Isaías
Isaías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 38

Enfermedad y curación de Ezequías

La fe de Ezequías obtiene aquí de parte de Dios una respuesta más grande todavía que la del capítulo anterior. La muerte se presenta, importuna visitante. La desesperación que experimenta el desdichado rey parece mostrar una cosa: no conoce la promesa que Dios había hecho por boca de Isaías, promesa que hemos leído en el capítulo 25:8: “Destruirá a la muerte para siempre; y enjugará el Señor toda lágrima de todos los rostros”. Ezequías, quien vive en el tiempo de las promesas para la tierra (Salmo 116:9), no tiene otra esperanza que la prolongación de sus días. No tiene ante él la certeza de la resurrección que los creyentes poseen hoy en día. No sabe que “morir es ganancia” porque “partir y estar con Cristo… es muchísimo mejor” (Filipenses 1:21, 23). No obstante, Dios oye su oración, ve sus lágrimas, y se apiada. Y, esta vez también, agrega a su respuesta una señal de gracia: la sombra que retrocede sobre el reloj de sol, figura del juicio demorado.

El versículo 3 nos hace pensar en Hebreos 5:7 y en las lágrimas vertidas por el Señor Jesús en Getsemaní. ¿Quién sino Jesús podía cumplir plenamente estas palabras?

Este hermoso relato ya nos ha sido contado en 2 Reyes 20:1-11. Pero lo que hallamos solo aquí es la conmovedora escritura de Ezequías que acompaña su curación.

"Habiendo acabado todo, estar firmes"

La “Escritura de Ezequías” termina con acción de gracias. Él había orado para ser salvado de la muerte. Ahora ora para agradecer al que le oyó. Clamar a Dios en momentos de necesidad es, en cierto modo, nuestro «reflejo» normal de creyentes. Pero, en cambio, ¿no solemos olvidar la segunda oración, la que sigue a la provisión?

La porción de los inconversos aquí abajo se reduce a una sola palabra: amargura (comp. Eclesiastés 2:23). Aun cuando todo les sale bien no pueden librarse de una angustia secreta. “Mas –puede decir el redimido a su Salvador– a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados”.

“El Señor me salvará”. Si es esta nuestra historia, no dejemos de considerar el versículo 19: “el que vive, este te dará alabanza, como yo hoy”.

De una manera más general, es la historia de Israel que volverá a vivir como pueblo de Dios en el último día, después del perdón de todos sus pecados.

El capítulo 39 relata cómo Ezequías sucumbe a la sutil tentación del rey de Babilonia. Nos sucede lo mismo cada vez que sirve para nuestra propia gloria lo que Dios nos ha confiado para la Suya. “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías?” (1 Corintios 4:7). “Yo soy rico, y me he enriquecido…”, no es otra cosa que la pretensión insoportable de Laodicea (Apocalipsis 3:17).