2 Samuel
2 Samuel

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 1

David se entera de la muerte de Saúl

El asunto de Siclag dejó a David humillado, consciente de su debilidad, pero también lo restableció en felices relaciones con Jehová. De esa manera fue preparado para su reinado, sobre el cual se abre el segundo libro de Samuel.

El hombre que le anuncia la muerte de Saúl es a sus propios ojos “como portador de buenas nuevas” (cap. 4:10, V. M.) Para David, ¿no significa eso la muerte de su enemigo y de la posibilidad de ascender al trono? Pero este hombre no conoce a la persona a quien se dirige. En el corazón del “amado” de Dios brillan la gracia, el desinterés, el amor por su pueblo y el respeto al orden divino. ¿Cómo podría regocijarse mientras que Israel era vencido y su príncipe deshonrado delante de los enemigos de Jehová?

Todos los reinos del mundo y la gloria de ellos
(Mateo 4:8-10).

El canto “del Arco”

Muy lejos de regocijarse por la desdicha que alcanzó a su rival y perseguidor, David le compone una conmovedora endecha. Este canto “del Arco” (cap. 1:18, V. M.) celebra las cualidades humanas de Saúl: su fuerza, generosidad y popularidad. En cuanto a la maldad del rey, de la cual había sufrido mucho, David también la oculta, como evita hablar de la derrota que provocaría gozo y menosprecio en los enemigos de Jehová. “No lo anunciéis en Gat…” (v. 20).

Lo mismo que Judá (v. 18), necesitamos que se nos enseñen las lecciones de ese canto del Arco: entristecernos por la desdicha de otros; hacer resaltar el bien, aun de los que no nos aman; guardarnos de contar lo enojoso que sepamos acerca de alguien; ante todo, cubrir las faltas de nuestros hermanos pensando en el testimonio del pueblo de Dios frente al mundo (1 Pedro 4:8).

Después, el dolorido corazón de David se expresa con respecto a Jonatán. Maravilloso amor, muy dulce (v. 26) y, sin embargo, pálida figura del amor de Jesús: amor insondable, del cual nada –ni aun la muerte– nos podrá separar jamás (Romanos 8:38-39).