Capítulo 14
Enfermedad y muerte del hijo de Jeroboam
Pese a la solemne advertencia que Dios le dirigió en Bet-el, Jeroboam perseveró en su camino de iniquidad. Entonces Jehová le habla una segunda vez por medio de la enfermedad de su hijo Abías. Constatamos que el rey no busca socorro junto a su becerro de oro, reconociendo así su total impotencia. Se vuelve hacia Ahías, el profeta que en otros tiempos le había anunciado la realeza (comp. Ezequiel 14:3). ¿Hizo, pues, un examen de conciencia? ¡Obviamente, no! El fraude que emplea, junto con su mujer, prueba que en su corazón no hay ninguna verdadera humillación. Pero, ¡qué locura pensar que Dios puede ser engañado! Apenas pasó el umbral de la puerta, la reina fue desenmascarada. En lugar de las agradables palabras que otrora Jeroboam había oído de la boca del varón de Dios, la desdichada mujer le trae un espantoso mensaje. En ese mismo momento el joven Abías muere. Quizá digamos: ¿Por qué Jehová no dejó vivir a este niño en quien había hallado algo bueno? Precisamente porque quería retirarlo de tan mal ambiente y tomarlo junto a él. ¡Qué suerte incomparablemente mejor! (Isaías 57:1-2).
Dos reinados malos
Roboam reina, pues, al mismo tiempo que Jeroboam. Aunque su reino es más pequeño, posee la mejor parte. Su capital sigue siendo Jerusalén, donde se halla el templo, santa morada de Jehová y centro de congregación para todo Israel. Roboam mismo es “hijo” de David, su legítimo descendiente. ¡Pero, ¡ay!, a pesar de todos estos privilegios, vemos hasta dónde cae el pueblo pocos años después de los gloriosos días del capítulo 8 (v. 65-66). Así como la mala hierba arruina el más hermoso jardín, la idolatría introducida por Salomón invadió todo el país. ¡Y esto no es todo! Como Roboam no vela, el enemigo aprovecha. Al pobre rey le quitan, a la vez, todos sus tesoros y todo lo que le protegía (los escudos). Es una seria advertencia para cada uno de nosotros. Si no velamos sobre nuestro corazón, pronto el Enemigo sembrará en él la semilla de diversos ídolos. Y, cuando haya brotado, sin dificultad arrebatará nuestros más preciados tesoros, depósito que nuestros padres o abuelos, quizá, nos trasmitieron: Cristo y su Palabra.
Abiam sucede a Roboam y tres años de reinado bastan para mostrar que él anda en todos los pecados practicados por su padre.
