Capítulo 22
Este altar crea un malentendido
Compartid con vuestros hermanos el botín,
ordena Josué a los que se marchan (v. 8). Trátese de verdades bíblicas o de experiencias cristianas, el Señor nos invita a compartir con otros las riquezas espirituales adquiridas en la tierra de la promesa. Así como esos hombres podrían relatar a sus familias el traslado memorable a través del Jordán y las gloriosas victorias de Josué, un hijo de Dios podrá hablar de las “maravillas” hechas por el Señor a su favor o descubiertas en su Palabra (cap. 3:5).
Después de separarse, los guerreros de Rubén, Gad y Manasés erigen en la ribera del Jordán “un altar de grande apariencia”. En seguida sus hermanos de las otras tribus, preocupados por ellos, están a punto de intervenir. ¿Qué significará esa acción? ¿Acaso un desafío contra Jehová? ¿Una proclamación de independencia? Sea lo que fuere, he ahí una primera dificultad que nunca hubiese surgido si esas tribus hubieran entrado en Canaán. La encuesta es dirigida por Finees, sacerdote que en otra hora crítica de la historia del pueblo había dado prueba de su celo. Ardiendo en celo por causa de Jehová (Números 25:11), unió su amor por Dios con su amor por sus hermanos. ¡Dos sentimientos que son inseparables! (1 Juan 4:20-21).
Cómo dar testimonio de la unidad del pueblo de Dios
Los hijos de Rubén, Gad y Manasés exponen sus intenciones con respecto al altar, y sus hermanos reconocen su sinceridad. Pero, ¿de qué sirve ese altar imponente? ¿Acaso no existe ya junto al Jordán un monumento mucho más significativo: el montón de doce piedras, símbolo de la unidad del pueblo en su posición celestial? (Josué 4). Pero precisamente las dos tribus y media han perdido (como es el caso de tantos cristianos) el pleno disfrute de sus privilegios.
En la cristiandad se han edificado muchos “altares” de gran apariencia. Erigidos según planes ideados por la imaginación humana, en vez de testificar sobre la unidad de la Iglesia, proclaman su fragmentación. Y la legítima indignación de las nueve tribus y media nos muestra cuán en serio debemos tomar la división del pueblo de Dios. Erigir e insistir en grandes principios, aun si estos son conforme a las Escrituras, no puede reemplazar la realidad del disfrute del “país”. El creyente que ha experimentado dicho disfrute no siempre puede ofrecer a los demás muchas explicaciones. Pero sí puede invitarlos: “Venid y ved” (Juan 1:39, 46). “Si es que habéis gustado la benignidad del Señor –dice el apóstol Pedro–. Acercándoos a él… sed edificados como casa espiritual…” (1 Pedro 2:3-5).
