2 Samuel
2 Samuel

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 22

Ayuda divina en la prueba

Los últimos enemigos del rey fueron aniquilados. Como Israel después de haber cruzado el mar Rojo (el versículo 16 alude a ello), como Débora con Barac después de su victoria y Ana después del otorgamiento de su ruego, ahora David puede celebrar las liberaciones de Jehová. Con un cántico agradece a su Salvador (v. 3). ¿Se nos ocurre cantar nuestro agradecimiento? ¡Sin duda lo hacemos en las reuniones o en familia! Pero, ¿por qué no hacerlo también cuando estamos solos?

Este cántico reproduce gran parte del Salmo 18. Y como todos los salmos, este va mucho más allá de las experiencias del que los compuso. En efecto, ¿qué son los sufrimientos de David al lado de los del Salvador? ¿Qué son la violencia y la maldad de Saúl en comparación con el odio de Satanás, el hombre fuerte? Este último procuró atemorizar a Jesús con la perspectiva de la cólera de Dios, luego trató de retenerle en los “lazos de la muerte” (v. 6). Pero en Getsemaní, Cristo fue oído

A causa de su temor reverente”
(Hebreos 5:7).

Por cierto, Dios no podía evitar la cruz a su Hijo ni “pasar de él esta copa”. Sin embargo, le respondió librándole de su “poderoso enemigo”, el diablo (v. 18), y sacándole (por medio de la resurrección) de las “muchas aguas” (v. 17), esas terribles “ondas de muerte” (v. 5).

Solo Cristo dio a Dios motivos para librarlo

Las liberaciones que Dios nos otorga (nuestra salvación en primer lugar) no dependen de nuestros méritos, sino solo de su gracia. Mientras que, cuando se trataba de su Hijo, había en él tanta excelencia, que Dios no podía dejar de liberarle. Entre todos los hombres, Cristo es el único que ha merecido su resurrección, si se puede decir así. Para los que contemplaban a Jesús en la cruz, su desamparo parecía ser una señal de la reprobación de Dios. Los burladores meneaban la cabeza, diciendo:

Sálvele, puesto que en él se complacía
(Salmo 22:8)

o “… si le quiere” (Mateo 27:43). Dios acepta ese desafío resucitando a Jesús. Y el Hijo, que conoce el corazón de su Padre, responde más allá de la muerte: “Me libró, porque se agradó de mí” (v. 20).

Siguen los maravillosos motivos por los que Dios halló su placer en Jesús: su justicia y la limpieza de sus hechos (v. 21, 25), su fidelidad (v. 22), su obediencia (v. 23), su santidad (v. 24), su gracia (v. 26), su dependencia (v. 29-30), su confianza (v. 31); en resumen: su perfección (v. 24). En verdad, la mirada del Padre podía posarse con entera satisfacción sobre “el hombre recto” (o perfecto; v. 26).

Lo que Dios hace y hará

Hemos visto en el cántico de la liberación lo que concierne a David, y al mismo tiempo al creyente, también lo que atañe a Cristo, de quien David es figura. Nos queda por considerar el lado de Dios. “En cuanto a Dios, perfecto es su camino”, así comienza el versículo 31. Jesús desea que conozcamos al Autor de su liberación (lea v. 17-18; Salmo 40:2). Vemos cuál fue su primer mensaje enviado a los discípulos por medio de María, inmediatamente después de la resurrección (comp. Salmo 22:22 y Juan 20:17). Es como si les hubiese dicho: «El Padre que me ama, el poderoso Dios que me libró, viene a ser vuestro Padre, vuestro Dios. También él os ama y, por su gran poder, os libra conmigo del poder de Satanás y de la muerte. Todo lo que este nombre de Padre significa para mí, de ahora en adelante lo es para vosotros».

Los versículos 33 y siguientes nos muestran a Dios igualmente poderoso para sostener en su andar y en sus luchas a los que confían en él. Así condujo a Jesús, cuya confianza fue total.

El final de este cántico se refiere al porvenir. Nos muestra lo que Dios hará para quebrantar definitivamente a los enemigos de Cristo en la tierra, para colocar a los pueblos bajo su dominio y, por fin, establecerle como Rey sobre el universo.