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Pláticas sencillas
El llamamiento de Mateo
“Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió. Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos” (v. 9-10).
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El llamamiento de Saulo y Bernabé
Hasta aquí Jerusalén era el centro de la obra cumplida. Pero como el carácter de la Iglesia es celestial, ella está unida a un Cristo celestial rechazado por el pueblo judío, es independiente de todo el sistema judío que tenía a Jerusalén por centro de las bendiciones terrenales, y que pronto sería destruida. Por eso el Señor llama a Pablo desde una ciudad gentil.
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El llamamiento de Simón
Jesús no predicaba solamente en las sinagogas. Cuando llegó al borde del lago de Genesaret, grandes multitudes se le agolpaban para oír la palabra de Dios. Al ver cerca de la orilla dos barcas que los pescadores habían dejado allí para lavar sus redes, Jesús subió a una que pertenecía a Simón, y le rogó que la alejara un poco de tierra. Desde allí pudo enseñar más libremente.
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El llamamiento de Timoteo
Llegado a Derbe y a Listra, donde una iglesia se había formado durante su primer viaje, Pablo encontró a Timoteo cuya madre era judía y su padre griego, alianza que la ley de Moisés no permitía. Pero la gracia traía la salvación a ambos ya que, por la ley, nadie podía salvarse. Los hermanos de Listra e Iconio daban buen testimonio de Timoteo.
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El lugar donde se debe adorar
Al comprender que se encuentra en presencia de alguien que le habla de parte de Dios, la mujer procura informarse respecto al lugar donde se debe adorar. “Nuestros padres adoraron en este monte”, dice ella señalando el monte Gerizim, “y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar” (v. 20).
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El mayor en el reino
Al principio de este capítulo hallamos a los discípulos preocupados por saber quién sería el mayor en el reino de los cielos. Estaban seguros de que formarían parte de él, tanto más cuanto que el Señor acababa de revelar a Pedro la alta posición en que lo ponía.
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El mayor mandamiento
Los fariseos, secta opuesta a los saduceos, una vez más intentaron probar a Jesús con una pregunta referente a la ley: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?”. Jesús les dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 37-39).
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El mayor mandamiento
Un escriba, viendo que Jesús había respondido bien a los saduceos, se le acercó y le preguntó cuál era el más grande de todos los mandamientos. Esta pregunta no tenía el carácter insidioso de las anteriores, sino que provenía del interés real que este escriba tenía en el asunto, sobre todo porque los fariseos creían que había más mérito en cumplir unos mandamientos que otros.
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El mayordomo infiel
Por medio de la parábola del mayordomo infiel, Jesús enseñó de qué manera debemos considerar los bienes de la tierra, y cómo debemos usarlos en este tiempo de la gracia, en el cual las bendiciones dadas al creyente son celestiales y eternas.
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El nacimiento de Jesús
El profeta Miqueas había anunciado que el nacimiento de Jesús sería en Belén (cap. 5:2): “Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”. En el capítulo anterior vimos que María vivía en Nazaret, y no en Belén.
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El nacimiento de Juan el Bautista
Nació el hijo prometido a Zacarías. Sus vecinos y parientes, al saber que el Señor había “engrandecido su misericordia” (v. 58) para con Elisabet, se alegraron con ella. Se ve que había vivido retirada, disfrutando sola, salvo con María, del favor que Dios le había concedido en su edad avanzada.
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El nacimiento del Señor
La historia del nacimiento de Cristo, muy breve en este evangelio, es relatada de tal manera que se establece por las Escrituras del Antiguo Testamento que Jesús, desconocido y rechazado por su pueblo, era verdaderamente el Mesías prometido.
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El nuevo discurso de Pablo
“Cuando salieron ellos de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo les hablasen de estas cosas” (v. 42). Pero algunos no esperaron hasta ese día para escuchar nuevamente a los apóstoles. Muchos judíos y prosélitos, siervos de Dios, siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes les exhortaban a perseverar en la gracia.
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El nuevo nacimiento
“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él” (v. 1-2).
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El obrero de la hora undécima
Con el fin de que no se perdiera de vista que en la dispensacióna actual todo e
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El pan de Dios
“De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan” (v. 32-34).
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El pastor, las ovejas y el portero
Jesús empieza las enseñanzas de este maravilloso capítulo diciendo: De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador. Mas el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es (v. 1-2).
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El poder milagroso de los apóstoles
“Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo” (v. 12). La palabra que los apóstoles predicaban era confirmada con señales de poder. Los milagros se producían con este fin. Estas manifestaciones de poder predisponían los corazones para recibir el Evangelio, pero la Palabra operaba sola en ellos, lo que sigue siendo una verdad hoy en día.
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El porqué del pecado del mundo
Hasta la venida de Jesús a la tierra, sabemos que Dios había procurado obtener, por todos los medios posibles, algún bien del hombre antes de ponerle de lado como irremediablemente malo. Esperó cuatro mil años. La presentación de Jesús al pueblo judío constituía la última prueba a la que el mundo fue sometido; al rechazarle, establecía plenamente su irremediable estado de pecado.
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El privilegio de los que creen
Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (v. 31-32).
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El propósito de la vida
Ya que debemos actuar con miras a un porvenir celestial, no hay, pues, necesidad de buscar los tesoros de la tierra, donde todo es vanidad, donde todo está expuesto a la corrupción, a la destrucción, y donde todo concluirá con los juicios divinos. Por eso es necesario acumular tesoros en el cielo; estos están seguros y son incorruptibles.
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“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”
La declaración del versículo 7 suscita una nueva dificultad para los discípulos. Felipe le dice: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta” (v. 8). Precisamente era lo que tendrían que ver en Jesús; pero no le habían conocido tal como este evangelio lo presenta. Jesús respondió: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?
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El reemplazo de Judas
Durante el tiempo transcurrido entre la ascensión del Señor y el descenso del Espíritu Santo, reunidos los discípulos, en total unos ciento veinte, Pedro se levantó y les demostró que lo que había sucedido con Judas evidenciaba el cumplimiento de las Escrituras, tal como el Espíritu Santo lo había anunciado por boca de David.
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El regreso de Cristo a Galilea
Jesús comenzaba su actividad pública. Después de haber atado al “hombre fuerte”, iba a saquear sus bienes, cumpliendo su obra de gracia, de paciencia y de misericordia, en medio de un pueblo ciego que rechazaría a su Mesías. Su precursor, Juan el Bautista, había sido echado en la cárcel por Herodes, presagio de lo que se haría a Jesús (v. 12).
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