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Pláticas sencillas
El bautismo y la tentación de Jesús
Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Marcos relata en pocas palabras el bautismo del Señor. Es mucho más breve que en los evangelios de Mateo y de Lucas. Por su parte, Juan no lo menciona.
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El camino de la cruz
Jesús ya había hablado varias veces de sus sufrimientos y de su muerte. Ahora se dirigía a Jerusalén, donde esa muerte le esperaba. Iba delante de sus discípulos, quienes lo seguían con asombro y temor, presintiendo, quizás más de lo que creían, que su Maestro iba a ser condenado a muerte.
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El ciego Bartimeo
El camino que conducía a Jerusalén pasaba por Jericó. Cuando Jesús salió de esta ciudad, seguido por una gran multitud, un ciego llamado Bartimeo mendigaba sentado a un lado del camino. Habiendo escuchado que pasaba Jesús, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” (v. 47). Había fe en este ciego.
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El deseo de los hijos de Zebedeo
Jesús acababa de hablar una vez más a sus discípulos acerca de los sufrimientos y la muerte hacia los cuales se acercaba. Esto debería haber llenado sus corazones de empatía, absorbiéndolos por completo en una santa emoción pensando en su amado Maestro. Pero lamentablemente no fue así, al menos en el caso de dos de ellos.
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El día de reposo
Aconteció que al pasar él por los sembrados un día de reposo, sus discípulos, andando, comenzaron a arrancar espigas.
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El endemoniado gadareno
En este capítulo nos encontramos con otro cuadro del ministerio de Jesús y del estado en que encontró al hombre, incapaz de dar fruto y bajo el poder del diablo.
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El envío de los doce discípulos
A pesar de la incredulidad de los de su tierra, Jesús no se dejó desanimar, y envió a los doce que había escogido para estar con él (cap. 3:13-19), para que en todo lugar la gente pudiera verse beneficiada con su presencia. También les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.
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El Esposo presente
¡Qué maravillosa gracia trajo Jesús a los pecadores! Quienes la recibían encontraban el gozo y la paz. Podemos hacernos una idea de la felicidad de esa compañía de pecadores sentados con Jesús a la mesa en casa de Leví, así como el gozo de los discípulos rodeando a su amado Maestro a quien habían esperado tanto tiempo.
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El llamado de los doce
Hasta este momento, varios discípulos seguían a Jesús. A algunos de ellos, había llamado personalmente: Simón, Andrés y los hijos de Zebedeo. Entonces Estableció a doce, para que estuviesen con él.
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El llamamiento de Leví
Después volvió a salir al mar; y toda la gente venía a él, y les enseñaba.
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El llamamiento de los primeros discípulos
Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores.
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El mayor mandamiento
Un escriba, viendo que Jesús había respondido bien a los saduceos, se le acercó y le preguntó cuál era el más grande de todos los mandamientos. Esta pregunta no tenía el carácter insidioso de las anteriores, sino que provenía del interés real que este escriba tenía en el asunto, sobre todo porque los fariseos creían que había más mérito en cumplir unos mandamientos que otros.
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El regreso de los apóstoles
Estos versículos nos presentan una circunstancia que forma parte del servicio y que es de mucho interés para los siervos del Señor, así como para todos los redimidos, pues todos tienen un servicio que realizar.
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En camino hacia Jerusalén
Jesús y sus discípulos dejaron Galilea por última vez antes de la crucifixión. Era un momento muy solemne, y pasó desapercibido tanto por el pueblo como por los discípulos.
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En manos de los soldados
Cumplida la obra de los judíos, y también la de Pilato, Jesús pasó a las brutales manos de los soldados romanos. Estos hallaron placer en cumplir la voluntad de los hombres responsables de un crimen sin nombre ante el cielo y la tierra.
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Encuentro de Jesús con los suyos
En el resto del capítulo Jesús se da a conocer a los suyos. Primero se apareció a María Magdalena, de quien había echado siete demonios. En Juan 20:1-18 la vemos llorando en el sepulcro. Objeto de una liberación tan maravillosa, su corazón estaba profundamente dolido al pensar que no volvería a ver a su Señor. Él lo sabía.
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Exhortaciones a la vigilancia
En Oriente, cuando las hojas de la higuera brotan, se sabe que el verano está cerca. Jesús dijo a sus discípulos que lo mismo les sucedería a ellos cuando las cosas de las que había hablado tuvieran lugar; ellos sabrían que su venida para establecer el reino iba a llegar.
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Expuesto a los insultos de todos
Cuando los soldados terminaron su cruel trabajo, Jesús fue expuesto, durante las siguientes tres horas, a los insultos de todas las clases sociales, desde los líderes del pueblo hasta los ladrones crucificados a su lado. Los que pasaban por allí lo insultaban, meneando la cabeza y diciendo: “¡Bah!
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Getsemaní
Se acercaba la hora de la angustia, en la cual Jesús debía avanzar resueltamente para encontrarse con el enemigo en su última fortaleza y sufrir todas las consecuencias del pecado, para salvar al pecador.
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Herodes y Juan el bautista
Herodes oyó hablar de Jesús. Para algunos era Elías, y para otros un profeta. Para Herodes, cuya conciencia le acusaba por el crimen que había perpetrado para agradar a Herodías, Jesús era Juan el Bautista, resucitado de entre los muertos. Y decía: “Por eso actúan en él estos poderes” (v. 14).
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Institución de la Cena
Jesús iba a cumplir en la cruz lo que representa la fiesta de la pascua. A partir de entonces, esta ya no tendría más razón de ser. Por eso, aún en la mesa, Jesús instituyó la Cena, el memorial de su muerte que todos sus redimidos tienen el privilegio de tomar durante su ausencia.
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Jesús ante el sumo sacerdote
Jesús fue llevado al sumo sacerdote ante quien se reunieron los otros sacerdotes, los ancianos y los escribas. Todos buscaban algún testimonio contra Jesús, para acusarlo y condenarlo a muerte. Habiendo decidido su condena, cuyo único motivo era el odio, debían justificarla de cualquier manera ante el gobernador. Solo el gobernador podía pronunciar una sentencia de muerte.
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Jesús anuncia su muerte
Yendo a las aldeas de Cesarea de Filipo, ciudad situada al pie del Líbano, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas” (v. 27-28). Como en ese momento, aun hoy el hombre natural no puede aceptar que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.
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Jesús duerme durante la tormenta
Al caer la tarde, Jesús dijo a sus discípulos: Pasemos al otro lado (v. 35).
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