Capítulo 10
Una nueva coalición
Surgen nuevos enemigos. Estos tienen por jefe al rey de Jerusalén, Adonisedec (señor de justicia). Qué diferencia hay entre este personaje y uno de sus predecesores: Melquisedec (rey de justicia), rey de Salem (Génesis 14:18-20). Este último había bendecido a Abram y luego al Dios Altísimo que había entregado a sus enemigos en sus manos. Adonisedec, por el contrario, se pone a la cabeza de los enemigos de Israel, descendiente de Abraham. Reúne a sus aliados en contra de Gabaón quien, por su lado, apela a su nuevo aliado. ¡Lamentable consecuencia de la infidelidad del capítulo 9! Teniendo a Jehová con él, ¿qué necesidad tenía Israel de otra alianza? Esta no hace más que aumentar el peligro.
Pero a pesar de eso Dios le dará la victoria. Israel parte de Gilgal, lugar de la circuncisión, figura del juicio sobre la carne. La epístola a los Colosenses nos muestra su alcance espiritual. Como muertos y resucitados con Cristo, también debemos hacer morir nuestros miembros (cap. 2:20; 3:1, 5). A eso corresponde el retorno a Gilgal, que es el gran secreto de la victoria. Para triunfar, el combatiente de la fe primeramente debe darse cuenta de que no tiene fuerzas. Así se halla preparado para dejar obrar solo a Dios. Jehová mismo combate desde el cielo en favor de su pueblo Israel.
Un milagro poderoso
A raíz de la oración de Josué, Jehová detiene el sol y la luna aproximadamente durante un día. Así muestra a esos pueblos paganos quién es el Dios que lucha por Israel, y al mismo tiempo enseña a los suyos hasta dónde puede responder sus oraciones (Marcos 9:23). Pero, ¿acaso no es un milagro mucho más grande que Dios prolongue desde hace dos mil años el día de la gracia? Y no es, como aquí, para permitir el juicio y la venganza, sino que su propósito actual es la conversión de los pecadores. Dios tiene paciencia con el mundo (¿quizá con usted?) y “hace salir su sol sobre malos y buenos” (Mateo 5:45). Esto puede parecernos muy natural, pero reflexionemos al ver despuntar un nuevo día en esta larga paciencia de Dios.
Al no ponerse el sol, los enemigos huyen de la luz para refugiarse en las tinieblas, tratando de esconderse (v. 16; Juan 3:19-21; Apocalipsis 6:15-17). Israel gana la batalla y los cinco reyes son sacados de la cueva.
“Acercaos, y poned vuestros pies sobre los cuellos de estos reyes… No temáis”, dice Josué a sus capitanes (v. 24-25). Es la señal del triunfo, una anticipación del momento cercano cuando el Dios de paz quebrantará a Satanás bajo sus pies (Romanos 16:20; Salmo 110:1).
De victoria en victoria en el sur del país
Esas formidables ciudades caen una tras otra, “ciudades grandes y amuralladas hasta el cielo” (Deuteronomio 1:28). Sus reyes, sus gigantes y todos sus habitantes son destruidos por “Josué, y todo Israel con él”. Fijémonos en la constante repetición de esta última expresión. Evoca la unión indisoluble que existe entre Cristo y los suyos. Esta implica que nuestros enemigos son también, y en primer lugar, Sus enemigos. Nadie puede meterse conmigo sin tener que vérselas con mi Jefe. Dejándolo pasar adelante, solo puedo ser vencedor. Mas, contrariamente, si no lo tengo a él, ya he perdido la batalla. Por eso el enemigo quiere privarnos del contacto (o de la comunión) con nuestro Salvador. Sabe bien que separados de él nada podemos hacer (Juan 15:5), algo que a menudo olvidamos. ¡Qué página más triunfante se inscribe aquí! ¡Quiera Dios que en la historia de cada una de nuestras vidas como cristianos haya una lista parecida de victorias ganadas secretamente con el Señor! Victoria en favor de la verdad, en pro de la pureza, victoria sobre una u otra tentación. Jóvenes, ustedes están en la edad en la cual se presentan más luchas. ¿Forman parte de aquellos a quienes el apóstol Juan puede escribir:
Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno?
(1 Juan 2:13).
