Isaías
Isaías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 63

El día de la venganza – Las bondades de Dios

¿Quién es y de dónde viene el que surge aquí, espléndido y temible? ¿Por qué sus vestidos están manchados con sangre? ¡Ay, es el ejecutor de ese terrible día de la venganza (Lucas 21:22), quien vuelve, su tarea cumplida! (v. 4; cap. 61:2). Los pueblos, en su suprema rebelión, se habrán concentrado sobre el territorio de Edom, alistados para el asalto final contra Dios y contra los suyos (véase cap. 34:6). Pero será para ser aplastados allí, de la misma manera que, otrora, los vendimiadores pisaban la uva en el lagar.

Tal vez tengamos dificultad para reconocer en ese implacable Justiciero a nuestro bondadoso Salvador. Es que su servicio para la gloria de Dios comparte estos dos caracteres. Él estuvo solo en la cruz; aquí está solo para el juicio (v. 3). “Hermoso” (v. 1), obra “con el brazo de su gloria” (v. 12). Se hace “un nombre glorioso” (v. 14) y habita en “gloriosa morada (v. 15). “En tu gloria sé prosperado, cabalga sobre palabra de verdad, de humildad y de justicia…” como está dicho en el versículo 4 del Salmo 45, a propósito de ese mismo juicio.

Una nueva y última división del libro empieza en el versículo 7 con el recuerdo de las misericordias y las alabanzas del Señor. No faltemos a ese deber, cada uno por su propia cuenta.

Oración del remanente

Los fieles del remanente han recordado la grandeza de los beneficios con los cuales el Señor había colmado en otro tiempo a su pueblo (cap. 63:7). Toda vez que ha dado semejantes pruebas de su amor, ¿podría Él desampararlos hoy? Apelan, pues, al corazón de ese Dios compasivo, el cual es su Padre, diciéndole:

Mira desde el cielo…
(cap. 63:15 comp. cap. 64:1).

Pero esto aún no les basta. “Oh, si rompieses los cielos, y descendieras…” exclaman ellos. Es lo que Cristo hizo una primera vez para nuestra salvación. Pero volverá a bajar más tarde para liberar a los suyos que pasan por la prueba y para consumir a sus enemigos (Salmo 18:9; 144:5).

El versículo 6 compara “todas nuestras justicias con un trapo de inmundicias”. Entendemos que se haga eso con nuestros pecados; pero, ¿con nuestras justicias? ¡En verdad, así es! Todo lo que hayamos podido hacer de bueno y de justo antes de nuestra conversión se parece a harapos que confirman nuestra miseria en lugar de cubrirla. Pero el Señor reemplaza esos trapos de inmundicia por vestiduras de salvación y manto de justicia (cap. 61:10; Zacarías 3:1-5).

Formados como el barro sobre el torno del alfarero (v. 8) no tenemos nada que hacer valer en cuanto a la vil materia de la cual hemos sido sacados (Salmo 100:3). Solo cuenta el trabajo del divino Obrero que se aplica en hacer de nosotros utensilios “para honra” (2 Timoteo 2:20-21).