Capítulo 18
Una muerte violenta
Ahora va a empezar la batalla. Y ¡se trata nuevamente de una guerra civil! El pobre rey se halla en una trágica situación: ¿puede desear la victoria cuando esta significa la derrota y la posible muerte de su hijo, a quien no ha dejado de amar?
Lo que el hombre sembrare, eso también segará
(Gálatas 6:7).
La hora de esa solemne «cosecha» ha sonado para el miserable Absalón. A él se aplica esta espantosa declaración: “El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de la madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila” (Proverbios 30:17). La hermosa cabellera de que se vanagloriaba Absalón viene a ser el medio de su muerte. Y el cruel Joab es el instrumento por el cual se cumple el juicio de Dios. Pero, de ninguna manera esto lo disculpa. Pese a las órdenes del rey, no teme cometer fríamente este homicidio.
Al erigir una columna en su honor, Absalón no había previsto que otro monumento sería levantado para su vergüenza: un montón de piedras sobre el hoyo en que sería echado su cadáver (como para Acán, Josué 7:26), montón sobre el cual cada uno vendrá a arrojar su piedra en señal de menosprecio y condenación.
Un gran luto para David
2 Samuel 18:19-33
En el capítulo precedente, Ahimaas había corrido por obediencia y su servicio había sido eficaz. Aquí, su propia voluntad parece estar en juego: “Yo correré”, declara él (v. 23). Y en consecuencia, su hazaña será inútil, arrastrándole hasta la simulación. Así ocurre, no solo con nuestras buenas piernas, si las tenemos, sino con todas nuestras facultades; son útiles o no lo son, según nuestra sumisión al Señor Jesús.
La victoria que se acaba de obtener no regocija el corazón de David. Qué le importa el trono o la vida misma; Absalón ha muerto, y la dolorosa noticia traspasa el corazón del pobre padre que siente su parte de responsabilidad en los acontecimientos que acaban de desarrollarse. “¡Hijo mío, Absalón, hijo mío!” Aquí tenemos uno de los gritos más terribles de toda la Escritura, apto para hacer estremecer a todos los padres cristianos. Grito sin eco, sin esperanza, que expresa la horrible certeza de una separación definitiva y eterna. ¡Muy diferente fue la muerte del hijo de Betsabé! David, en lugar de afligirse, había declarado: “Yo voy a él…”, con la convicción de volverle a ver en la resurrección (cap. 12:23). Pero para Absalón, como para Judas, bueno le fuera no haber nacido (Mateo 26:24).
