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He aquí, yo hago nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21:5)

¡Eso ha ocurrido en la cruz, en cuanto a los creyentes! Allí, “Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). De ellos puede decirse “En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo” (Colosenses 2:11).

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Impedimentos para ser oído

¿Por qué, entonces, tantas oraciones no son escuchadas? Las Escrituras señalan varias causas. Daniel 10 nos muestra que algunas oraciones, buenas en sí mismas, a veces no tienen respuesta porque Satanás, con todas sus fuerzas, intenta impedirla. Al final no puede hacerlo; pero logra, si Dios se lo permite, aplazar momentáneamente la respuesta.

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¡Invasión en Palestina!

En Isaías 7 tenemos la invasión de Rezín, el rey de Siria. Con tal motivo, Isaías profetiza sobre el futuro. Habla de la virgen que concebirá y parirá un hijo que se llamará Emmanuel, como así también de las invasiones de Egipto y Assur. Aunque ambos acontecimientos hayan tenido un cumplimiento provisional con la invasión de Senaquerib, contemplan realmente el futuro.

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Jesucristo es el mismo… por los siglos

Querido lector, por más débil que sea su fe, tenga la seguridad de que el bendito Salvador en quien ha depositado su confianza jamás cambiará. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8).

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Jesús nos libera de la culpabilidad

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).

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Jesús nos libera de la ley como medio de ser justificado

El fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree (Romanos 10:4).

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Jesús nos libera de nosotros mismos

Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallar (Mateo 16:24-25).

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Jesús nos libera del mal

La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:2).

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Jesús nos libera del mundo y de Satanás

Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4). “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).

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Jesús nos libera para conocer a Dios como nuestro Padre y a Jesús como nuestro Señor

Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios… (Gálatas 4:6-7).

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Jesús nos libera para estar al servicio de los demás

A libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros (Gálatas 5:13).

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Jesús nos libera para hacer el bien

El Dios de paz… os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos (Hebreos 13:20-21).

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Jesús nos libera para ser conducidos por el Espíritu

Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad (2 Corintios 3:17)

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Juzgarse a sí mismo

En relación con esto las Escrituras nos llaman al juicio de nosotros mismos, no para averiguar si merecemos ocupar este lugar, pues todo cristiano como tal es digno de ello. Vacilar al respecto significaría dudar del valor de la obra del Señor Jesús.

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Juzgarse a sí mismo es el único medio para restablecer la comunión

Este es un principio que encontramos en todas las Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Consideremos unos ejemplos típicos del Antiguo Testamento. En Levítico 4 y 5, y en parte también en los capítulos 6 y 7, encontramos las prescripciones para un israelita que hubiera pecado.

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La adopción de hijos para sí mismo

Esto no es todo. Hubiésemos podido obtener todo lo mencionado y solo ser colocados como siervos ante Dios. Los ángeles, como siervos, también tienen que corresponder a la gloria y a la santidad de Dios. Pero, respecto a nosotros, se dice: “… habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos” (Efesios 1:5).

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La alabanza y la adoración

Centrarse sólo en Dios Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15).

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La Cena del Señor es la expresión de la unidad del cuerpo de Cristo

Hemos visto que la unidad del cuerpo de Cristo se forma mediante el bautismo del Espíritu Santo (1 Corintios 12:13), así que no es por la participación en la Cena del Señor. Si así fuera, la Asamblea solo estaría formada por los que participan en la Cena del Señor, lo cual estaría en total contradicción con la enseñanza general de la Palabra.

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La comunión de la sangre y del cuerpo de Cristo

Como a sensatos os hablo; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? (1 Corintios 10:15-16).

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La conciencia

Dios ha dado a cada hombre una conciencia (Romanos 2:15) que le acusa de cosas malas que comete. La conciencia no destaca todo lo malo debido a que se ve influenciada y formada por el ambiente, pero siempre habla cuando alguien hace algo que se considera malo en el entorno en el cual él ha sido criado.

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La condenación de la fuente del pecado, nuestra mala naturaleza

De esto se desprende que no basta tener el perdón de los pecados. Si el Señor Jesús llevó todos mis pecados en la cruz, ciertamente ya no seré juzgado por ellos. Sin embargo, si él no hubiese hecho otra cosa más por mí, estaría perdido eternamente.

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La condición del hombre

En mi carta anterior señalé, según el primer capítulo de la epístola a los Romanos, el hecho de que todos los hombres han pecado y por eso son culpables ante Dios. Pero también que todo el que acepta al Señor Jesús recibe el perdón de sus pecados y, aun más, Dios lo justifica.

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La confesión y la humillación

Hablar a Dios de nuestros pecados Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad (1 Juan 1:9).

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La creación

Según Génesis 12:4, Abraham tenía 75 años de edad cuando recibió la promesa y salió de Harán para ir a Palestina. En Gálatas 3:17, el apóstol dice que la ley fue dada 430 años después. Entonces, desde el nacimiento de Abraham hasta la ley son 505 años.

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