Capítulo 13
Lo que queda por conquistar
Jehová recuerda a Josué que aún hace falta tomar posesión de mucha tierra. Las fronteras ya le habían sido indicadas (cap. 1:4). Estas son fáciles de recordar. Hacia el sur: un gran desierto; al norte: una gran montaña, el Líbano; al oriente: un gran río, el Eufrates; y al occidente: un mar grande, el Mediterráneo. El país a ocupar por la fe también tiene sus fronteras, que son las del mundo tal como se presenta para nosotros: es árido, sin fruto para Dios (el desierto); está lleno de orgullo y vanidad (la montaña); es próspero y activo (el río); es impetuoso y agitado (el mar, Judas 13; Isaías 57:20). Guardémonos, queridos hijos de Dios, de cruzar esas fronteras. Muchos lo han hecho, dejándose llevar al mundo, o por mera curiosidad, y la mayoría nunca ha vuelto. En cambio, dentro de los límites “queda aún mucha tierra por poseer”. Los tesoros inagotables de la Palabra, las riquezas insondables de Cristo están a nuestra disposición para asirlos, “a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo” (Efesios 3:17-19). ¡Cristianos, he ahí las dimensiones infinitas de nuestra herencia en él!
La herencia al oriente del Jordán
Los hijos de Rubén, de Gad y la media tribu de Manasés han recibido su parte de la herencia antes que todos sus hermanos. Esta porción, como bien lo recordamos, la escogieron ellos mismos sin esperar que Dios se las diera (Números 32). ¡Importante lección para cada uno de nosotros! Cuántas veces, como ellos, no hemos sabido esperar. Nos hemos dejado guiar por las circunstancias (la región de Basán y de Galaad era propia para la ganadería, y estas tribus poseían rebaños). Hemos escogido la solución más fácil o, por prudencia, la primera que se nos ha presentado, mientras que con un poco de paciencia hubiésemos obtenido una mejor parte: la que Dios había preparado para nosotros.
Los rubenitas y los gaditas nos enseñan también otra lección. Al escoger ellos primero lo que mejor les parecía (como en el caso de Lot con Abraham, Génesis 13), muestran su egoísmo frente a sus hermanos: ¡Yo primero! Así que recibieron la parte de su herencia antes que los demás. Pero distaba mucho de ser la mejor parte, como ellos se habían imaginado. Los primeros serán los últimos. Lo mejor siempre es lo que Dios nos da, incluso si para recibirlo tenemos que esperar un poco.
