1 Reyes
1 Reyes

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 8

Dios habita en su casa

Al estar su casa lista, Dios morará en ella. Salomón reúne a los principales del pueblo y los sacerdotes introducen el arca en el “oráculo”.

¡Preciosa arca! Figura de Cristo, conoció los cansancios del pueblo y sostuvo sus combates. Por él penetró en el río de muerte. Ahora entra en su reposo. Pero algo recordará siempre el camino del desierto: las varas visibles. Aunque en adelante no serían empleadas, no debían retirarse de sus anillos.

En medio de los esplendores del cielo, contemplaremos a Jesús en su hermosura. Sin embargo, en su Persona veremos algo que tocará profundamente nuestros co­razones: las imborrables marcas de su padecimiento en la cruz. Como las varas del arca, estas señales permanecerán en la gloria celestial como eterno testimonio de su divino amor. ¡Cuán hermosos son los pies del Salvador!; se cansaron en los caminos de este mundo para buscarnos (Isaías 52:7), antes de ser horadados en la cruz, cuando se dejó clavar en ella para salvarnos. Sobre esos santos pies fue derramado el homenaje de María en la bienaventurada casa de Betania, que entonces se llenó del olor del perfume. Es un gusto anticipado de la Casa del Padre, que la gloria llenará para siempre.

Acciones de gracias y oraciones de Salomón

El rey Salomón toma la palabra. Ocupando el lugar del descendiente de Aarón, aquí cumple él mismo el oficio de sacerdote, porque es una figura de Cristo, rey y sacerdote. Recuerda el pasado: Egipto, la gracia para con David, el pacto y las promesas.

Cuatrocientos ochenta años antes, en la orilla del mar Rojo, los israelitas habían cantado el cántico de la liberación:

Este es mi Dios, y lo alabaré… Condujiste en tu misericordia a este pueblo que redimiste; lo llevaste con tu poder a tu santa morada… Tú los introducirás y los plantarás en el monte de tu heredad, en el lugar de tu morada, que tú has preparado, oh Jehová, en el santuario que tus manos, oh Jehová, han afirmado
(Éxodo 15:2, 13, 17).

Cerca de cinco siglos fueron necesarios para que estas palabras se realizaran. El tiempo transcurrido no quita la veracidad de las promesas de Dios (comp. 2 Pedro 3:4). Salomón se complace en repetir: “Lo que con su mano ha cumplido” (v. 15); “Jehová ha cumplido su palabra que había dicho” (v. 20).

“Mi nombre estará allí” (v. 29). Recordemos una vez más esta promesa del Señor Jesús: “Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).

Sin excusar el mal, se aboga por los culpables

Al principio de su oración, Salomón exaltó la fide­lidad, la misericordia (v. 23) y la grandeza de Jehová (v. 27). Luego reconoce de qué cosas es capaz el pueblo y cuáles pueden ser las consecuencias de sus faltas. Estos pensamientos sobre Salomón nos trasladan hacia Cristo, gran sumo sacerdote. Jesús conoce bien la debilidad del corazón de los suyos y, antes que Satanás los zarandee, se dirige a Dios rogando que su fe no falte. Hizo esto por Pedro antes que le negara (Lucas 22:32). Y cuántas veces lo hace también por cada uno de nosotros, sin que lo sepamos, en la hora de tentación. En verdad, Dios conoce el corazón del hombre (v. 39; véase Jeremías 17:9-10). Este corazón engañoso y perverso “más que todas las cosas”, ¿dónde dio su plena medida? ¿En qué circunstancias demostró su extrema maldad? ¿No fue en la cruz, donde la enemistad del hombre se expresó plenamente contra el Señor? (Salmo 22:16). Pero este crimen, el más grande de todos los pecados de Israel, también será perdonado cuando el pueblo arrepentido se vuelva con “espíritu de gracia y de oración”, ya no hacia “esta casa”, sino hacia “quien traspasaron” (Zacarías 12:10).

Confesión y perdón

Para interceder no basta conocer la debilidad del corazón humano (v. 46). También es necesario tener confianza en la compasión del corazón de Dios. Si Jesús, nuestro sumo sacerdote y nuestro Abogado, conoce por demás el corazón del hombre, también conoce el de su Padre. Pero su deseo es que acudamos a él para experimentarlo personalmente (comp. Juan 10:17; 16:27).

¡“Escucha y perdona”! (v. 49-50). Este capítulo nos enseña que en verdad se puede acudir a Dios en toda ocasión. Había un lugar a los pies del Señor para los más grandes pecadores (Lucas 7:37). Aún hoy, fiel a su promesa, Cristo no echa fuera al que viene a él (Juan 6:37).

El pecado es la cadena por medio de la cual hasta un creyente puede ser cautivo en “tierra enemiga” (v. 46). Dios está dispuesto a liberarle; pero el camino del perdón pasa necesariamente por la confesión.

Mi pecado te declaré… y tú perdonaste la iniquidad de mi pecado
(Salmo 32:5).

Dios escucha, él perdona; sí, puede perdonarlo todo, porque Jesús expió todo. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Un hermoso ejemplo de oración

Pese a la riqueza, a lo grande de la casa y a la inmensa multitud congregada, el corazón de Salomón no está lleno de un sentimiento de poder; se pone de rodillas y toma para con Dios una actitud de dependencia. Esperamos que esta también les sea una actitud familiar a nuestros lectores. Hablemos cada día libremente a nuestro Dios, en voz alta, cuando sea posible, para evitar la distracción. Y aunque, más tarde, olvidemos lo que pedimos, nuestras palabras permanecerán “cerca de… nuestro Dios de día y de noche” (v. 59). Finalmente, Salomón afirma que Dios proteje la causa de los suyos, “cada cosa en su tiempo”. Hoy podemos contar con la respuesta de hoy, pero no con la de mañana. Porque Dios conoce nuestra tendencia a descansar más en lo que él nos da que en él mismo. Por eso resuelve el asunto de día en día; Jesús también lo enseña:

Basta a cada día su propio mal
(Mateo 6:34).

La ceremonia de la dedicación (o de la inauguración) del templo tiene lugar en el momento de la gran fiesta anual de los tabernáculos, en el mes séptimo. Termina con los sacrificios y dejando alegría conforme a Deuteronomio 16:15.