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Pláticas sencillas

El llamamiento de Saulo y Bernabé

Hasta aquí Jerusalén era el centro de la obra cumplida. Pero como el carácter de la Iglesia es celestial, ella está unida a un Cristo celestial rechazado por el pueblo judío, es independiente de todo el sistema judío que tenía a Jerusalén por centro de las bendiciones terrenales, y que pronto sería destruida. Por eso el Señor llama a Pablo desde una ciudad gentil.

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El llamamiento de Timoteo

Llegado a Derbe y a Listra, donde una iglesia se había formado durante su primer viaje, Pablo encontró a Timoteo cuya madre era judía y su padre griego, alianza que la ley de Moisés no permitía. Pero la gracia traía la salvación a ambos ya que, por la ley, nadie podía salvarse. Los hermanos de Listra e Iconio daban buen testimonio de Timoteo.

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El nuevo discurso de Pablo

“Cuando salieron ellos de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente día de reposo les hablasen de estas cosas” (v. 42). Pero algunos no esperaron hasta ese día para escuchar nuevamente a los apóstoles. Muchos judíos y prosélitos, siervos de Dios, siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes les exhortaban a perseverar en la gracia.

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El poder milagroso de los apóstoles

“Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo” (v. 12). La palabra que los apóstoles predicaban era confirmada con señales de poder. Los milagros se producían con este fin. Estas manifestaciones de poder predisponían los corazones para recibir el Evangelio, pero la Palabra operaba sola en ellos, lo que sigue siendo una verdad hoy en día.

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El reemplazo de Judas

Durante el tiempo transcurrido entre la ascensión del Señor y el descenso del Espíritu Santo, reunidos los discípulos, en total unos ciento veinte, Pedro se levantó y les demostró que lo que había sucedido con Judas evidenciaba el cumplimiento de las Escrituras, tal como el Espíritu Santo lo había anunciado por boca de David.

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El tercer viaje de Pablo

Tras una estancia en Antioquía, Pablo continuó su camino. Atravesó Galacia y Frigia, en donde se habían formado algunas iglesias durante sus viajes precedentes, “confirmando a todos los discípulos” (v. 23). Mientras tanto, llegó a Éfeso un judío llamado Apolos, originario de Alejandría (v. 24), en Egipto.

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El testimonio de Pedro hacia el pueblo

Aprovechando la presencia de la muchedumbre atraída por el milagro, Pedro anunció delante de todos cómo se había efectuado la curación y los invitó a creer en aquel que habían crucificado, para que recibiesen las bendiciones prometidas por los profetas.

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El trabajo de Pablo en Corinto

Durante su estancia en Atenas, Pablo había enviado a Silas y Timoteo a Tesalónica para animar y fortalecer a los creyentes de esta ciudad, siempre expuestos a la persecución desde que él les había dejado (véase 1 Tesalonicenses 3:1-5).

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El trabajo de Pablo en Éfeso

Pablo entró en la sinagoga en Éfeso y, durante tres meses, discurrió con los judíos, “persuadiendo acerca del reino de Dios” (v. 8). Pero, como siempre, la oposición surge por parte de los judíos.

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Esteban

“Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo” (v. 8). Lleno de fe y del Espíritu Santo, Esteban se parecía, en gran medida, a su divino Amo. Y le fue concedido parecerse a Él hasta su muerte, que tuvo lugar por haber dicho la verdad a los judíos.

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Festo informa a Agripa

Algunos días después de la sesión en que Pablo apeló a César, Agripa y Berenice vinieron a Cesarea para saludar a Festo (v. 13). Este expuso al rey la causa de Pablo, diciéndole que Félix había dejado a cierto prisionero respecto del cual, cuando él estuvo en Jerusalén, los principales de los judíos le habían solicitado una sentencia en su contra (v. 14-15).

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Festo presenta a Pablo a Agripa

“Al otro día, viniendo Agripa y Berenice con mucha pompa, y entrando en la audiencia con los tribunos y principales hombres de la ciudad, por mandato de Festo fue traído Pablo” (v. 23). Allí fue introducido ante la asamblea de los grandes de este mundo para rendir el testimonio del cual el Señor había hablado a Ananías (cap. 9:15).

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Festo y los judíos

Al cabo de dos años, Félix tuvo por sucesor a Porcio Festo. Tres días después de su llegada, el nuevo gobernador subió a Jerusalén (v. 1). Los principales de los judíos aprovecharon su presencia para pedirle como una gracia, que hiciera subir allí a Pablo, para cumplir su anhelado propósito (v. 2-3; cap. 23:12-15). Festo no encontró ninguna razón para satisfacer su deseo.

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La ascensión del Señor

Vemos a los discípulos en una libertad e intimidad perfectas con el Señor resucitado. En el versículo 4 estaban “juntos”, igual que en el versículo 6 cuando lo interrogaban. Él no podía “juntarse” con el mundo que le había rechazado. Fuera de los discípulos, nadie lo vio resucitado.

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La ascensión del Señor

Vemos a los discípulos en una libertad e intimidad perfectas con el Señor resucitado. En el versículo 4 estaban “juntos”, igual que en el versículo 6 cuando lo interrogaban. Él no podía “juntarse” con el mundo que le había rechazado. Fuera de los discípulos, nadie lo vio resucitado.

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La carta dirigida a las iglesias de los gentiles

Se decidió comunicar a las iglesias de los gentiles el resultado de este concilio, para tranquilizarlos al anular lo que ciertos hombres les habían dicho en cuanto a la ley de Moisés.

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La comparecencia de Pedro y Juan

Al día siguiente, un imponente grupo de dignatarios del pueblo judío, compuesto por jefes, ancianos y escribas, se reunió en Jerusalén. Allí estaban Anás, sumo sacerdote, su yerno Caifás, quien estaba en funciones en el momento de la muerte de Jesús, Juan y Alejandro, probablemente hijos de Anás, y todos los del linaje de los sumos sacerdotes.

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La confusión del concilio

“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (v. 13). Estos jefes religiosos, asombrados por lo que llamaban el denuedo de Pedro y de Juan, y que no era otra cosa que el poder de sus palabras bajo la acción del Espíritu Santo, comprobaron el hecho sin saber su causa.

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La conversión del eunuco de Etiopía

“Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto” (v. 26). El Señor dispone de diversos medios para dirigir a sus siervos. Veremos varios ejemplos de ello en el capítulo 16, con el apóstol Pablo. Lo importante es que el siervo los discierna y obedezca.

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La curación de un lisiado

Subían al templo Pedro y Juan a orar, a la hora novena (para nosotros, las tres de la tarde). Los discípulos judíos todavía reconocían el templo como la casa de Dios, una casa de oración, tal como el Señor lo recuerda en Lucas 19:46, hasta que comprendieron toda la verdad concerniente a la Iglesia (o Asamblea), cuya formación vimos en el capítulo precedente.

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La curación de un paralítico

“Aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida. Y halló allí a uno que se llamaba Eneas, que hacía ocho años que estaba en cama, pues era paralítico. Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y en seguida se levantó. Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor”.

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La defensa de Pablo ante Agripa

Cuando Pablo pudo hablar (v. 1), comenzó diciendo: “Me tengo por dichoso, oh rey Agripa, de que haya de defenderme hoy delante de ti de todas las cosas de que soy acusado por los judíos. Mayormente porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos; por lo cual te ruego que me oigas con paciencia” (v. 2-3).

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La defensa de Pablo ante Félix

Cinco días después de la llegada de Pablo a Cesarea, los judíos descendieron desde Jerusalén para acusarle. Tomaron consigo a cierto orador, llamado Tértulo, cuyo nombre significa «impostor», para sostener su acusación en presencia de Félix (v. 1). Si hace falta un talento oratorio para acusar a un hombre, eso significa que los hechos en su contra no bastan para convencer a los jueces.

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La generosidad de los discípulos de Antioquía

“En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio”.

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