Capítulo 12
Parábola de Natán: el pecado se descubre
“No codiciarás la mujer de tu prójimo”, dice la ley. “No cometerás adulterio”. “No matarás” (Éxodo 20:17, 14, 13). David, que declara en el Salmo 19:7: “La ley de Jehová es perfecta”, transgredió sucesivamente por lo menos tres mandamientos. Sin embargo, su conciencia sigue sin reprenderlo. Es necesario que Jehová le envíe a Natán. Y la conmovedora parábola de la oveja hurtada, muy apta para alcanzar el corazón del que fue pastor, va a ayudarle a medir el horror de su falta. Pero David no se reconoce en seguida. Es despiadado para con el hombre rico. ¡Así somos! No se nos escapa la paja en el ojo de nuestro hermano, pero no notamos la viga que hay en el nuestro. Entonces, con solemnidad, el dedo de Dios lo señala:
Tú eres aquel hombre”
(v. 7).
Después, todo el triste asunto, ocultado tan cuidadosamente, es descubierto sin miramientos: «¡Tú hiciste esto y aquello!». Finalmente, para confundir el corazón de David, Dios le recuerda todo lo que Su gracia había hecho por él. ¿Era poca cosa? En el capítulo 7:19 David había dicho lo contrario. Entre más recibimos, menos excusables son nuestras codicias. ¡Y recibimos mucho!
Un verdadero arrepentimiento
Después de haber permanecido tanto tiempo dormida, la conciencia de David se sobrecoge por una profunda convicción de pecado. Y se da cuenta de que su crimen no solamente concierne a Urías y a su mujer, sino que es, en primer lugar, contra Jehová.
Comprendamos que nuestras faltas para con nuestros hermanos, padres o cualquier otra persona, primero son un pecado contra Dios. No basta, pues, reparar el mal ante aquel a quien hemos perjudicado (cuando es posible; David ya no podía); aún es necesario confesarlo a Dios.
Es lo que David hace en el Salmo 51, escrito en ese momento de amarga angustia (véase también Salmo 32:5, 1-2). En verdad, Dios no desprecia
Al corazón contrito y humillado
(Salmo 51:17).
Perdona a su pobre siervo; le perdona por completo. David es “como la nieve”, porque por anticipado fue lavado por la misma preciosa sangre de Cristo derramada por él, por usted y por mí (Isaías 1:18). Pero, lo que no puede ser borrado son las consecuencias del mal cometido. Estas son muy dolorosas. En primer lugar, su hijo debe morir. Así, cada uno sabrá que, sin dejar de perdonar al pecador, Dios condena absolutamente el pecado y, especialmente, cuando lo comete uno de sus siervos.
