Capítulo 22
Saber distanciarse del mal
Ben-adad no cumplió su palabra (cap. 20:34). No restituyó Ramot de Galaad. Acab se propone retomarla y hace participar de su proyecto a un ilustre visitante: Josafat, rey de Judá. Pero, ¿qué pensar de esta visita? ¿No puede uno regocijarse al ver que se establece una amistad entre los soberanos de esos dos reinos que han estado tanto tiempo en conflicto? Es un paso hacia la unión, que actualmente está a la orden del día en el mundo cristianizado. En realidad, ante Dios es una infidelidad de parte de Josafat. Era rey en Jerusalén, en donde se encontraba el templo de Jehová. Por el contrario, Acab era un idólatra.
¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?
(2 Corintios 6:16).
¿Cómo puede el rey de Judá decir: “Yo soy como tú”? (v. 4).
Vemos el engranaje en que se deja atrapar el pobre Josafat. Sintiéndose incómodo, hace algunas tímidas observaciones a Acab, pero no tiene la energía necesaria para oponerse a su proyecto. Para esto le hacía falta más valentía que para hacer la guerra a los sirios. Y por cierto, cada uno de nosotros lo sabe por experiencia: la acción más difícil, la que exige más valentía, muchas veces será un simple rechazo, el rechazo de asociarse al mal (Salmo 1:1).
Muerte de Acab
En una sola voz, los cuatrocientos profetas anuncian al rey lo que él desea. ¿Qué riesgo corren? Si Acab gana la guerra, su predicción se cumplirá. Y si no vuelve, no podrá hacerles reproches. Al lado de estos profetas mentirosos, un único profeta de Jehová, el fiel Micaías, da a conocer valientemente la verdad y va a sufrir a causa de ello. Como el capítulo 18, este nos pone en guardia contra un peligro: el de juzgar si una cosa es buena o mala según el número de personas que la practican. Hoy, como en los días de Acab, los hombres se amontonan
Maestros conforme a sus propias concupiscencias
(2 Timoteo 4:3).
En particular, no les gusta oír hablar de un juicio eterno, y hallan a predicadores que, para tranquilizarlos, les prometen que al final todo irá bien. Pero, tarde o temprano, Dios confundirá a todos los mentirosos. Su palabra es verdad (Juan 17:17).
La falta de valentía moral por poco le costó la vida a Josafat. Siguió a Acab, temiendo disgustarlo. Y este, cobardemente, procuró atraer sobre el rey de Judá la atención y los esfuerzos del enemigo. Pero su ardid no podía engañar a Jehová, quien tenía puesta la mirada sobre uno de los reyes para salvarlo, y sobre el otro para cumplir su infalible juicio (véase Salmo 7:12-13).
Josafat, ¿habrá aprendido la lección?
El reinado de Josafat está más detallado en el segundo libro de Crónicas. Sin embargo, detengámonos aquí en un hecho muy instructivo. Josafat había armado una flota para buscar oro en Ofir. Pero la mano de Dios lo detiene: sus naves son destruidas. ¿Va a obstinarse? Al contrario: se somete. A pesar de que el rey de Israel le propone socorrerlo con sus marinos, esta vez sabe decir ¡no!
¿No hemos hecho alguna vez hermosos proyectos que han sido aniquilados de golpe por una inesperada circunstancia? Así le sucedió a Job, quien debió exclamar:
Mis propósitos están desbaratados, los tesoros más preciosos de mi corazón
(Job 17:11, V. M.)
Para hacer fracasar esos planes, Dios se vale de varios medios: ¡mal tiempo, enfermedad, falta de dinero, fracaso en un examen!… Todo esto siempre es penoso. Pero, en lugar de irritarnos o insistir en hacer, pese a todo, lo que nos habíamos propuesto, preguntémonos si nuestro proyecto tenía la aprobación del Señor. A sus ojos, un espíritu quebrantado tiene más valor que naves poderosas (véase Isaías 57:15; Salmo 51:17).
El último párrafo nos trae de vuelta a la corte de Israel. Allí vemos al nuevo rey, Ocozías, sirviendo a Baal y prosternándose ante él. Tal es la triste nota final del primer libro de los Reyes.
