Isaías
Isaías

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 37

Contar con el Dios que ha sido ultrajado

Los siervos de Ezequías han obedecido a su rey al callar ante el enemigo. Luego le han contado fielmente las palabras de este último (cap. 36:21-22). Ahora cumplen ante Isaías la misión que les ha sido encomendada, poniendo en práctica el proverbio que ellos mismos copiaron (véase Proverbios 25:1, 13). Notemos que están conducidos por Eliaquim, hijo de Hilcías, el fiel mayordomo establecido por Dios y que es una figura del Señor Jesús (cap. 22:20).

Tranquilizado una primera vez por la respuesta del profeta, he aquí que Ezequías recibe del rey de Asiria una carta cargada de amenazas para él y de menosprecio hacia Dios. En el doble sentimiento de su propia impotencia y de la ofensa hecha al Dios de Israel,

el rey penetra de nuevo en el Templo, donde extiende la arrogante misiva delante de Dios (v. 14).

Esta vez no se contenta con una oración de Isaías (v. 4). Se dirige él mismo a Dios, diciendo: “Jehová de los Ejércitos, Dios de Israel… oye todas las palabras de Senaquerib, que ha enviado a blasfemar al Dios viviente… Ahora pues, Jehová Dios nuestro, líbranos de su mano…” Notemos sus argumentos. No hace mención de sí mismo ni del pueblo. Solo importa la gloria de Aquel que mora “entre los querubines”. No se debía confundir “los dioses de las naciones sojuzgadas por Asiria con el Dios de todos los reinos de la tierra (v. 12, 16; comp. también el v. 17 con Salmo 74:10, 18).

Un relato que nos anima a exponer nuestras peticiones

Ezequías ha experimentado el versículo 15 del capítulo 30: “En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza”. Y no ha sido confundido. La fe honra a Dios –se ha podido decir– y Dios honra a la fe. Pues bien, hoy Dios es “el mismo, (Salmo 102:27). No puede dejar de contestar a la más débil confianza de sus hijos, porque en ello se juega su gloria.

Como Ezequías se desentiende de este asunto, Dios mismo se encarga de responder a la carta del rey de Asiria de una manera que este estaba lejos de esperar. Un único ángel de este Dios despreciado basta para matar a ciento ochenta y cinco mil combatientes de su ejército. Obligado a renunciar a su campaña, Senaquerib vuelve a Nínive, lleno de vergüenza y desilusión. Luego cae a su turno bajo los golpes de sus propios hijos. Qué contraste entre el altivo y orgulloso conquistador, que halla su perdición en el templo mismo de su ídolo, y el humilde rey de Judá, cubierto de cilicio, el que se presenta en la casa de su Dios para obtener de Él la salvación (véase Salmo 118:5).

Admiremos la gracia de Dios, quien, a esa salvación, agrega aun una señal. El conoce las necesidades de los suyos y promete proveer a su subsistencia (v. 30; Mateo 6:31-33).