Capítulo 48
Gracia inmerecida a pesar de la obstinación
“Los contempladores de los cielos, los que observan las estrellas” (cap. 47:13) y otros adivinos han proliferado en todos los tiempos a expensas de la credulidad popular. Pese a sus pretensiones, nadie tiene el poder de predecir el porvenir. Solo Dios tiene el conocimiento de ello y nos revela en su Palabra lo que necesitamos saber a ese respecto (cap. 46:10; Hechos 1:7). El cumplimiento en el pasado de los acontecimientos que habían sido anunciados de antemano por medio de los profetas es una prueba más de la existencia y omnipotencia de Dios (v. 3). Las primeras cosas, declaradas desde hacía tiempo, han ocurrido (v. 5; véase Juan 13:19). Esto prueba que las cosas nuevas son y serán también la obra de Dios (v. 6; Mateo 13:52). Hoy está al alcance de todos, y en particular de los judíos, el indagar las Escrituras para cerciorarse de ello. Con antelación de muchos siglos, el rechazo de su Mesías ha sido anunciado claramente por el más grande de sus profetas, precisamente en los capítulos que estamos leyendo. Por desdicha, no solo Israel sino el hombre en general es verdaderamente obstinado; “barra de hierro” es su cerviz; su frente es “de bronce” (v. 4); su oído está cerrado (v. 8). Por encima de todo es “duro de corazón” (cap. 46:12).
Guardar los mandamientos
¡“Por amor de mi nombre… Por mí, por amor de mí mismo, lo haré”! Demasiado a menudo olvidamos ese gran motivo de las intervenciones de Dios. Al adoptar a Israel como su pueblo –y a nosotros los creyentes como sus hijos e hijas– por decirlo así, Dios se ha comprometido personalmente, lo mismo que un padre se siente comprometido por los actos de sus hijos frente a extraños. Según el caso, somos liberados, limpiados… o castigados a causa de la gloria del Padre de quien somos los hijos (véase Josué 7:9 final). Pero Dios aún tiene otro motivo para enseñarnos y disciplinarnos: nuestro provecho (v. 17; Hebreos 12:10).
La paz del corazón, “como un río” calmo y poderoso, fluye de la obediencia del creyente (v. 18). Esto se entiende: en la corriente de la voluntad de Dios no se conoce ni la agitación ni el borboteo propios del torrente en la montaña. Uno realiza el versículo 3 del capítulo 26: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”. Notemos que solo después de ordenar a los suyos que guarden sus mandamientos y su Palabra el Señor les da su paz (Juan 14:15-27). ¡Preciosa paz la de los redimidos del Señor! Es desconocida por los malos (v. 22).
