidad o espiritualidad, según sea el caso. Tales separadores son tan ofensivos para Dios como “humo en mis narices, fuego que arde todo el día”.
Ahora bien, este estado de cosas en Israel exigía una retribución de juicio de la mano de Dios. Parecería que esta santidad fingida, además de ser su desobediencia rebelde, fue el colmo de su pecado; lo que les trajo los setenta años de cautiverio en Babilonia. Y, cuando pasaron esos años, y un remanente regresó a la tierra, la misma hipocresía volvió a surgir en medio de ellos; empeorada, si cabe, por la misma misericordia que se les había mostrado. Crucificaron a su Mesías, diciendo: “¡Recaiga su sangre sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!”. Así ha sido esto, a través de sus largos siglos de conflictos; y así aún será en las aflicciones mucho peores de la gran tribulación.
La lección para nosotros es que Dios desea la obediencia a sus pensamientos, expresados en su palabra. Si este es nuestro objetivo, pronto nos daremos cuenta de cuán poco los comprendemos, e incluso cuánto más débilmente los cumplimos; y esto producirá en nosotros un espíritu de humildad; todo lo contrario al de una santidad fingida, como la que se revela aquí.
Otra nota es tocada cuando llegamos al versículo 8. Bajo la figura de perdonar un racimo de uvas (porque es de valor para la producción de vino), Dios declara que él perdonará a un remanente del pueblo, aunque el juicio debe caer sobre la masa. Esto lo hará “no destruyéndolos a todos”. De este remanente se habla como de “mis siervos”; y, en el versículo siguiente, como de un “linaje de Jacob”, y también como de “mis escogidos”, quienes heredarán la tierra.
Podemos recordar cómo nuestro Señor mismo fue anunciado como la “simiente” de la mujer, en Génesis 3, y de nuevo como la “simiente” de Abraham, acerca de lo cual el apóstol escribió: “No dice Dios: A simientes, como si hablase de muchos, sino hablando de uno solo: A tu simiente; la cual es Cristo” (Gálatas 3:16). Al considerar Isaías 53, vimos también que el Cristo resucitado “verá linaje” (v. 10), como el fruto de la aflicción de su alma. Y este mismo pensamiento se nos presenta al final de la otra gran profecía de los sufrimientos de Cristo en la expiación: “La simiente escogida le servirá” (Salmo 22:30). Él, que es preeminentemente la “Simiente”, ha de tener una simiente de su propio orden en su vida resucitada. Este pensamiento subyace en los versículos que estamos considerando.
Dos cosas más pueden ser señaladas antes de terminar estos versículos. Primero, fue a esta simiente piadosa a la que el Señor Jesús se refirió al principio de su bien conocido «sermón de la montaña». El profeta habla de un “un heredero de mis montañas”, y dice: “Mis elegidos las heredarán”. La tercera bienaventuranza es: “Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mateo 5:5). Ahora bien, esto amplía la promesa, de modo que esto se aplica más allá de los confines de Jacob y Judá. Son los mansos de todos los pueblos los que heredarán la tierra; cuando universalmente el reino del cielo al fin se establezca.
La segunda cosa que tenemos que recordar es que este remanente existe hoy según la elección de la gracia, llamado fuera de la masa de los judíos; aunque, por el mismo hecho de su llamado, está separado del judaísmo y de sus esperanzas terrenales. El apóstol Pablo en los versículos iniciales de Romanos 11 deja en claro que existe, y cita su propio caso como prueba de ello. Tenemos que leer Efesios 2 (particularmente la última parte) para conocer la nueva posición de favor y bendición celestiales a la que aquellos son llevados en asociación con los llamados de entre los gentiles por el Evangelio que se predica hoy.
En nuestro capítulo la bendición terrenal está ante nosotros, como el versículo 10 lo deja muy claro. El valle de Acor fue un lugar de juicio, como se narra en Josué 7:24-26. Ese lugar de juicio se convertirá en “una puerta de esperanza”, según Oseas 2:15. Nuestro versículo lo revela como un lugar de descanso para los rebaños y para los hombres. ¿No hay una parábola en esto? Donde se ha ejecutado el juicio, allí se encuentra la esperanza; y el descanso es el resultado final.
Dejamos este hermoso cuadro cuando leemos los versículos 11 y 12. Dios no puede olvidar el estado existente de apartamiento y pecado que caracterizaba al pueblo en los días de Isaías. Habían abandonado a Dios; habían abandonado su santo monte sobre el cual estaba su templo. ¿Y a qué se habían vuelto? El resto del versículo lo revela, aunque la traducción es un tanto oscuraa.
El pueblo se había desviado para adorar a los cuerpos celestes, y vinculaba su falsa adoración con los instintos de juego, tan fuertes en la humanidad caída. Si las cosas iban bien, era Fortuna; si iban mal, era Destino. En la mente del pueblo eran deidades a las que ellos hacían ofrendas de comida y bebida. Como suele suceder, “mesa” es una figura que indica alimento sólido (como en la mesa de los panes de la proposición), y el vino proporcionaba la bebida. Esto arroja alguna luz sobre las palabras del apóstol en 1 Corintios 10:21, donde menciona “la copa de los demonios” y “la mesa de los demonios”. Los demonios de este versículo, por supuesto, eran demonios; y el poder demoníaco estaba detrás del “Gad” y el “Mení”, mencionados aquí.
Cuando en el versículo 12, Dios dice que los “numerará” a la espada, hay una alusión al nombre “Mení”, que significa número. Al pueblo se le dice claramente que el juicio y la muerte están puestos delante ellos. Estaban rechazando la ley de Dios. Vivimos en una época en la que los hombres rechazan la gracia de Dios; y, hacer esto, es más grave que rechazar la ley, como se nos dice en Hebreos 10:29. Cuando se predique el Evangelio, esto debe quedar muy claro.
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En la Nueva Traducción de Darby encontramos “Gad” sustituido por “esa tropa”, y “Meni” por “ese número”; con notas a pie de página que dan una explicación del sentido. La primera palabra indica “Fortuna, o el planeta Júpiter”, y la segunda, “Número, Destino, o el planeta Venus”.
