Capítulo 3
Una oración respondida
Si esta noche el Señor nos propusiera como a Salomón: “Pide lo que quieras que yo te dé”, ¿qué le contestaríamos? No es seguro que cada uno tuviera como primer deseo recibir… “corazón entendido”. Fortuna, éxito, distracciones y viajes son los deseos de la mayoría de los jóvenes de este mundo. ¿Cuáles son los nuestros?
Un corazón entendido (o sea, un corazón inteligente, V. M.) es un pedido agradable a Dios y que siempre se le puede hacer.
Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente… y le será dada” (Santiago 1:5).
No se puede hacer esta oración si uno es sabio en su propia opinión (Proverbios 3:7). Pero Salomón no tiene una gran opinión de sí mismo; dice: “Yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir” (v. 7). Notemos que aquí es el corazón –y no la cabeza– el que debe escuchar y entender. El amor por el Señor es la llave de la verdadera inteligencia. Finalmente, consideremos a nuestro perfecto Modelo, que declara por medio del profeta: “Jehová el Señor… despertará mi oído para que oiga como los sabios” (Isaías 50:4).
Un juicio justo
En Israel el rey era también el supremo juez, figura de Cristo, quien será a la vez lo uno y lo otro. Así que el joven rey Salomón necesita mucha sabiduría divina para la doble tarea de gobernar y juzgar al pueblo. Pero la promesa de Dios se cumple sin tardanza; el célebre juicio en el asunto de esas dos mujeres lo da a conocer a todo Israel como quien ha recibido “sabiduría de Dios para juzgar” (v. 28). No fue así como Absalón había procurado establecer su reputación de juez (2 Samuel 15:4). ¿Cómo habría podido reinar la justicia si ese hombre impío, rebelde y homicida, se hubiese adueñado del trono que Dios destinaba a su joven hermano Salomón?
Solo uno fue más sabio que Salomón. Consideremos a Jesús, niño lleno de “sabiduría”, que maravilló a los doctores con su inteligencia (Lucas 2:40, 47); luego, en el curso de su ministerio, contestó según el estado del corazón de cada uno, discerniendo las trampas que se le tendían y confundiendo a sus adversarios. Admirémosle, particularmente en esa escena en que pronuncia su juicio respecto de la mujer adúltera: “El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella”, responde él a los acusadores (Juan 8:7).
¿Y qué sabiduría es esta que le es dada?, decían de él
(Marcos 6:2).
