Capítulo 5
Sion, ciudad de David
Durante estos acontecimientos (cap. 2:12 a 4:12), David espera en Hebrón, con paciencia, a que Jehová mismo le establezca como rey sobre todo Israel.
Asimismo Jesús, ahora en el cielo, aguarda que Dios le dé su reino universal.
Para Israel, el comienzo del capítulo 5 corresponde a una gran fecha en su historia. Se trata del traslado del trono de David a Jerusalén, esa ciudad que, de ahí en adelante, ocupará un lugar muy importante en la historia del pueblo y en los consejos de Dios. Pero en el interior de la ciudad, en el monte de Sion, subsistía una fortaleza casi inexpugnable, en la que los jebuseos se habían mantenido desde el tiempo de Josué. Pese a la jactancia de estos, David se apodera de ella. No obstante, aquí olvida la gracia que le caracterizó tan a menudo y expresa su odio hacia los lisiados, cerrándoles el acceso a la casa de Dios. Qué diferencia con el Señor Jesús, quien recibía en el templo precisamente a los ciegos y cojos para sanarlos (Mateo 21:14), y también con el hombre que “hizo una gran cena” (Dios mismo) y, para llenar su casa, fuerza a esos desdichados (que nos representan a usted y a mí) a tomar lugar en el festín de su gracia (Lucas 14:21-23).
David: su familia, sus victorias sobre los filisteos
Admiramos la fe y dependencia desplegadas por David en muchas circunstancias (y aún en los versículos 19 y 23, para luchar contra los filisteos). Lastimosamente su vida familiar está lejos de alcanzar el mismo nivel. Pese a la ordenanza de Jehová, especialmente dirigida a los reyes (Deuteronomio 17:17), David toma muchas mujeres, primero en Hebrón, luego en Jerusalén. Si hubiese tenido por esposa solo a la fiel Abigail –cuyo nombre significa la alegría del padre, y que es una figura de la Iglesia–, no leeríamos tres nombres que llegan a ser la fuente de tantas penas para él: Amnón, Absalón y Adonías (cap. 3:2-4).
Siguiendo las instrucciones de Jehová, es como la guerra contra los filisteos puede volver a ser victoriosa. Antes de la segunda batalla, David habría podido decir: ¡Hagamos como la primera vez, ya que nos fue bien! Pero notemos que, al contrario, consulta otra vez a Jehová. Lo hace con mucha razón, y la respuesta es muy diferente. Asimismo, desconfiemos de nuestra propia sabiduría; pidamos siempre al Señor sus directivas para que también podamos obtener las victorias que Dios preparó para nosotros.
