1 Reyes
1 Reyes

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

Resultado de una mala educación

David ya es un anciano. Cansado de una vida de sufrimientos y luchas, sigue confiando en Dios, según la oración del Salmo 71:17-18 (véase también v. 9): “Oh Dios, me enseñaste desde mi juventud… Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares”. Jehová le responde y le socorre en la última prueba que le aguarda. Después de Absalón, Adonías, otro de sus hijos, conspira para apoderarse del trono (v. 5). El trágico fin de su hermano mayor no le había enseñado nada. Además, de una manera general, la educación de este joven había dejado mucho que desear. Su padre nunca lo había reprendido o contrariado (v. 6). Desde su más tierna juventud, Adonías siempre había hecho lo que quería. Un nuevo ejemplo que deben meditar nuestros jóvenes lectores a quienes, a veces, les parece que sus padres son demasiado exigentes. Han de saber que ser reprendido mientras se es niño, les evita en edad adulta penas mucho más dolorosas. Dios no obra de otra manera con sus hijos (Hebreos 12:6). ¡Cuántas veces su sabiduría y su amor nos habrán impedido hacer la voluntad propia, para nuestro bien presente y quizás eterno!

Un complot frustrado

En la fuente de Rogel la fiesta está en su apogeo. Los invitados rodean a Adonías. El astuto Joab está presente, lo mismo que Abiatar, quien olvidó las palabras de gracia de David: “Quédate conmigo”, (1 Samuel 22:23). Los demás hijos del rey, sea por oportunismo o por debilidad de carácter, se adhieren a la causa de su hermano. Con excepción de uno: Salomón, que no ha sido invitado (v. 25-26). ¡Y con razón! ¿No es él el rey elegido por Dios para suceder a David? ¿Qué podría haber hecho en esa fiesta? Pero todo ese plan, sabiamente urdido, será reducido a nada por algunas almas fieles y sumisas al pensamiento divino. David, al ser informado, obra en seguida: Ahora mismo Salomón va a subir al trono. Su padre da todas las instrucciones al respecto.

En nuestros días, en todas las esferas, el hombre se eleva buscando su propia gloria. Hay un pensamiento que no le preocupa para nada: conocer la voluntad de Dios. Esta voluntad divina es la de dar al mundo el Rey que le ha sido destinado: Jesucristo. Hoy en día, este rey todavía es rechazado y despreciado; no está invitado a las alegres fiestas que el mundo organiza. Y los que temen a Dios, tampoco tienen su lugar en ellas.

El plan de Dios se hace realidad

Conforme a las instrucciones de David, ahora se celebra una fiesta muy diferente. En medio de la alegría del pueblo fiel, el joven Salomón se sienta en el trono de su padre. ¡Cuán grande es el contraste con Adonías! El nuevo rey no actúa por sí mismo: se le hace montar en la mula real, y se lo lleva a Gihón, donde es ungido por Sadoc en medio de la algarabía general.

Mientras tanto, en la fuente de Rogel se acaba el festín. Un ruido desacostumbrado, persistente, proviene de la ciudad. Joab, como militar experimentado, oye la trompeta y se inquieta. Al mismo tiempo se acerca Jonatán, trayendo noticias. En lo que a él concierne, estas son buenas, porque David sigue siendo el rey su señor. Pero, ¡qué desastre para Adonías y sus invitados! Todo el complot se derrumba en un instante y los conjurados, desamparados, se dispersan por todos lados. Aterrorizado, el usurpador Adonías se sujeta a los cuernos del altar e implora el perdón del rey. Se le otorga una prórroga, pero el orgullo y la maldad de su corazón no han sido juzgados por eso.

¡Qué locura oponerse a Dios y a su Ungido! Sin embargo, esto hará el Anticristo en breve, pero será destruido para dar lugar al Señor Jesús y a su reinado.