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Agradecer y adorar
El incrédulo no da gracias a Dios (Romanos 1:21), mientras que las primeras palabras de un recién nacido en la fe son: Gracias, Señor. “Dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz” (Colosenses 1:12).
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Ana
Aquí no se trata de Ana la profetisa, nombrada en Lucas 2:36-38. Ella también es un ejemplo notable de una mujer de oración, quien, avanzada en edad, servía noche y día con ayunos y oraciones. La oración es, pues, un servicio confiado tanto a las hermanas como a los hermanos, a los jóvenes como a los ancianos. No se necesita un don particular para ejercerla.
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Atraer la atención sobre sí
El deseo de los ojos se demuestra también en el anhelo de brillar, de aparentar más de lo que uno es. Se manifiesta por la vanidad en el vestir, el exagerado arreglo personal, o al contrario, por el desaliño que busca un efecto semejante. Se hará alarde de lo que uno posee, como Ezequías cuando recibió a los enviados del rey de Babilonia (Isaías 39).
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Bautizados por un solo Espíritu
El pensamiento de Dios no es que el creyente permanezca solo. Así Juan recuerda: “Jesús había de morir… para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (cap. 11:51-52).
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Castigar
El verbo paideuo (παιδεύω), en ciertos pasajes, tiene este significado. Por ejemplo en 1 Corintios 11:31-32: “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo”.
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Con amor y fe
La oración tiene su origen en un llamamiento de Dios. No somos nosotros los que tomamos la iniciativa para orar, es Dios quien nos llama a orar. Orar es, pues, una gracia que Dios nos concede. Dios no cesa de dirigirse hacia nosotros y nos invita a ir a él y amarlo.
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Con el corazón y el entendimiento
Cuando oramos, debemos hacerlo con el corazón (Marcos 7:6). No se trata de caer en el sentimentalismo, sino de expresar las necesidades reales y sentidas. Las palabras no siempre expresan lo más profundo de nosotros mismos, incluso pueden encubrir una negativa de abrirse a Dios. Uno no ora con las ideas, sino con su persona. No con lo que uno sabe, sino con lo que vive.
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¿Con quién orar?
Primero individualmente, y esto sin cesar, reservando momentos particulares para estar a solas con Dios. Pero también en familia, como la viuda de Sarepta. ¡Qué hermoso ejemplo para los hijos, si ellos disciernen que la oración es para los padres un gozo y un privilegio, y no un deber del que uno podría prescindir!
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Condiciones favorables para la oración
La sobriedad y el ayuno: privarse para estar más disponible para Dios Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto (Mateo 6:6).
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Confesar nuestras faltas
El profeta Oseas declaraba de parte de Dios: “Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Jehová, y decidle: Quita toda iniquidad” (Oseas 14:2). Es necesario expresar el arrepentimiento y confesar el mal, ir a Dios con palabras que muestren la tristeza por haberlo ofendido con nuestros hechos.
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Confesión y restauración
Numerosos versículos nos relatan cómo Job discutió y acusó a Dios, justificándose a sí mismo. Cinco versículos son suficientes para relatar la confesión que le abrió el camino a la bendición. “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti” (v. 2). Puesto ante el poder del enemigo, Job debe reconocer que solo puede recurrir al poder de Dios.
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Conscientes de nuestra necesidad
Una de las primeras condiciones para orar es ser conscientes de nuestra necesidad. Aquel que dice: “Yo soy rico… y de ninguna cosa tengo necesidad” (Apocalipsis 3:17), no siente la urgencia de invocar a Dios. En cambio, el creyente que se da cuenta de su pobreza espiritual se acerca voluntariamente al Padre.
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Corregir
Es el sentido que el libro de Proverbios nos presenta muchas veces (cap. 3:11-12; 29:15; 20:30, etc.): no abarca solo la instrucción, la reprensión, sino también la corrección, la “vara”. Tal corrección implica dolor, pena, “tristeza” (Hebreos 12:11).
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Criar, educar, instruir
En Hechos 22:3 el apóstol nos dice que fue “instruido” a los pies de Gamaliel. En Tito 2:12 encontramos la gracia que nos “enseña”. Su efecto no es una enseñanza intelectual, sino una formación totalmente práctica en la vida: “Renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente”. ¡Qué educación!
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Cristo en nosotros
Durante los tiempos del Antiguo Testamento, esto era un “misterio”; pero ahora ha sido manifestado a los creyentes. Dios quiere dar a conocer cuáles son las riquezas de esa revelación, resumidas en estas palabras: “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:26-27).
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Ejemplos en la vida de Pablo
¿Por qué escoger a este siervo para ilustrar la enseñanza de la Palabra con respecto a la disciplina divina en el curso de su ministerio? Porque hasta el más grande de los apóstoles lo necesitaba. Volvamos a leer atentamente 2 Corintios 12:5-10 donde Pablo mismo lo expresa.
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El abandono y la soledad al final de la carrera
Ya en Colosenses 4, el apóstol sentía que se acercaba este aislamiento. Habla de algunos compañeros de obra entre los judíos, “los únicos… que… han sido para mí un consuelo”. Al final de su carrera este abandono se volvería muy trágico; es relatado en la segunda epístola a Timoteo.
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El aguijón
Dios permitió a su siervo un aguijón en la carne, y lo mantuvo, a pesar de las súplicas del apóstol. Dios no estimó oportuno darnos a conocer exactamente en qué consistía. Diversos pasajes mencionan una debilidad que trababa su ministerio, y sus adversarios aprovechaban para despreciarlo. Por ejemplo, en 2 Corintios 10:10, decían: “mas la presencia corporal débil, y la palabra menospreciable”.
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El deseo de la carne
Bajo este título se describen específicamente los deseos desordenados o desviaciones de la naturaleza humana, no la “carne” en general, la mala naturaleza tal como se la halla en los escritos de Pablo.
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El deseo de los ojos
Después de haber dicho de un modo general: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo”, el apóstol Juan prosigue: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo” (1 Juan 2:15-16).
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El enebro
Después de la tensión del Carmelo, Elías tendría que haberse apresurado a retirarse. El cansancio, tanto físico como psíquico, requería un descanso.
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El fruto de la disciplina
Señalaremos seis, entre muchos: 1. “No desmayamos” (2 Corintios 4:16). Formado en la escuela de Dios, el apóstol perseveraba. Renovado día tras día en su hombre interior, ¡permanecía a disposición de su Señor y de las asambleas! (Filipenses 1:23-25). “Cansados, mas todavía persiguiendo” (Jueces 8:4).
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El oportuno socorro
El socorro divino está constantemente a nuestra disposición. No es intermitente ni parcial.
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El orgullo de la vida
El deseo de los ojos nos conduce a atraer a nosotros el objeto codiciado. El deseo de la carne nos impulsa a satisfacer los deseos inmorales de nuestra mala naturaleza. El orgullo, en cambio, nos conduce a elevarnos por encima de los demás.
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