Josué
Josué

J. Koechlin - 2000

El título de esta colección proviene de Hechos 17:11, donde los bereanos «escudriñaban cada día las Escrituras». Su objetivo es acompañar la lectura diaria y consecutiva de la Biblia con breves explicaciones y exhortaciones prácticas que ayuden a sacar mayor provecho de la Palabra de Dios.

Pedir en la tienda

Capítulo 7

Las razones de la derrota en Hai

Después de Jericó, Israel debe combatir a Hai, una ciudad aparentemente insignificante. Parece fácil tomarla sin molestar a todos los hombres de guerra; con tres mil bastará. Pero contrariamente a lo esperado, Israel es vencido. Entonces el corazón del pueblo desfallece, así como había desfallecido anteriormente el corazón de sus enemigos (cap. 5:1). Josué, desanimado, se postra sobre su rostro y se lamenta. Pero Jehová lo invita a levantarse y conocer el porqué de la derrota. El anatema, es decir, el pecado, impide que Dios luche en favor de los suyos. ¡Esta es una gran lección para cada uno de nosotros! Nuestra conciencia es como el campamento de Israel. Una falta que ocultamos, que rehusamos confesar a los hombres y a Dios, nos priva de su comunión, sin la cual un cristiano está vencido de antemano. Y más grave todavía: se trata del gran nombre que llevamos (v. 9), el de Cristo, quien es deshonrado por nuestra falta. ¿Qué harás tú a tu grande nombre?”, es una oración inteligente. El que habla así sabe dar la gloria a Dios antes que defender sus propios intereses. Asaf pide en el Salmo 79:9:

Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre; y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre.

El mal se descubre

Tanto para el juicio como para el combate, Josué se levanta temprano (v. 16). El asunto tiene que arreglarse cuanto antes. Cuando Dios ha esclarecido nuestra conciencia, debemos ponerles orden a las cosas inmediatamente. Al echar suertes, la red se va estrechando en torno al culpable. Finalmente el dedo de Dios lo señala. “Fue tomado Acán” (v. 18). ¿Hay algo más terrible que ser desenmascarado así por Dios mismo? En el curso de la última cena con sus discípulos, Jesús les señaló al traidor, ofreciendo a Judas el pan mojado (Juan 13:26).

“Hijo mío, da gloria a Jehová”, le dice Josué. La gloria de Dios siempre exige la verdad absoluta. Entonces Acán cuenta su triste historia. Es la de todas las codicias, cuyo funesto engranaje nos muestra Santiago (cap. 1:14-15): primero los ojos, luego el corazón y, finalmente, las manos para agarrar y esconder. “He pecado”, reconoció Acán. “Pues vi entre los despojos… lo cual codicié y tomé; y he aquí…”. El hermoso manto babilónico, la plata y el oro estaban bien escondidos en la tienda donde solo Dios los había visto.

Pero no olvidemos la conclusión: “el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”. Y el penoso juicio ha de ejecutarse: el malo debe ser quitado de en medio de la asamblea de Israel (comp. con 1 Corintios 5:13).