Capítulo 24
Un censo inútil
David comete una nueva falta: censa al pueblo. El versículo 1 parece disculparle, ya que Jehová lo incita. Pero 1 Crónicas 21:1 revela que Satanás es el malvado instrumento, a quien Dios deja en libertad de acción, a fin de castigar a Israel y después manifestar Su gracia. El enemigo se sale con la suya mediante la soberbia del rey, quien está orgulloso de dominar sobre un pueblo numeroso y de disponer de un poderoso ejército. El orgullo nos lleva a atribuirnos importancia, olvidando que solo la gracia de Dios hizo lo que somos y nos dio lo que poseemos. En días mejores, David lo había reconocido: “¿Quién soy yo… y quién como tu pueblo, como Israel?” (cap. 7:18, 23). La gloria de Israel no se hallaba en su fuerza, ni en el número de sus guerreros, como en las otras naciones. Estaba en el nombre de Jehová, a quien Israel pertenecía (véase Salmo 20:7).
Aunque Joab no teme a Dios, ve más claro que David y busca disuadirlo. ¡Pero en vano! El censo se hace… y apenas se conocen las cifras, el rey comprende su locura. Pese a su arrepentimiento, una vez más tiene que vérselas con el “gobierno de Dios” (Amós 3:2).
David comete una nueva falta: censa al pueblo. El versículo 1 parece disculparle, ya que Jehová lo incita. Pero 1 Crónicas 21:1 revela que Satanás es el malvado instrumento, a quien Dios deja en libertad de acción, a fin de castigar a Israel y después manifestar Su gracia. El enemigo se sale con la suya mediante la soberbia del rey, quien está orgulloso de dominar sobre un pueblo numeroso y de disponer de un poderoso ejército. El orgullo nos lleva a atribuirnos importancia, olvidando que solo la gracia de Dios hizo lo que somos y nos dio lo que poseemos. En días mejores, David lo había reconocido:
¿Quién soy yo… y quién como tu pueblo, como Israel?
(cap. 7:18, 23).
La gloria de Israel no se hallaba en su fuerza, ni en el número de sus guerreros, como en las otras naciones. Estaba en el nombre de Jehová, a quien Israel pertenecía (véase Salmo 20:7).
Aunque Joab no teme a Dios, ve más claro que David y busca disuadirlo. ¡Pero en vano! El censo se hace… y apenas se conocen las cifras, el rey comprende su locura. Pese a su arrepentimiento, una vez más tiene que vérselas con el “gobierno de Dios” (Amós 3:2).
La misericordia divina frente al castigo
El castigo divino va a caer sobre el pueblo. Apenas termina el censo de los hombres de guerra, su número es reducido mediante la epidemia. Es como si Dios dijera a David: «A mí me pertenece aumentar o disminuir en tres días este pueblo, para cuyo censo necesitaste casi diez meses».
Es hermosa la respuesta de David a la difícil elección que se le impone:
Caigamos ahora en mano de Jehová, porque sus misericordias son muchas”
(v. 14).
Conoce el corazón de Dios y, aun bajo la disciplina, su confianza en el amor divino no es conmovida, y tampoco será decepcionada. Una vez más, el pecado del hombre da a Dios la ocasión de mostrar los maravillosos recursos de su misericordia y de su perdón. “Basta”, dice cuando se produce en los corazones el fruto que aguardaba.
Se ofrece un sacrificio; la era de Arauna, comprada por el rey, llegará a ser –como lo veremos– la base del templo.
David no quiere ofrecer a Jehová “holocaustos que no… cuesten nada”. Pensamos en la ofrenda de María, descrita en los evangelios. Quiso traer un excelente perfume para mostrar el precio que Jesús tenía para ella (Juan 12:3).
