Capítulo 24
Un mensaje de despedida
Si nos hemos reconocido entre aquellos miserables que se hallaban “al otro lado del Jordán”, sirviendo a los ídolos de este mundo, volvamos a leer y admiremos ahora lo que Dios, “que es rico en misericordia”, ha hecho por los suyos (Efesios 2:4 y sig.). Porque sondearemos las profundidades de la gracia de Dios en la medida en que entendamos hasta qué punto necesitábamos de ella. La despedida de Josué hace pensar en la despedida de Pablo de los ancianos de la asamblea de Éfeso (Hechos 20:17 y sig.). El fiel apóstol también recuerda la gracia y el poder de Dios que da una herencia a todos los santificados (v. 32). Subraya la responsabilidad que ello encierra y exhorta a que se ande con cuidado, que se vigile (v. 28, 31). Puede invocar su propio ejemplo: sirvió al Señor (v. 19) y solo desea acabar ese servicio recibido de él (v. 24). Esa es también la conclusión de Josué. Su ministerio parece haber terminado. “Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”, declara exteriorizando una inquebrantable decisión de corazón. Josué habla en nombre de su familia: “Yo y mi casa serviremos” ¡Qué felicidad cuando el creyente y los suyos pueden servir al Señor juntos! Romanos 16:3-11 menciona unos ejemplos: “Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús… a los de la casa de Aristóbulo… a los de la casa de Narciso, los cuales están en el Señor”.
Palabras irreflexivas – Epílogo del libro
A la exhortación y al ejemplo que Josué da personalmente, Israel responde con una inmediata profesión de fe. Se compromete a servir a Jehová. Pero no bastan las buenas intenciones. El versículo 16 muestra su ceguera, porque los dioses extranjeros siguen estando allí (v. 23), de modo que Josué se ve obligado a decirles que mientras las cosas sigan así, no podrán “servir a Jehová” (v. 19).
Ningún siervo puede servir a dos señores,
confirma el Señor (Lucas 16:13).
Las buenas disposiciones de Israel durarán mientras haya conductores piadosos: Josué, Eleazar, Finees… (comp. con 2 Crónicas 24:2). Es la ocasión de preguntarnos una vez más: ¿Estamos vinculados a Cristo gracias a una fe viva y personal? O bien, ¿nos hemos contentado con dejarnos llevar por quienes nos han enseñado? En ese caso, ¿qué haremos cuando estos nos sean quitados?
Josué termina su carrera. Cual fiel conductor, anduvo en el desierto según el caminar por la fe. Luego combatió la batalla de la fe. Hemos reconocido en él algunos rasgos del gran Conductor, del Vencedor del mundo, del Jefe, autor y consumador de la fe. Pidamos a Dios que nos enseñe, tanto en la marcha como en el combate, a fijar los ojos en Jesús (Hebreos 12:2).
