1 Reyes
1 Reyes

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 18

La posición ambigua de Abdías

Jehová, quien hacía tres años había dicho a Elías: “Escóndete” (cap. 17:3), ahora le ordena: “Vé, muéstrate a Acab”. Y el profeta está tan dispuesto a obedecer en este caso como en el otro. Es un ejemplo para nosotros, que quizá tenemos la tendencia, según nuestro carácter, a mostrarnos o, en cambio, a ocultarnos cuando Dios nos pide justamente lo contrario.

¿A qué se dedica Acab durante la terrible sequía? Le vemos preocuparse por sus caballos y sus mulas antes que por la miseria de su pueblo. Abdías, su mayordomo, sin dejar de temer a Jehová, no tuvo la valentía de dejar a su impío amo. Hubiera tenido que renunciar a sus ventajas terrenales, quizás arriesgar su vida. Al igual que Abdías, muchos cristianos no están dispuestos a separarse del mundo para agradar al Señor, porque ¡esa elección les costaría demasiado!

Abdías teme anunciar a Acab su encuentro con Elías. Fácilmente se vanagloría de lo que hizo por los cien profetas; pero cuando se trata de cumplir con lo que Elías le pide, al pobre Abdías le falta lo que brillaba en la humilde viuda de Sarepta: la sencilla confianza en la palabra de Jehová.

En el Carmelo: ¿Baal o el Señor?

Mientras la sequía y el hambre causaban estragos, Acab había hecho lo imposible para encontrar al profeta, a quien acusa por la desdicha de Israel.

¿Eres tú –le dice– el que turbas a Israel?
(v. 17).

¡Qué inconsciencia! «Eres tú –contesta Elías–, junto con tu familia, quien atrajo este castigo por tus pecados».

Así razonan los hombres de este mundo… y, a veces, ¡quizá nosotros también! Cuando Dios nos envía una prueba, antes de examinarnos personalmente, nos apresuramos a acusar a otros y a hacerlos responsables de lo que nos ocurre.

En respuesta al pedido de Elías, el rey junta a todo Israel con los falsos profetas en el monte Carmelo. Ha llegado el momento de hablar firmemente al pueblo y colocarlo ante la elección. “¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos?” (v. 21). Más tarde, en otra montaña, Jesús hablará de la misma manera a las multitudes de Israel: “Ninguno puede servir a dos señores” (Mateo 6:24).

Lector que todavía no haya escogido, permítanos repetir para usted la pregunta de Elías: «¿Hasta cuándo claudicará usted entre dos pensamientos… entre dos señores?».

El altar del Señor – Oraciones respondidas

Al ser desafiados, los profetas de Baal multiplican en vano sus encantamientos y sus frenéticas danzas. Su dios sigue sordo. ¡Y con razón! (Salmo 115:4-7). Entonces Elías inicia sus preparativos con una calma y una autoridad que contrastan con la excitación precedente. Edifica un altar con doce piedras, “conforme al número de las tribus”, afirmando así la unidad del pueblo. Pese a la triste división en dos reinos, a los ojos de Dios Israel siempre será un solo pueblo. Hoy en día acontece lo mismo con la Iglesia del Señor. Por más que esté dividida en múltiples denominaciones, Dios reconoce solo una Iglesia, compuesta por todos los creyentes. Así es como debemos verla nosotros también.

Cuando todo está dispuesto para el holocausto, Elías se dirige a Dios:

Respóndeme, Jehová, respóndeme, para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos (v. 37).

Dios contesta a su siervo, no solo enviando el fuego, sino volviendo el corazón del pueblo hacia Él.

Acab asiste a esta escena, seguida por la muerte de sus profetas, y no parece interesarse sino en comer y beber, mientras que, por su lado, el varón de Dios ora de nuevo… “y el cielo dio lluvia” (Santiago 5:18).