Isaías 62:4–64:3
Si el versículo 3 de nuestro capítulo anuncia cómo el Israel de Dios en la era venidera será una corona de gloria y una diadema en la mano de Dios, el versículo 4 declara el lugar de bendición que será de ellos, en contraste con todo lo que a ellos los ha caracterizado hasta ahora. Ya, en varias ocasiones, al leer a este profeta, hemos visto que tanto ellos como su tierra han sido abandonados por Dios a causa de sus pecados. Hasta este día no ha tenido lugar ninguna intervención de Dios en su favor, comparable a lo que hizo cuando él los liberó de Egipto bajo Moisés. El acto libertador de Dios está por llegar.
Cuando aquello tenga lugar por la aparición de Cristo, el que será liberado será un pueblo arrepentido y nacido de nuevo. Como tal será llamado: “Desposada”. La figura, utilizada en el versículo 5, de un joven que se casa con un pueblo virgen y su tierra, puede recordarnos a las llamativas palabras del Salmo 110; en donde el pueblo que rechazó a Jesús (en el día de su pobreza), se le ofrecerá voluntariamente (en el día de su poder). Y la juventud de Israel se unirá a él, así como cae el rocío en la mañana de verano. Solo entonces, el Señor, su Dios, se regocijará en ellos.
Sin embargo, aunque esto sea así, el Señor no olvida a la Jerusalén abandonada. Esto se expresa mediante el establecimiento de guardas en los muros, los cuales nunca deben callar hasta que llegue la liberación. Es digno de mención que Ezequiel fue el profeta puesto como “atalaya para la casa de Israel” (Ezequiel 3:17); y fue él quien, en visión, vio la gloria del Señor alejarse del templo y de la ciudad. Durante la noche de Israel, los guardas no deben quedarse en su tranquilidad. Ellos están, por así decirlo, para recordar constantemente al Señor que su gloria está involucrada en el establecimiento de Israel en su tierra, y que Jerusalén debe ser una alabanza a Su nombre en la tierra.
Cuando elevamos nuestros pensamientos de la tierra y el lugar de bendición anunciado para Israel en ella, hasta el propósito de Dios para los cielos y para la iglesia, seguramente podemos hablar de manera similar. Cuando, en respuesta a la seguridad que nuestro Señor nos da de su venida, clamamos, “¡Amén; sí, ven, Señor Jesús!”, estamos pensando -confiamos- no solo en la plenitud de nuestra propia bendición en los cielos, sino también en que Dios realizará en la Iglesia todo lo que se propuso desde antes de la fundación del mundo. Habrá “redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria” (Efesios 1:14). Como en la tierra, así en los cielos, resplandecerá su gloria.
Sin embargo, después de todo, los guardas (en los muros de Jerusalén) son necesarios para mantener el propósito de Dios ante la mente de los hombres, y no ante la mente de Dios, puesto que él nunca falla. Dios mismo ha jurado que lo hará, ¡y lo jura por sí mismo!, como nos recuerda Hebreos 6:13. Él vincula su juramento en el versículo 8 con su “mano derecha, y por su poderoso brazo”. Así que aquí, de nuevo, se introduce el brazo del Señor, puesto que es por él que la cosa será realizada. Pues el brazo se caracteriza por el poder, porque Cristo es el poder de Dios, así como la sabiduría de Dios como se nos dice en 1 Corintios 1:24.
El maíz y el vino son, con frecuencia, mencionados juntos en las Escrituras para indicar el sustento que el hombre necesita, tanto sólido como líquido–; solo que aquí vemos que esto no solamente será asegurado a Israel, sino también que será disfrutado por ellos en presencia de su Dios; tal como se pone aquí: “en los atrios de mi santuario” (v. 9).
Los tres versículos que cierran el capítulo nos dan un pronóstico profético de cómo se cumplirá esto. En Isaías, “la hija de Sión” es una expresión que aparece varias veces. La primera aparición es en el versículo 8 del capítulo 1, y parece identificarse con el “muy pequeño remanente” mencionado en el versículo 9. Creemos que ésta es la fuerza con la que se presenta aquí. El remanente temeroso de Dios se encontrará disperso hasta los confines del mundo. Ellos serán llamados, y se levantará un estandarte entorno al cual se congregarán. Entonces, se les abrirá el camino hacia la ciudad santa y sus puertas, y serán abiertas ante ellos, y toda piedra de tropiezo será removida.
¿Y cómo llegará a cumplirse todo esto? Por la venida de su salvación, la cual es evidentemente una Persona, a la luz de las palabras que siguen. Por su recompensa y su obra, el brazo del Señor mostrará ser, él mismo, Dios: “salvación hasta los fines de la tierra” (Isaías 49:6).
¿Y cuál será el resultado, en cuanto a los que se reúnan como “la hija de Sión”? Ellos serán, finalmente, exactamente lo que Israel estaba originalmente destinado a ser: “El pueblo santo”; esto es: un pueblo separado para Dios, de acuerdo con la mente de él y su naturaleza. Esta exquisita condición solo se alcanzará cuando ellos sean “los redimidos del Señor”.
Esta redención será una realidad vital y espiritual, y no solamente algo nacional que no tenga en cuenta el estado espiritual de los individuos (como cuando fueron sacados de Egipto bajo Moisés). Esto será alcanzado por la gracia de nuestro Dios, y no sobre el fundamento del cumplimiento de la ley. Esto es indicado muy claramente en Romanos 11, en donde Pablo declara que, aunque al presente, los encerró en incredulidad; ellos, finalmente, obtendrán misericordia (Romanos 11:31). La salvación venidera de los piadosos en Israel será por completo un acto de misericordia divina, como lo es la salvación de los gentiles pecadores en el presente. La misericordia de Dios alcanzará no solo al pueblo sino también a su ciudad.
El capítulo 63, en el comienzo, nos enfrenta con otro lado del asunto. La redención de Israel implicará un juicio drástico que caerá sobre todos aquellos que son enemigos de ellos y de Dios, así como el juicio cayó sobre los egipcios, cuando Israel fue típicamente redimido en épocas pasadas. Y él, que vendrá a ser el Redentor de Israel en poder, es aquel que los derribará. Sin embargo, en el versículo 1 de nuestro capítulo, se señala especialmente a Edom como aquel sobre quien caerá el juicio. Ahora Edom es Esaú.
En Proverbios leemos: “El hermano ofendido más difícil es de ganar que una ciudad fuerte” (Proverbios 18:19); y esto ha sido ejemplificado en la historia de Esaú y Jacob. La enemistad, hoy, es más fuerte que nunca. Esto es lo que está en el fondo de la situación de gran peligro que rodea a Palestina hoy. Esto será resuelto decisivamente en la segunda venida de Cristo. Alguna excusa se podría encontrar para que Edom se oponga a la reocupación de la tierra por judíos inconversos pero, evidentemente, su objeción será igualmente fuerte que la que podría presentar contra la reunificación de cualquier pueblo convertido. El que reunirá a Israel los destruirá.
La figura de pisar “el lagar” se emplea en el versículo 3, y la misma figura se utiliza en los versículos que cierran Apocalipsis 14. Evidentemente indica un juicio total y de tipo implacable. Por supuesto, también hay un juicio que discrimina entre los justos y los malvados, pero, entonces, la figura de una siega es usada, como vemos en Mateo 13:40-43, como también en versículos anteriores de Apocalipsis 14, mostrando que un juicio de dos tipos será ejecutado en el día venidero.
Toda la breve profecía de Abdías está dirigida contra Esaú, y deja claro que precisamente cuando “sobre el monte Sión habrá liberación, y habrá sanidad; y la casa de Jacob poseerá sus posesiones” (v. 17, K. J. V.), la casa de Esaú “será para rastrojo”; lo cual, bajo una figura diferente, nos da el mismo pensamiento de un juicio implacable.
En nuestro capítulo, este juicio se presenta como el acto personal de aquel a quien se llama “mi propio brazo”, que tuvo lugar cuando se cumplió la salvación en nombre de Dios y a favor de su pueblo. En ese momento solemne, “el día de la venganza” estará en su corazón; ese día del que se habla en Isaías 61:2, y que nuestro Salvador no leyó en la sinagoga de Nazaret. Ese día de venganza introducirá el año de redención para el pueblo de Dios. Siendo el juicio “obra extraña” de Dios (Isaías 28:21), ejecutará su obra “haciéndola corta” (Romanos 9:28). Por eso, la venganza es solo por un día, en comparación con el año de redención. Todo esto obsérvese tiene que ver con el gobierno de Dios en la tierra, y no con los santos; quienes hoy están siendo llamados a una porción celestial. En lo concerniente a nosotros, Edom es solo uno de los pueblos entre los que se debe predicar el Evangelio, aunque –¡ay!– muy pocos de entre ellos responden a él.
Habiendo anunciado el día venidero de venganza, la mente del profeta vuelve hacia atrás en el versículo 7, para contemplar la extraordinaria bondad del Señor en su trato con Israel desde los días antiguos. Esta había sido una historia de bondad amorosa y de misericordias conforme a Su propio corazón. Los había adoptado como su pueblo; los había acreditado con veracidad; y los había salvado de sus opresores. Además, participó en sus aflicciones; les concedió su presencia; los redimió de Egipto; y los llevó y cuidó hasta que llegaron a la tierra de la promesa. En Éxodo 33 leemos cómo Dios prometió su presencia a Moisés y al pueblo; y en el último capítulo de ese libro se registra cómo la gloria del Señor llenó el tabernáculo. También leemos acerca del Ángel del Señor que iba delante de ellos, quien aquí es llamado “el Ángel de su presencia” (63:9). En Malaquías 3:1, la expresión “Mensajero del pacto” es, en realidad, “Ángel del pacto”; y es una clara predicción de la venida del Señor Jesús; así que, también aquí, podemos ver una referencia a él.
En efecto, por parte de Dios no había faltado nada en su trato con Israel. Pero ¿cuál había sido la respuesta de ellos a toda esta bondad? El versículo 10 da la triste respuesta: “Ellos empero se rebelaron, y contristaron su Espíritu Santo”. Como consecuencia de esto, su santo gobierno tuvo que entrar en acción, y él llegó a ser su adversario. Aquí tenemos, en pocas palabras, lo que Esteban amplió y actualizó, como se registra en Hechos 7. Pero aquí, el profeta debe registrar que irritaron al Santo Espíritu de Dios. Muchos siglos después, Esteban les dice: “Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo” (cap. 7:51). Entristecerlo es profundamente grave, pero resistirlo es fatal.
Como Isaías vio esto en sus días, ¿qué respondió Dios a esta irritación? Dios recordó sus acciones originales con Moisés y, por eso, había esperanza en el corazón del profeta, y todavía una base sobre la cual podía apelar al Señor. De nuevo, en el versículo 12 es discernido el brazo del Señor como quien actuó en el Mar Rojo, y el pueblo reconoció que Dios había triunfado gloriosamente. Por lo tanto, en esta última vez que el “brazo” es mencionado por Isaías, el adjetivo “glorioso” es añadido a Su nombre. Glorioso Él es en verdad.
Los versículos 12 a 14, por lo tanto, resumen los bondadosos tratos de Dios con su pueblo, cuando lo sacó de Egipto, lo condujo por el desierto y, finalmente, lo introdujo en la tierra. Allí actuó “su brazo glorioso” y, en consecuencia, se hizo un “nombre glorioso”, así como “un nombre eterno”. Sin embargo, Israel estaba todavía bajo la ley y, por lo tanto, la mano de Dios estaba duramente sobre ellos en juicio.
Isaías era consciente, no obstante, de que podía apelar a Dios sobre otro fundamento distinto que el de la ley. De modo que, habiendo mencionado a Moisés en el versículo 11, en los versículos finales del capítulo, hace otra apelación más a Dios sobre el fundamento de su vínculo con Abraham, con quien se hizo el pacto original de la promesa. Si leemos Génesis 15, vemos que el pacto abarcaba no solo a Abraham personalmente, sino también a su descendencia, que iba a incluir a una gran multitud. Este pacto colocó a sus descendientes, a través de Isaac, en un lugar de relación especial delante de Dios, y no había condiciones añadidas a esto.
Ahora bien, Abraham, aunque “el amigo de Dios”, no era más que un hombre; y hacía mucho tiempo que se había ido, por lo cual los desconocía. También Israel, el nombre dado por Dios a Jacob, podría no reconocerlos. Sin embargo, Dios, que los había incluido en su pacto, era el que permanecía, y desde el principio había sido como un Padre para ellos; porque en otro profeta lo tenemos a él diciendo: “Yo soy un Padre para Israel” (Jeremías 31:9). Por eso, la apelación a él, aquí, está sobre esta base.
Dos cosas nos llaman la atención aquí. Primero, en el versículo 17 la dureza de corazón manifestada en el pueblo tiene sus rastros (mirando hacia atrás) en un acto de Dios. “¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar de tus caminos?”a ¿Esto estuvo justificado? Claramente lo fue, porque ése fue el mensaje original dado a Isaías (6:9-10). Lo que les había sucedido a ellos fue en principio lo mismo que le había sucedido Faraón. Mucho antes se les había advertido: “No endurezcáis vuestro corazón, como... en el desierto” (Salmo 95:8). Pero a esto no se había dado respuesta; y el momento llegó en el que el santo gobierno de Dios selló esta dureza de corazón sobre ellos; y, como resultado, tenemos el clamor de Isaías a Dios: Tú has “endurecido nuestro corazón a tu temor”.
¿Tiene esta acción de parte de Dios alguna aplicación para nosotros hoy? Evidentemente la tiene; de lo contrario no deberíamos encontrarnos con las advertencias de Hebreos 3 y 4, basadas en las palabras que hemos citado del Salmo 95. En esta epístola, los creyentes judíos son considerados sobre la base de su profesión, y son advertidos por el ejemplo del pueblo judío. No todos los que profesan la fe poseen la vida. Por eso la advertencia: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad” (Hebreos 3:12).
También está la terrible obra del gobierno de Dios anunciada para el fin de nuestra era evangélica; cuando aquellos quienes rehusaron la verdad: “Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira” (2 Tesalonicenses 2:11). Esta acción tan drástica del gobierno de Dios, bien corresponderá al rechazo más drástico de Su verdad, que el mundo jamás presenciara.
En segundo lugar, es notable cómo el profeta se queja en el versículo 18, no solo de la breve ocupación de la tierra de la promesa, sino también de la pisoteada del santuario por el adversario. En el momento de la profecía de Isaías –tal como se registra al inicio del libro– esto, en realidad, no había tenido lugar; aunque previamente habían habido derrotas (como en los días de Roboam). Parece que a Isaías le fue dado ver el final hacia el cual se dirigía el pueblo, y el apelar a Dios a la luz de esto. Que el enemigo asolara el santuario fue el golpe de coronación. Si este se perdía, todo estaba perdido. A la luz de esto, nosotros podemos entender el conmovedor llamamiento que se hace; comenzando y terminando con: “tu santa y gloriosa morada” (v. 15).
Ahora bien, ¿qué tendrá que suceder para esta apelación del profeta sea contestada? Evidentemente lo que él anhelaba (como se expresa en el primer versículo del capítulo siguiente). Dios mismo debe intervenir de una manera muy personal: Debe rasgar los cielos y descender. Ninguna cosa sino esto sería suficiente. Sí, pero ¿cómo debería hacer esto?
Las palabras que siguen dejan muy claro lo que Isaías tenía en mente. Deseaba que Dios interviniera personalmente en poder y en juicio. El sabía que Dios había descendido al comienzo de su historia nacional; cuando hubo truenos, relámpagos, fuego y “todo el monte temblaba en gran manera” (Éxodo 19:18); aunque este, en realidad, no fluyese hacia abajo, ante Su presencia. Ahora bien, si hubiera otra manifestación semejante de la presencia divina, seguramente el efecto sería grandioso.
Por supuesto, algo de este tipo quebraría el poder romano, y obraría una liberación visible para Israel; lo cual el pueblo, incluso los piadosos, relacionaba con la venida de su Mesías. De este modo lo vemos tan claramente manifestado por los discípulos; tanto antes de que Jesús muriera, como incluso después de su resurrección. Algo de este tipo se dará lugar en la segunda venida de Cristo, como atestigua Zacarías 14:4. Y por esta venida nosotros esperamos.
Pero nosotros, hoy, estamos en la feliz situación de saber que este deseo de la presencia de Dios ha sido respondido primero de otra manera. Anteriormente, Isaías había anunciado la venida del único cuyo nombre debería ser Emmanuel; y al comienzo del evangelio de Mateo se nos explica el significado de ese nombre: “Dios con nosotros”. Los cielos se rasgaron sobre él en el preciso instante en el que él inauguraba su ministerio público. Vino entre nosotros, “lleno de gracia y de verdad”; no haciendo “cosas terribles”, sino, más bien, sufriendo él mismo las cosas terribles, cuando murió como sacrificio por el pecado.
Comparados con estos deseos proféticos, e incluso predicciones, ¡a qué “luz extraordinaria” hemos sido llevados!
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De este modo está correctamente traducido este verso (y el que finaliza este párrafo) posee solemnes afirmaciones, tremendas y paradigmáticas. Dios –por medio del profeta– se adjudica el ser la causa directa de estas acciones: “[tú] haces errar… [tú] haces duros…”. Sin embargo, es preciso no quitar estos textos de su contexto histórico y profético, a fin de no malinterpretarlos. (Nota del Revisor)
