Capítulo 19
Miedo, huida y desánimo
¿Quién podría reconocer al brillante testigo del capítulo anterior en ese hombre desalentado que huye ante las amenazas de una mujer? Dios no nos da este relato para que juzguemos a su querido siervo, sino para nuestra instrucción: aun el hombre más notable falla totalmente cuando se confía en sus propios recursos (léase Proverbios 29:25). A Elías solo le queda la desesperanza. No obstante, veamos cómo Dios cuida de él. Es un precioso pensamiento saber que aun cuando se nos ocurre estar abatidos o irritados, su bondad no deja de ejercitarse para con nosotros.
El espíritu legalista de Elías lo lleva a Horeb (parte del macizo de Sinaí), lugar en que la ley había sido dada. “¿Qué haces aquí, Elías?”, le pregunta Jehová. Seria pregunta para aquel que había abandonado al pueblo. Pero la respuesta del profeta no hace más que revelar su falsa posición. ¡Él está allí para acusar! En cambio Moisés, en ese mismo lugar, había intercedido por el pueblo (Éxodo 32:11). Elías “invoca a Dios contra Israel”, como Romanos 11:2 lo recuerda tristemente.
Acordémonos bien de esto: acusar es hacer la obra de Satanás (Apocalipsis 12:10). Interceder, al contrario, es obrar como el Señor Jesús (Romanos 8:34).
El lenguaje de Dios en Horeb
A la inversa de lo que pensaba Elías, el lenguaje que Dios quería hacer oír a Israel en ese momento no era el del juicio.
Jehová no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. La voz “con potencia”, “con gloria” y temible del Salmo 29:3-9 calla para dar lugar a la dulce y sutil voz de la gracia. Aún hoy, para el mundo, no es tiempo de juicio, sino de la gracia que perdona al pecador. Dios puede despertar a los hombres mediante pruebas de su poder, pero solo la tierna voz de la gracia es capaz de tocar los corazones. Mas, para recibirla, es necesario sentir su propia indignidad.
Porque no supo comprender este lenguaje, Elías debe ser puesto a un lado para dar lugar a Eliseo. De parte de Jehová, él sabrá hacer escuchar al pueblo Su voz de amor.
Finalmente, Dios enseña a Elías otra lección. Había subido a la montaña pensando que él era el único fiel. Pero desciende de ella enterado de que él es solamente uno de los siete mil hombres que Dios se ha reservado en Israel. Aunque él mismo no supo descubrirlos, Dios, en cambio, conoce a cada uno de ellos (véase 2 Timoteo 2:19).
