Josué
Josué

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

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Capítulo 3

Significado de la travesía del Jordán

El mar Rojo cerraba el paso a Israel en la salida de Egipto, ahora el Jordán le cierra el acceso a Canaán. El paso a través de ese río nos enseña una nueva verdad de gran importancia: nuestra muerte con Cristo. Desde ahora al hijo de Dios se le invita a tomar posesión del cielo y a disfrutar del mismo por la fe. A eso corresponde la entrada en Canaán. Pero así como para entrar allí era necesario cruzar el Jordán, el río de la muerte, un cristiano no puede tomar posesión del cielo y probar actualmente sus goces sin haber comprendido que está muerto con Cristo. La cruz en la que mi Salvador entregó su vida golpea y condena mi natural voluntad corrompida, ese viejo hombre que continuamente quiere volver a tomar el control de mi vida; sin embargo, no tiene ningún derecho a entrar en el dominio celestial. ¡Cuántos tormentos me ocasiona! Mis esfuerzos para corregirlo resultan ineficaces. ¿Cómo neutralizarlo para que no pueda hacer daño? ¿Cómo hacerlo morir? ¡Reconociendo con gozo que eso se cumplió una vez para siempre en la cruz y que me basta aceptarlo tan sencillamente como el perdón de mis pecados! No solamente Cristo fue crucificado por mí, sino que yo también estoy juntamente crucificado con él (Gálatas 2:20). Estas son las maravillas que Dios ha hecho a nuestro favor (v. 5).

¿Por qué se cruza el río en seco?

El arca es la primera en penetrar en las aguas y abre el paso para el pueblo. La entrada de Cristo en la muerte nos abrió un camino por el cual no habíamos “pasado antes”, un “camino nuevo y vivo” (v. 4; Hebreos 10:20). Antes de la cruz, nadie había salido definitivamente de la muerte después de haber entrado en ella. Pero Cristo sí lo hizo, de modo que ahora la atravesamos juntamente con él sin conocer su amargura. “Por el río pasaron a pie; allí en él nos alegramos” (Salmo 66:6). Vemos que el arca permaneció en el lecho del río hasta que toda la nación acabó de pasar (v. 17). ¡Qué garantía más maravillosa para la seguridad del pueblo! La muerte no nos puede alcanzar. Cristo estuvo allí en nuestro lugar. Pensemos en lo que ello significó para el Príncipe de la vida, tener que entregar él mismo su alma a la muerte. En el libro de Jonás se mencionan las terribles ondas que pasaron sobre él. “Las aguas me rodearon hasta el alma” (cap. 2:5; véase también el Salmo 42:7). ¡Qué Salvador tan amado! Él soportó el sufrimiento y la muerte; nosotros gozamos la liberación, la vida, la felicidad. Las aguas no pudieron apagar y el río no pudo sumergir el amor fuerte como la muerte que lo había conducido hasta esas aguas para arrancarnos de ellas (Cantar de los Cantares 8:6-7).